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NO HAGAMOS LA PAZ

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 

No soy un analista de las coyunturas socio-político-ergonómicas del país ni del mundo. Nunca las he entendido ni me han interesado, no por desdén ni egoísmo, sino por mero despiste y falta de alpiste intelectual. La actualidad ha sido, para mí, una abstracción que me muestran, con alharaca, noticieros y periódicos, sin lograr moverme la aguja del concernimiento… ¡y pensar que tengo título de periodista! Así es la vida. Así debe haber muchos colegas míos, asaltando la realidad con sus cámaras, micrófonos y teclados. Aclaro que no ejerzo el periodismo. No sería tan irresponsable de hablarle al mundo de una realidad que no he podido comprender aún, luego de 43 años… pero sí puedo compartirles mi versión personal (desde el ombligo) de cómo vivo y siento este momento histórico (lo escribo en bastardillas, porque todos los momentos de la vida lo son): el momento en el que, si todo sale bien (¡Ja!), lograremos, por fin, la tal Paz.

Si nos ponemos etimológicos, veremos que la palabra latina pax (medicamento anti-gripal fuera de circulación) se refiere, también, a contrato, acuerdo o pacto que se hace entre grupos sociales para pausar el estado natural de la guerra. La guerra (sinónimo de caos, pelea, desbalance) es una de las dos caras de la moneda de la naturaleza cósmica: eros & tanathos  (Martes & Venus, Call of Duty & youporn). Según don Segismundo Freud, la dualidad nunca ha sido paz/guerra, sino pulsión erótica (la de quererse amorosamente y quererse comer sexualmente) versus pulsión tanática (la de quererse matar, por ejemplo a través de la guerra… o participar en un pogo feroz en Punk al Parque de la 93).

El colegio, la mamá, la iglesia y los ex presidentes nos han querido meter el cuento de que la paz es la ausencia de guerra… y ya. Que si desaparece la guerra, llega la paz (como la gripa que se va si le metemos Pax caliente); pero si chequeamos las memo-fichas de historia mundial, veremos que la llamada paz no ha sido más que ese pequeño lapso recurrente que sucede entre guerras: guerra entre países, entre planetas, entre barrios; guerra contra la droga, guerra contra el hambre, guerra contra la-paz-esté-con-vosotros-y-con-tu-espíritu. La guerra es lo palpable, lo real, lo cotidiano. La paz se volvió un intangible más; de los mismos creadores de Amor, Igualdad, Silencio y Belleza... montón de conceptos que han sido aprovechados por monstruos como la publicidad y la educación conductista.

La paz siempre ha estado allí, en el éter, desde el comienzo de los tiempos. Nosotros somos su obstáculo y su vehículo. Nunca ha llegado a suceder; se mantiene en la lejanía hipotética de las futuras generaciones, porque, en el fondo, le tememos; no sabríamos qué hacer con ella si se materializara en nuestras bélicas manos. Si estos diálogos de paz que andan sonando en radio y TV llegan a feliz término (¡Je!), es probable que vivamos una Patria Boba II… pero algo me dice que el proceso se torcerá en el algún momento, y nos devolveremos a ese jartísimo 1999 ¿Apostamos? Las probabilidades son del 50/50.

Yo he sentido la paz, no crean. Fue una noche, luego de haber hecho el amor (¡Disculpen el término! Es el más políticamente correcto que hallé para plasmarlo en un texto de esta índole) con A.N., el 28 de diciembre de 2005. Luego del delicioso primer polvo-somos-y-en-polvo-nos-convertimos, en medio del silencio y la oscuridad post-orgásmicos, musicalizados por la leve lluvia medionocturna (era medianoche), luego de ¡13 años! de haberos reprimido las recíprocas ganas amicales, sin el cliché del cigarrillo, nos silenciamos durante un extrañísimo minuto, con las miradas fijas en el raso cielo raso. Allí estaba la innombrable. Sabíamos que ése era su sabor milenario, degustado por tantos seres humanos (no todos) una y otra vez, desde que el sexo fue inventado por la serpiente paradisíaca. Era verdad; era la verdad. Parecía tan fácil. Si todos pudiéramos llegar a ese punto todos los días, sin tanta burocracia mental, las balas se convertirían, por arte de magia, en el invento más estúpido de la era cuaternaria.

Parafraseando a Cortázar (el infalible), “no hagamos la paz. Ella nos hará a nosotros”. Aún estamos a tiempo. Faltan más de tres meses para el 21-12-12.  

 

 
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