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DOMINGODAY

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama

Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama


Según la etimología, domingo (dies Dominicus) es el día del señor… ¿Matanza? ¿Barriga? ¿Burns? Lo ignoro. Es su día, porque, cuenta el mito creacionista, “al séptimo día, Él vio que todo estaba bien y descansó, por los siglos de los siglos”.


Todos los demás nombres de los días semanales provienen de un astro; y ninguno de luna o planeta le sirvió al almanaque Bristol para llamar al que genera tantos sentimientos encontrados.


Sunday, le llaman los anglosajones, tal vez por lo que en el primer mundo sí hay presupuesto para un sol 24/7. Si aplicáramos acá la misma lógica, dicho momento se llamaría Usuallyrainday. No he investigado cómo será la vuelta en los demás países; pero algo me dice que éste es el día preferido para sentirse más mal que bien. Sé que hablo desde mi óptica umbilical (por eso el nombre de esta columna), pero sé que soy como todos los terrícolas; que la felicidad dominical que nos venden  los comerciales de automóviles y papeles higiénicos es la fachada de un estadio de catatonia espiritual que se repite cada siete días.


Ese sentimiento de desasosiego lo cubrimos con decenas de cortinas de humo instituidas por la sabia sociedad desde hace milenios.


La misa. Si volvemos a la etimología, veremos que el significado original de esta jarta palabreja es despido (missa, en latín). No es broma. O sea, el popular “Podéis ir en paz” es el motivo por el cual la misa se llama así. Misa: ¡Ábranse! Hubieran comenzado por ahí. Si, además, volvemos a hacer comparaciones con lo inglés, veremos que mass es la misma palabra que se usa para masa. Misa: Masa: Montonera. Una misa entre dos no tiene sentido. Entre más mass, más mess. Justo el día de descanso del señor, sus ovejas se amontonan en sus miles de sucursales alrededor del mundo para rogarle, confesársele, cantarle y alabarle a grito herido y reverberado… ¡Oh, paradoja!


El paseo. Todo el que sale de la ciudad/país (pero sigue en el planeta) lo hace para tener la ilusión de que está en otro lugar del mundo; de que todo es distinto; de que los problemas se quedan, allá, atados a la pata de la cama, como hijo de padre troglodita. Ya sea al parque barrial o a la isla propia, desplazarse a otro lado es la falacia más distractora de todas. Las matas, la lengua de las mariposas, la carne refrita, el frisbee arrojado, de mano en mano, por el aire contaminado y tantas otras maneras de paliar la angustia existencial, hacen del paseo la mejor terapia desocupacional posible cuando de anestesiar la mente se trata.


El fútbol. La otra misa, la misma masa. No en vano, el más popular (escribí popular, no mejor ni más representativo) onceno bogotano se llama Santa Fe. Fútbol: el acto religioso que más maldiciones por minuto genera en los cinco continentes. ¡Oh, paradoja! Todo el silencio del día que más lentamente transcurre es rellenado por kilotones de narraciones-comentarios que han creado todo un imaginario de metáforas caducas y épica de mentiritas. La pasión del fútbol surge, gracias al tedio dominical. ¿O acaso ha habido un partido de fútbol un viernes en la noche? Rumba (tema en el que ya me explayé anteriormente) mata fútbol. Fútbol mata todo lo demás.


Y por último, la nada: La contemplación de la naturaleza muerta que ofrece la ventana personal. El quejido del viento milenario que nos anuncia un lunes imposible de superar. El crucigrama que demora toda la tarde en ser completado (para nada). La tarea de geometría que nuca nos ayudará a medir la Tierra. El beso iniciático que no dimos y que nos habría salvado de todo lo que se nos viene encima.


Domingo, invento cultural de los romanos, empotrado en la semana para recalcar nuestras culpas, deudas y sueños incumplidos. Domingo, pausa inactiva en la que caemos en cuenta de todo lo que ya no fuimos. Domingo, día del señor, señor de los días… Ven, no tardes tanto. 


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