Ud se encuentra aquí INICIO Node 17152
COMPARTIR ARTICULO EN:
M

LA COMEDIA BIENPARADA (parte 1)

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 
A comienzos de 1999, en Colombia, muy poca gente había oído mencionar el término anglosajón stand-up comedy. Los pocos que sabíamos de él lo teníamos referenciado por películas de diversa calidad (Lenny, Punch-line, Wired, Reality Bites), por series televisivas (Seinfeld, The Simpsons), o por especiales sólo visibles en los canales privados HBO o Comedy Central. Algunos privilegiados habían viajado a Estados Unidos, Inglaterra o Canadá, y lo conocían de primera mano, sentados en uno de los miles de clubs de comedia existentes por allá. Cualquiera que fuera el contexto, la imagen relacionada al término era reirerativa: un tipo (muy eventualmene una tipa) parado ante un micrófono (muy eventualmente sin él), bebiendo de un vaso de agua o extrayendo humo de un cigarrilo, acompañado por un único elemento de utilería: una butaca. Delante de él, público (20 o 2000 seres humanos) atento-carcajente. ¿De qué se reían? De las reflexiones en tono casi siempre pontificador o confesional que este personaje desparpajado esgrimía sobre temas de la vida cotidiana: desde la mota de polvo hasta la guerra del golfo pérsico, pasando por la masturbación.

Extrañamente ese formato de entretenimiento nunca antes se había ejecutado en este país de manera concienzuda y sistemática. Para divertir humorísticamente a las masas, lo que hasta ese momento se había planteado, desde que apareció la TV nacional, eran otros formatos menos complejos: el cuentachistismo, la imitación, el diálogo chistoso con posible acompañamiento musical, en dúo o en grupito; el sketch (una de las palabras foráneas más difíciles de pronunciar, sobre todo en plural, para las gentes de estas tierras), las chanzas pachunas, el payasismo… y ya.

En ese lapso (1954-1999), unos pocos actores cómicos merodearon el esquema stand-up comedy sin usar el término esnobista para denominar lo que hacían: el gordo Benjumea, Luis Fernando Orozco, Franky Linero, Jaime Santos, hasta el mismísimo Jaime Garzón, en su popular charla sobre Uribe pre-presidente. Pero el ejercicio no duró mucho, ni trascendió, ni tuvo demasiado revuelo mediático. El país aún no necesitaba tanto circo, aunque sí mucho pan; había otras prioridades… y la gente leía más.

Entonces surgieron los cuenteros (1988) e invadieron las ciudades capitales con un formato ya existente, pero más engallado: el contador de historias (de la tribu, del pueblo, de la ciudad, del barrio o de los mundos imaginados en la literatura de todos los siglos) con consciencia de las leyes de la retórica y de la escena… y de los 11 trucos para mantener a un público cautivo por más de 11 minutos (el lapso de atención de un niño terrícola de 11 años); entre ellos, el viejo truco de inyectarle humor a las historias, a tal punto de que algunos tranzaron narraciones divertidas por chistes largos con empaque de cuento.

Uno de ellos era un tal Andrés López: un estudiante de ingeniería de sistemas de la U de los Andes, quien, desde sus inicios, adoptó un esquema muy particular de humor narrativo, en el que sobresalían cuadros histriónicos de la cutura pop vivida por los jóvenes univeraitarios de la época: cosa que ningún cuentero se había atrevido a hacer, hasta entonces. Tanta popularidad e histeria causó este hombre verborrágico, al que le apodaban Satán (él les contará la historia), que  fue marginado del movimiento cuenteril, en 1997. Gracias a esto, armó rancho de ladrillos aparte, y lo convirtió, poco a poco, en el castillo que todos conocemos.

Luego de su patada inicial, se abrió una grieta por la que entramos todos los demás, la gran mayoría, provenientes del mundo de la cuentería, que nos había dado la madera para dirigirnos a un público de manera eficaz; un don que sólo poseemos los cuenteros, los comediantes, los políticos y los asaltantes de bancos.

Se le comenzó a hacer una mella al esquema mental del público local, acostumbrado (por decir un eufemismo) a la hegemonía invulnerable de Sábados Felices (4 décadas de humor sin entrelíneas, inocuo, complaciente… sin querer decir que esto sea sinónimo de facilista o ramplón). Pero esa mella, que ya lleva 13 años siendo labrada con insistencia, se demorará mínimo otra década para ser demolición o reconstrucción… pero como ya viene el aerolito terminal de los Mayas, pues ni modo.

(continuará) 

 

 
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

Comentar con facebook