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CÓMO SE TIRABA HACE CIEN AÑOS

Por María Antonia León Restrepo

 

Si retrocedemos un siglo y nos instalamos en una alcoba nupcial de la época, encontraremos dos cuerpos extendidos en la cama, cumpliendo sus roles con la precisión de actores de teatro. Las normas son claras: deberán acostarse cara a cara, el hombre arriba, conduciendo el vehículo de la sexualidad, llevando a su esposa a un placer medido: movimientos abdominales que incrementan gradualmente la velocidad hasta la penetración violenta, las ciento cincuenta pulsaciones por minuto del coito y la sonrisa victoriosa del deber cumplido. La fuerza del flujo inyectándose en la vagina de su esposa será la garantía de un hijo sano.

En los burdeles el erotismo se encendía con bailarinas provocativas, que complacían a sus clientes con las prácticas mundanas prohibidas en la alcoba conyugal. La paja fue una de las costumbres heredadas del Viejo Mundo, donde se la consideraba una “innoble labor”, pero se la utilizaba para evitar el embarazo. La sociedad, consciente en cierta forma de la planificación familiar, usaba su imaginación para evitar la fecundación, por lo cual muchas putas preferían masturbar a sus clientes o tirar de pie, pues se creía que de esta manera el óvulo no sería atacado tan fácilmente por el séquito de espermatozoides que corrían por los laberintos del útero.

Aunque la Iglesia católica ya se había separado del Estado, conservaba el control social. Las mujeres, a quienes se las tenía por seres con un corazón inmenso y un cerebro pequeño, eran controladas por la madre y el cura, no accedían a ningún tipo de educación formal ni mucho menos eran instruidas en las “artes amatorias”. Sólo se las preparaba para ser madres y amas de casa. Sin embargo, influenciadas por la tendencia europea, las mujeres se mantenían limpias y con el cuerpo delineado. Las plazas y las fiestas clandestinas eran los escenarios ideales para el banquete de ojo que el sexólogo Auguste Forel denominaría, de un modo más sofisticado, flirt: la primera banderilla que anunciaba el placer.

Los sacerdotes aseguraban que la reproducción era el único propósito del sexo, y además insistían en que las jovencitas debían mantenerse castas hasta el matrimonio y serles fieles a sus maridos hasta la muerte. Si no cumplían con alguna de estas dos reglas, eran víctimas del desprestigio social y de castigos severos. Incluso podían ir a parar a la cárcel.

 

Los varones corrían con mejor suerte: podían estudiar, viajar y ser más mundanos. Su vida sexual empezaba en la trinchera de una prostituta y a veces de las sirvientas. Pese a que la Biblia consideraba la infidelidad un pecado, la Iglesia y la sociedad eran menos duras con el hombre infiel. Se creía que la naturaleza del macho estaba más sedienta de placeres carnales, así que los sementales que vivieron hace cien años tenían los suficientes estímulos para desbordarse sexualmente.

No era recomendable tirar mientras la mujer tuviera la menstruación. Durante esos días se la consideraba impura, y comérsela en ese estado podía generar una proliferación de bacterias. Además, resultaba innecesario: para entonces se sabía que por esos días las mujeres no podían quedar embarazadas, y eran muy pocos los médicos open mind, que veían el sexo más allá de un ideal reproductivo y más cercano a un placer que heredamos del paraíso. La institución médica, más apegada a las costumbres católicas que a las necesidades humanas, se atrevía a negar la utilidad del sexo durante la menopausia y después de ésta, o incluso si alguno de los esposos era estéril.

 

También participaba en el debate sobre si la mujer debía sentir placer o no durante el sexo, y creía que el clítoris era algo inútil. Ignoraban, entre otras cosas, que esta membrana tiene ocho mil terminaciones nerviosas, el doble de las del pene. Los limitantes de esta sociedad goda y obtusa explican también la urgencia de la ropa: la desnudez era una tentación difícil de controlar hasta para un creyente.

Inmersos en ese panorama de educación, los amantes no debieron conocer demasiado lo que hoy resulta imprescindible en el banquete sexual: la desnudez, las poses del Kama Sutra, el sexo oral, los juguetes eróticos, las caricias atrevidas, los juegos de rol, el sadomasoquismo, la penetración anal, el amor en grupo... Su fetiche más significativo era el pudor de la ropa, que lejos de ser una barrera para el placer, era su puerta; y el corsé, quizá la prenda más erótica que poseían.

Hay estudios que permiten demostrar que en las zonas rurales había más libertad sexual. Desmond Morris explica que la vida en el campo es más permisiva, mientras en la gran ciudad la gente suele defender como puede su espacio privado. Al imaginar el sexo sucio de los guetos, empieza a hacerse agua la boca. Era allí donde se levantaba el pecado como una cometa cuyo único fin era dejarse llevar. El sexo por el sexo de aquel entonces lo vemos representado en personajes como el Florentino Ariza de García Márquez, y su larga lista de doncellas, a las que se cogía en cuatro, de pie, de medio lado y hasta en los gallineros.

Tal vez en 1912 los amantes no se bebieran toda el agua de la excitación, pero el tabú y la añoranza que embalsamaban el sexo lo hacían más epidérmico y desbordado. Todos sabemos que lo prohibido siempre será el fruto más sabroso.

 

 

 

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