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LAS NARCOSALAS O CUARTOS DE CONSUMO

Cartel Urbano
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 

El fin de semana que acaba de terminar, el alcalde Gustavo Petro sorprendió con una medida de gobierno para controlar y regular el consumo de fármacos en la ciudad. Se trata de los “cuartos de consumo”, un programa que ha sido implementado con éxito en España y que está a punto de extenderse a otras ciudades de Europa, Australia y Canadá, como parte de un conjunto de estrategias para hacerle frente a un problema de salud pública que se debe tratar integralmente, reduciendo sus costos a nivel social.

Frente al innegable fracaso de la política antidrogas encabezada por Estados Unidos durante décadas que acaso ha dejado más muertes por cuenta de intervenciones militares y enfrentamientos entre narcotraficantes de las que se pueden contar por sobredosis, están surgiendo un sinnúmero de alternativas a nivel global para frenar el tráfico y reducir el consumo, pero sobre todo para dejar de considerar al adicto como un delincuente y empezar a tratarlo como lo que es, un enfermo. A la mano tenemos el ejemplo cercano de José Mujica, presidente de Uruguay, que ha iniciado una cruzada para legalizar el consumo de marihuana en ese país, dejando en manos del Estado su producción y venta, para así reducir los índices de violencia asociada al narcotráfico. 

Por supuesto que la medida de Petro no ha dejado de causar polémica. Su principal opositora política, Gina Parody, ya alzó su voz acusando al alcalde de crear “zonas de tolerancia para el consumo”, enrostrándole un pecado que no es suyo sino de una sociedad en su conjunto. No es mi interés defender una u otra posición. Tampoco se trata de ahondar en aquel debate sobre el libre desarrollo de la personalidad, dirimido en la Corte Constitucional y que permitió que la dosis personal de ciertas drogas se despenalizara (salvo la decisión de Uribe durante su gobierno de impugnar dicha sentencia). Si bien, por un lado, el adicto es “libre” de decidir qué hacer con su cuerpo, por otro, no es un secreto, el consumo es una forma de esclavitud de la que es muy difícil separarse. Por eso el dilema moral siempre estará latente, algunos abogarán por medidas permisivas, y otros por su contraparte, esto es prohibir y castigar.

La reflexión que aquí propongo apunta hacia otro lugar. Fármaco proviene del vocablo griego pharmakon, palabra que encierra dos sentidos contrarios, a un mismo tiempo es la “cura” y el “veneno”, por eso, en sentido estricto, cualquier agente químico que ingrese al cuerpo tiene posibilidades de incidir benéfica o perjudicialmente, de acuerdo con las condiciones que quien lo consume. Que se aplique esta denominación a sustancias como el alcohol, el tabaco, el bazuco, la marihuana, la cocaína, la heroína o los ácidos, es porque, de alguna manera, todas ellas producen un cierto grado placer en sus consumidores, pero a la vez, ponen al sujeto en riesgo de sufrir adicciones que terminan por afectarlo no solo a él sino a todo su entorno cercano. Baudelaire hablaba de los “paraísos artificiales” de la droga; para él, las alucinaciones eran por igual el cielo y el infierno.

Más allá del dilema social, político y moral por las drogas, ¿acaso no ocurre lo mismo con toda producción humana? Parecería ser que todo lo que provenga del intelecto o la creatividad de los hombres, no estaría necesariamente ligado a la consecución en un bien, sino que también es susceptible de utilizarse para el mal. Pasen revista por la historia de la humanidad y allí encontrarán un sinfín de invenciones y descubrimientos inicialmente pensados para el bienestar que a su vez trajeron ruina y muerte: la bomba atómica, el método científico, la religión, las ideologías, el rock, el dinero, el fútbol, las películas de entretenimiento, las armas, las novelas de caballería, la revolución industrial y un larguísimo etcétera. 

    

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