HOY QUISIERA DESTRUIR ALGO HERMOSO

Pero en toda belleza hay algo contenido que está en el orden de lo monstruoso. Es claro que es uno de los ideales más altos de la inteligencia, la creatividad y las aspiraciones humanas, pero en últimas, como está concentrada en objetos e imágenes, ese solo hecho provoca que en el resultado final, en eso que llamamos objeto bello, se desvanezcan, aunque de manera ilusoria, todas las huellas de los sufrimientos, pesares y horrores que lo han hecho posible. Otro asunto es la naturaleza que puede prescindir de nuestros insulsos halagos y conceptos. Belleza en estado puro, belleza que no necesita ser nombrada.
Pensemos por un momento en el esfuerzo de los miles de obreros, por no decir esclavos, que fueron necesarios para erigir ese gran monumento al dolor por la pérdida de la esposa querida que es el Taj Mahal; pensemos en el amor que necesita de las palabras para aplazar la muerte inminente como se consigna en Las mil y una noches; pensemos en la locura de un Mahler o un Van Gogh para producir obras que trascendieran al tiempo y los hombres; pensemos en George Cantor que en sus delirios y su infierno personal atrapó el infinito y lo matematizó. Y así, muchos han tenido que morir a sí mismos, de las más diversas formas, para que su arte, su obsesión, sobreviva más allá del término de una vida.
Platón dijo en alguno de sus textos que las cosas bellas son difíciles. Yo digo que una de las condiciones de la belleza es que en ella misma esté contenida la miseria y el dolor. Por eso no es de extrañar que para muchos todo sacrificio sea también una promesa de un estado mejor, o si no pregúntenle a la iglesia católica.
Pero en tiempos en que la belleza es, en no pocas ocasiones, un ornamento, un producto con el que se comercia siempre y cuando el poder adquisitivo lo permita, es necesaria una diatriba contra algunas de las ideas contemporáneas acerca de lo bello.
Una época como la nuestra, signada por el dinero y la lógica capitalista, ha impartido mandatos desmesurados en los que la belleza se ha convertido en un poder tiránico y dictatorial. Se compra, se vende y se permuta, y hace que olvidemos que lo realmente bello está no en el objetivo cumplido sino en el camino recorrido, muchas veces olvidado. Cuando hay tanto dinero circulando, no es necesario recorrer esos caminos porque todo puede ser subastado al mejor postor.
Por eso, parafraseando a Rimbaud, quien, con palabras más precisas que estas, decía que es necesario encular la belleza, yo afirmo que destruir todo para levantarse desde las cenizas de la miseria, podría ser nuestra forma de objetar a todos esos ideales de la cultura que nos vienen de forma implacable desde afuera y nos anulan.
No quiero su bienestar ni su salud, su mundillo artificial de tetas y culos esculpidos por bisturíes, no quiero sus buenos modales para que otros digan que estoy bien educado. No me interesan una sonrisa de mil dólares ni sus máscaras aburridas. Tampoco sus autos, extensiones de su virilidad. Prefiero romper las imágenes de mí mismo que otros han construido para que yo crea que eso soy o debo ser. A eso digo ‘no más’. Quédense ustedes con los deleites del glamur, las pasarelas y la gastronomía, yo espero seguir destruyendo todo lo hermoso que me rodea, como ese personaje sin nombre protagonista de El club de la pelea y ser un extraño, un rumor, y dejarme llevar por el olvido mientras canto y bailo y todo alrededor se desmorona.