EL PETRONIO ¿UNA FIESTA DE TODOS DONDE GANAN POCOS?

Por Harold Pardey Becerra
Una vez más, la segunda semana de agosto nos embrujó en el palenque caleño, porque fuimos cautivos de la geografía sonora del Festival de música del pacífico Petronio Álvarez. Cali, la New Orleans del Pacífico, celebró durante cinco días, mágicos encuentros ancestrales, donde su majestad la marimba y sus hermanos umbilicales los cununos, los bombos y el guasá nos invitaron a espantar la muerte y danzar con los espíritus de la vida. Todo con el inagotable manantial de ritmos como berejús, currulaos, jugas, pangos, alabaos, bundes, patacorés, torbellinos y bambucos viejos.
Delegaciones de diversas regiones desembarcaron para concursar en las modalidades de marimba, chirimía, violines caucanos y categoría libre. Los sonidos primitivos y selváticos cromatizaron la urbe del pandebono y alteraron la vida de sus habitantes. Centenares de músicos brotaron por las calles, rindiendo culto al prolífico Patricio Romano Petronio Álvarez Quintero, nacido el 1 de octubre de 1914 en la Isla de Cascajal, autor de canciones como “Adiós a Colombia”, “El Cauca”, “Adiós al Puerto”, “Roberto Cuero”, “Cali, ciudad sultana” y el famoso currulao “Mi Buenaventura”.
Entre 1997 y 2007, el Festival estuvo en el Teatro Municipal al Aire Libre los Cristales hasta que se trasladó en 2008 a la Plaza de Toros Cañaveralejo donde triplicó el número de asistentes. El año pasado se pasó al Estadio Pascual Guerrero y este año fue en la Unidad Deportiva Panamericana.
Todo esto funcionó muy bien dentro de la lógica hegemónica del espectáculo, pero empieza a hacer ruido en la cabeza que la ancestralidad sea regulada por el imperio mediático de la industria cultural, que se mercantilicen y masifiquen las tradiciones y memorias populares, abriéndoles paso a intervenciones institucionales y alianzas privadas. Así se van organizando unilateralmente los saberes de las comunidades en diáspora obligada por el conflicto. El desplazamiento, el desempleo y el olvido hacen del festival una ventana para que los afrocolombianos se hagan escuchar a través de un multiculturalismo que convoca la atención de propios y extraños, pero también de muchos medios nacionales e internacionales.
La cultura Pacífica estuvo de moda en estos días, muchas cámaras enfocaron su sabrosura y arrechera contagiosa, envidiada y exaltada, pero las necesidades básicas siguen estando insatisfechas en la periferia del litoral. Ojalá el receptor de todos estos mensajes que brotan con honestidad del corazón del Petronio se solidaricen con las ganas de muchos de transformar la violencia estructural de la atribulada etnia afro y el festival no pierda su esencia comunitaria, propositiva e incluyente que lo hizo trascender la urbe caleña, y lo convierte en patrimonio inmaterial del universo.