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IN SOME NIA

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama

Con el paso de las semanas, se ha ido acumulando un común denominador entre mis mal llamadas columnas: la falta/presencia de sueño.

Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama


Con el paso de las semanas, se ha ido acumulando un común denominador entre mis mal llamadas columnas: la falta/presencia de sueño.


De la noche a la medianoche, llega la madrugada. Tienes que levantarte antes de que salga el sol del chocolate; y ese par de ojos personales-e-intransferibles nada que se cierran. O, peor aún, se cierran los párpados, como cubiertos por dos centavos de chocolate; pero la mente, ahí, encendida, como una moto-sierra de pilas, carcomiendo tu consciencia. Ni el mítico Morfeo ni el hipnótico Hipnos aparecen por ahí. Las ovejas contables, ariscas… y el cielo raso se llena de asteriscos imaginarios. Comienza ese infierno en vigilia llamado insomnio y sabes que vuelve la batalla entre tú y tu cerebro que se han de tragar los zombis.


El pálpito de que esa noche no vas a clavar el pico te llega desde que te estás empiyamando, por fuerza de la costumbre nocturna, como por jugar el juego de “a-que-hoy-sí-me-duermo”… pero sabes que no, que la ausencia de bostezos, que ya deberían estar floreciendo, es una mala señal. Entonces destiendes la cama, entonces rezas tus maldiciones; entonces apagas la luz (bueno, el bombillo ahorrador de oscuridades); entonces oyes, sin oírlo, ese pitico como de “fueradelaire” en tus linfocitos. Todo mal, todo mal.


El profundo sabor de este desorden del sueño (muy ordenado, por cierto) hace erupción cuando, a los pocos segundos del pajazo mental (con o sin previa masturbación), sientes, con toda la lentitud del tiempo, esa combinación de ganas de morir + sensación de inmortalidad, y nadie para compartirla. Las paredes magnifican reflexivamente el sonido del vacío que te contiene, el que contienes. La gotera in crescendo, el último trago de saliva, el mosquito de la una, vampirillo sediento de ti.


De puro optimista, bebes el vaso de leche tibia recomendado por tu sonámbula madre, envenenado con ese placebo llamado valeriana; lees, por décima vez, tu libro de la bella durmiente; miras once minutos de Canal del Congreso, y te pillas sus mensajes subliminales; oyes cualquier programa radial de amanecidos suicidas sin bala. Y nada. Ahora la cabeza está más contaminada de imágenes y palabras ajenas. El mundo gira sobre tu eje, y tú, bajo las sábanas, una vuelta cada cuarto de hora, desordenando tus venas, como un pollo que se auto-asa en las llamas imaginarias del desespero.


Entre más pretendes dormir, más se alarga la pita de la cometa del sueño, esa pequeña muerte reversible que no llega. Hay que fingir que no se le desea, como se finge calma ante una banda de atracadores que se acercan por tu acera. No pensar en él. Ese es el viejo truco: desconectar la mente de la mente. Muy zen. El otro truco es ir hacia el otro polo: concentrarte en tu propio insomnio hasta el tuétano de su inmaterialidad: mirar al horizonte de tus párpados. No es un chiste. Sondearlos, descifrar sus jeroglíficos de venas y membranas: reconocerse en ellos, tomarse literalmente aquello de “mirar para dentro”. Allí, ante ti, a medio milímetro de tus pupilas, está la verdad esencial: eres la punta de ese iceberg llamado universo, alias cosmos… y tú, convencido de que el caos habita en ti.
 
Amigo insomnista: Te recomiendo que, cuando el sueño te evada, te dejes llevar por las ondas del tiempo. El tal tiempo es un concepto, aquí y en el extinto Cafarnaúm. Es un delirio colectivo generado desde la invención de los relojes. Si no le paras bolas, el sueño, necesario para que no mueran tus neuronas en el camino, llegará. Gózate el pequeño delirio de estar contigo mismo, alimentándote de tus propios pensamientos, como la milenaria serpiente que se traga a sí misma, sin tragarse del todo.


Una cosa es estar insomne, y otra serlo, profesar la vigilia del vigilante que vela el sueño distante del mar de soñadores que ignoran nuestro acto de fe en la humanidad inconsciente. De no ser por nosotros, los despiertos del lado oscuro de la Tierra, el mundo entero colapsaría de cordura. Cuando los somnes despierten de sus ocho horas estériles, deberían agradecer nuestro sacrificio (in)voluntario.


…Y al que madruga insomne, ¿quién diablos lo ayuda? 

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