¡AY, EL HUMOR… COSA TAN RARA!
11/Jul/2012

Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
No, esta columna no trata sobre la tan mentada columna de mi colega Alejandra Azcárate. Bueno, un poco: trata sobre lo que me hizo sentir como humorista y persona de palabras escénicas, cosa a la que me dedico desde hace 21 años.
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
No, esta columna no trata sobre la tan mentada columna de mi colega Alejandra Azcárate. Bueno, un poco: trata sobre lo que me hizo sentir como humorista y persona de palabras escénicas, cosa a la que me dedico desde hace 21 años.
Fueron sólo 587 palabras (las mismas que contiene este textículo) sobre uno de los cientos de temas que pueden ser tratados en una columna de opinión; pero, a pesar de haber girado en torno a un tema pesado en una revista ligera, causaron el revuelo de una nota guerrerista en la editorial de un periódico principal. Lo que más me indignó fue el hecho de que, al parecer, en este país “tan afligido-pero-feliz”, el humor sigue padeciendo de malos usos por parte de los humoristas; y de malas recepciones por parte de los espectadores.
Nadie, desde que se inventó el chiste, ha sabido la fórmula científica para provocar risa en sus congéneres. Se sabe por qué sucede; pero no cómo se genera. Ese es el macabro encanto de este oficio. Todos los que nos dedicamos a lo del humor tenemos la certeza de que si un apunte funciona en una ocasión, no necesariamente funciona en la siguiente. Pasa, incluso, algo mucho más absurdo… y es que, a veces, el público resulta riendo en una frase que antes no generaba nada. La gente es rara.
Me pasa muy seguido en este espacio que foristas espontáneos se quejan de que acá no le hallan chiste a lo que expreso desde-mi-ombligo, pero lo hacen inconscientes de que ésta no es una sección de humor. Yo los perdono. Sería como entrar a una whiskería y decir… “No sé qué le ven de intelectuales a los shows que se exhiben en este chochal!”.
Entonces la combinación de opinión + humor se vuelve un arma de doble filo en ciertos contextos, como el de los medios masivos impresos. Si eres humorista, no te permiten ponerte formal. Si opinas algo, sobre el aborto o sobre el moco, se te lee con las gafas de lo jacarandoso. Sea en serio o en broma, lo que se diga con altavoz no puede ni debe manifestarse motivado por el motor del desdén hacia lo siempre desdeñado. Ésa es una de las más notorias diferencias entre una rutina de stand-up comedy y un chiste: que el segundo está generalmente fundamentado en un prejuicio convenido entre contador y espectador: el pastuso es bruto, el negro es lo peor, la mujer vive en la cocina, el presidente de turno es un inepto, etc. Una rutina de stand-up comedy, en cambio, está construida sobre la estructura de la opinión personal, de la experiencia subjetiva, de la argumentación casi egoísta. No se trata de retratar costumbristamente la vida cotidiana, sino de tomar el retrato ya conocido por todos, y detectar en él las fallas de lo aparentemente perfecto.
En ese sentido, no tiene mérito humorístico criticar lo ya vapuleado por todas las lenguas (el enanismo, el labio leporino, la maricada, la gordura, la pobreza, la ignorancia. Sería llover sobre mojado; no habría aporte. El deber ser del humor-opinión es denunciar los errores de lo que se ve como normal ante los ojos de la mayoría.
PD: Por si a algunos lectores insatisfechos les quedó la sensación de que le faltó humor a la columna, aquí les dejo un chiste para rematarla alegremente… ¿Saben ustedes cuál es la principal ventaja de ser flaca? R: Yo tampoco. – Risas grabadas.