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FRAGMENTO DE UN DIARIO DE PROFESOR

Cartel Urbano
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla

23 de octubre de 2012
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla


23 de octubre de 2012
Es imposible no pensar que, seguramente, estas líneas no tratan de nadie más sino de mí. De cómo veo el mundo, de cómo percibo a los que me rodean y, lo más importante, de cómo, cada semana, debo ponerme algunas caretas y sonreír para agradar a los chicos. Ellos son los que pagan para estar allí y mis honorarios dependen de su satisfacción. En mis tiempos, los maestros, los universitarios (no quiere decir eso que todos los profesores universitarios sean maestros), no me vendían nada y yo no estaba comprando nada por unos pesos que depositaba en una cuenta cada comienzo de semestre. En esa época, tampoco ha pasado tanto tiempo, creía entender que aquel que estaba al frente no era una suerte de elegido y dueño de un saber incorruptible que me sería entregado empacado al vacío como unas papas fritas o una lata de atún. Había algo en ese acto de pagar por ir a sentarse en un salón de clase, o sus sustitutos, diferente a otras transacciones marcadas por el intercambio de papel moneda. Algo que incluso rebasa nuestra lógica actual de pagar por productos y servicios, y que introducía la idea del ‘yo pago para trabajar’, en últimas, para producir alguna cosa derivada de un saber que otro me entrega pero que en todo caso es un saber inacabado.
 
Ayer tuve dos clases. No he dicho aún que dicto algo relacionado con el cine. Se supone que enseño a que otros aprendan a ver películas. Pero eso es una imposibilidad, no se puede enseñar a que otro vea películas más que viendo películas. Mi presencia, en estricto, sobra. Todo lo que pudiera decirles debería limitarse a la siguiente frase en la primera clase: “vean películas, muchas. Nos vemos a final de semestre y me cuentan”. Cada quien debería lograr configurar su corpus personal de películas y con ellas irse a recorrer el mundo o hacerlas su arma más efectiva para las labores de producción. Pero no, a veces siento que me exigen que les empaque al vacío mis veinte años de fanatismo enfermizo por el cine y se los acomode a sus gustos precarios, muchas veces prejuiciosos, y así puedan cumplir el requisito de los créditos que exige la universidad para graduarlos. Como si este profesor en cuestión fuera un maniquí expuesto en una vitrina y alguno llegara y aflojará los billetes para acomodarse el traje de lector de películas o crítico de cine.
 
Decía que ayer tuve dos clases, en una de ellas hablé de las mujeres y lo femenino en el cine. Nada fácil, por supuesto. La segunda versó sobre Fellini. Conversé con ellos, los jóvenes ansiosos por aprender, como quien se sienta a tomar un café con amigos, pero no, ellos, exigentes como suelen serlo los jóvenes de esta generación, demandaban ‘entender’ cada palabra, cada concepto, cada noción, como si de una fórmula se tratase, y el problema es que no hay fórmula posible y mis queridos estudiantes a veces quieren aprender de cine sin ver cine y sobre todo, sin poner eso que de ellos está implicado en el noble acto de apreciar, o despreciar, una película.


No podría precisar con detalle en qué momento se volteó esta torta, en qué momento los profesores nos convertimos en recetarios ambulantes con todas las respuestas cuando, posiblemente, tenemos más preguntas que ellos. Y, sobre todo, en qué momento, ellos dejaron de formularse preguntas para exigir respuestas en una lógica de costo-beneficio, acorde con estos tiempos de centros comerciales. Aún no me resigno a la idea de tener frente a mí a una generación (odio la generalización) que es capaz de suprimir el esfuerzo individual y remplazarlo por una gorda chequera que puede comprarlo todo. Ah, pero claro, se me olvidaba que a la universidades están llegando los alumnos formados (¿?) en la llamada “promoción automática”. Algunas cosas cobran sentido. 
 
 
 
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