LA COMEDIA BIENPARADA (2a parte)

Los primeros 3 años de la stand-up comedy a la colombiana fueron guerreados en bares del parque de la 93, la zona rosa y Usaquén, en su mayoría. Hubo unas pocas réplicas menores en el centro y en el norte sucio; pero ese hecho aparentemente azaroso hizo que el género adquiriera una característica puntual desde sus inicios: era para la élite, como todo esnobismo que se respete; para un público al que se suponía que no le iba a quedar grande pagar la entrada a estos sitios ni pronunciar aquel término tan chic, pero, en el fondo, esencialmente popular, cosa que ninguno de ambos polos sociales ha querido aceptar aún.
En Estados Unidos, la SUC existe desde la segunda mitad del siglo XIX. Arrancó, como muchas creaciones humanas importantes, en bares portuarios, chochales post-pago y clubes nocturnos de mala muerte. Aquí, no. Consecuencia del contexto en el que detonó, se cotizó muy bien en el mercado del entretenimiento criollo desde el día uno… y esto implicó que la clientela se pusiera más exigente de la cuenta: “Diviérteme, bufón, que por algo te pago caro… y no me hagas los chistes así, sino asá”. Y los bufones (no más de 10), sin darse cuenta, fueron obedeciendo, moldeando su material al gusto del comensal.
El género dejó de crecer como un medio de expresión popular, como una válvula de escape ante la crisis y la opresión, como queja entretenida, para convertirse en un pasa-bocas mental en un buffet para mentes que sólo querían disfrutar. Si las cuestionabas o remecías un poco, se incomodaban y no te pagaban el cheque... o sencillamente, pedían que te bajaras de la tarima.
Por conjunciones planetarias y conjuntivitis platanarias, los comediantes, que habían aprendido a hablar en los bares pupis, ascendieron a las salas teatrales, muy prematuramente (2002) y en el río revuelto se sumaron (por decir un eufemismo) famosos actores y actrices televisivos: querían experimentar la adrenalina del riesgo del público en la cara y ganar unos milloncitos a punta de gracia y chispa verbal. En Estados Unidos (¡disculpen la constante comparación!), algunos comediantes, luego de muchas millas acumuladas, se volvieron actores de cine y TV. Aquí, al revés.
Poco a poco, la escena se fue depurando, y fuimos quedando solamente aquellos que no representábamos un papel, que no hilábamos chistes, que no contábamos anécdotas jocosas, que nos arriesgábamos a fracasar a través del método del intento y error, hasta solidificar un combo de al menos 10 rutinas eficaces que sumaran alrededor de 90 minutos para pararnos solos en un teatro, pero a ningún teatro le interesaba la idea. Hasta que Andrés López, luego de insistir más que todos los demás, le abrieron las puertas del Teatro Nacional. y su pelota letrada comenzó a rodar y rebotar.
Para la mayoría de colombianos, en ese momento (2004) nació la SUC, 5 años después de su verdadero y clandestino inicio. A partir de allí, el público no anglo-parlante tuvo que lidiar con aquellas tres palabrejas, y les halló las más diversas mutaciones: stand comedy, standard comedy, star comic, satán gomely, sand comet, stair-way to heaven… en fin. Durante 4 años, lo que duró el boom de la pelota, López se volvió el parámetro para el imaginario local, tanto para el público como para los controladores del negocio. Se llegó a pensar, incluso, que el hombre había patentado el género. El empecinamiento de la gente al respecto llegaba a límites como suponer que todos los demás que lo ejercíamos éramos sus imitadores. Es como decir que The Rolling Stones, The Doors, Nirvana o Korn son imitadores de The Beatles por el hecho de interpretar al unísono guitarras-bajo-batería y gritar melódicamente.
Hasta que Antonio Sanint le puso la pata al cable del ascendente globo lopeziano, con su ¿Quién Pidió Pollo? No le hizo mucha mella (sólo duró un semestre en la cartelera bogotana); pero logró lo que ninguno de nosotros: que los medios y el público empezaran a concebir la posibilidad de que existía más de un comediante en el panorama, y que la SUC era un género con múltiples posibilidades temáticas y estilísticas, tantas como oficiantes, como sucede en cualquier otro arte.