NO HAY ARTE PERO TAMPOCO HAY VERGÜENZA

Hace unos días recibí un correo en el que se me pedía servir de intermediario de una carta dirigida a María Ximena Pineda, “Blasfémina”, a propósito de su columna “El arte de la vergüenza”. Allí se me decía que si bien el autor no era muy diestro en asuntos de escritura, acudía a mí para poder hacerla pública. Después de leerla decidí publicar algunos fragmentos en este espacio, haciendo las correcciones pertinentes y ajustándola a los límites que se me exigen, todo con el fin de dar voz en este debate al otro extremo de la discusión.
La carta es la siguiente:
“Vine a Bogotá porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Pérez. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera […] Cuando la mataron salí corriendo del pueblo con mis dos hermanos menores. A mi padre nunca lo encontré, seguro el asfalto y el humo de ladrillos se lo tragaron, y aquella promesa se eternizó en su incumplimiento.
De nuestra llegada a Bogotá ya son quince años, y en ese tiempo he aprendido que en esta ciudad si uno no es recio de carácter puede perderse para siempre. Mis hermanos no lo fueron. A la menor, la dejé de ver en las calles del centro hace cinco años, y a él, todos los domingos le llevo flores al cementerio. Yo hubiese querido un futuro mejor para ellos pero eso en esta ciudad es demasiado difícil […] Yo no culpo a nadie, me levanto cada mañana, doy gracias por estar vivo y sigo pa’ lante, para no volverme el peor de los seres humanos, porque cuando eso pasa solo hay tres destinos posibles: la cárcel, el hospital o el cementerio. A muchos de los que conocí en el barrio les tocó esa suerte. Tampoco los culpo, pero yo preferí tomar otro camino, el del arte.
Estoy seguro de que muchos no llamarían arte a lo que hago. Lo mío puede verse como un ‘decadente espectáculo de la pobreza y el rebusque disfrazado como arte callejero’, un acto que de lejos es ‘una pésima imitación de mimo que avergonzaría al pariente más lejano de Marcel Marceau’ pero con él me gano la vida, así como mis colegas raperos que soportan a diario que en los buses los miren como ‘atracadores’ y que algunos pasajeros piensen que ‘les dan plata en agradecimiento de que no los ataquen con un puñal’. Ellos y yo sabemos de nuestro escaso talento, y también que hay mucha gente por ahí esperando que alguno dé papaya para raparle el reloj, pero esa no es razón suficiente para que nos metan a todos en el mismo saco. Rebusque no siempre es delincuencia, y la tragedia que muchos relatan no siempre es mentira.
Sé de otros a los que la vida se les fue culpando a los ricos, y emprendieron la cruzada del ‘Robin Hood del puñal y la patecabra’, pero también sé de muchos que han encarado este paréntesis que es la vida sin vergüenza y con la dignidad y fortaleza suficientes para no vivir arrodillados por el temor […] Sí, somos marginales, sucios y con la cara curtida por el sol, pero tranquila, señorita, yo mismo acudiré a defenderla si algún día veo que le quieren quitar su celular […]
Hace poco unos extranjeros de una ONG llegaron al barrio y comenzaron a grabar lo que hacen los niños que asisten a la casa de la cultura. Unos toman clases de música, otros pintan, algunos hacen tejidos, también hay los que han aprendido a tomar fotos, mi hija hace parte de este último grupo […] El otro día registraron lo que se hace en la emisora comunitaria y se dejaron entrevistar por los locutores. Con todo eso van a producir un documental que será exhibido en Europa. Ojalá también lo pasen en Colombia, para que muchos puedan tener al menos una idea de que en Cazucá o Patio Bonito no todo es materia desechable. Yo creo que sí lo pasarán, finalmente entrar a un cine no resulta una experiencia tan angustiante como subirse a una buseta […]
Cordialmente,
un ‘artista’ de la calle”.