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ÓPERA PRIMA

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 

Soy amante de la música clásica (y esposo del Rock). Todo comenzó en 1986 cuando escuché El Sombrero de Tres Picos, de Manuel de Falla, en la HJUT. Asistí con asiduidad a todos los conciertos posibles de la filarmónica en el León de Greiff, y de la sinfónica en el Colón, entre 1986 y 1990, cuando entré a la universidad. Soy de los que le da click a los retos de clásica en SongPop… y arraso. No lo manifiesto por chicanería, sino para que esta declaración contraste con un hecho aparentemente paradójico: no me gusta la ópera. Me puedo mamar las 9 sinfonías de Mahler un domingo; pero no le halo a una Carmen o un Payaso de chorro. O sea, sí me gustan las oberturas y algunas arias… pero una ópera entera, no, ¡gracias! De Bach a Shostakovich me trago lo que sea; pero no me cantes dramáticamente nada, porque oprimo stop.

Tal vez se deba a que, en el fondo, siempre me ha parecido que la ópera es la parienta traqueta de los géneros musicales cultos… y no es de extrañarse que sea un género gustador en el target mafioso internacional. Traqueta por fastuosa, por melodramática, por pomposa, por ostentosa y bullanguera. Traqueta por exagerada. Una ópera promedio dura no menos de 3 horas: lo que duran 2 partidos de fútbol, 1 Batman rises, 12 polvos de Nacho Vidal.

Pero todo esto cambió la semana pasada.

A pesar de mi fobia prejuiciosa, siempre me quedó la duda de cuál podía ser la gracia conmovedora de una obra de esta envergadura, ya que más de una decena de amigos de criterio respetable me habían dicho “Gonzo, la ópera es una chimba. Vaya y vea una”. Duré casi 43 años resistiéndome, hasta que me convencieron con el viejo truco de “Yo te invito”. Tenía tiempo disponible, y no estaba lloviendo.

La obra escogida fue Manon, la de Massenet. Existe otra Manon de Puccini, más popular, porque los italianos se las han arreglado para dominar el mainstream del género desde sus inicios (mediados del siglo XVII)… pero figuró Massenet, porque, como dice el dicho, “a boleta regalada no se le mira el autor”.

El lugar: Teatro De Bellas Artes Cafam Floresta. Sé que suena contradictoria esta combinación de nombres; pero así es la cultura tercermundista. Pudo haber sido en el Palacio Musical Los Tres Elefantes. La obra se presentaba en el marco de la temporada de ópera 2012, patrocinada por Carulla. Sí, comprar lechuga, huevos y detergente da para alimentar los apetitos estéticos de la élite capitalina.

Abrigos de visón, corbatines, aretes dorados y collares de perlas pululaban en la fila. Nadie revendía boletas. Cierto aire de superioridad auto-convencida se respiraba en el ambiente. Realmente se trataba de dióxido de carbono exhalado por pulmones de gente que ignoraba que la ópera era la música para planchar de los siglos previos a la radio; la telenovela del mediodía antes de la invención de La Rosa de Guadalupe. Ópera = Melodrama caro. O sea, la mayoría del público que paga una boleta de $120.000 por entrar a ver una ópera va a que la vean ver ópera, combatiendo las ganas mortales de dormir (la función comienza a las 8PM y termina a las 11), porque la cultura es buena… y si es ópera, mucho mejor.

Lo peor fue que, a pesar de que cabeceé una docena de veces, de que, a partir del 3er acto, opté por dejar de leer los subtítulos (que paradójicamente estaban arriba del escenario) para concentrarme en la melodía y en las caras de los cantactores; a pesar de haber compartido silletería con una horda de señoras emperi-folladas que me miraban de pies a tobillos con cara de “¿y qué hace este gamín acá, entre nos?”; a pesar de todo, me gustó la experiencia. Mi primera ópera ganó por puntos. Me encantó el hecho de que satisfizo mi morbo contemplativo de lo cursi, lo cursi que pasa en el escenario y en el público. La ópera no le hace daño a nadie; pero el mundo no es mejor gracias a ella. Ópera: fastuosa y prescindible banalidad para ocupar el tiempo muerto, el tiempo mortal.

Volveré. 

 

 

 
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