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PUBLICISTAS: POETAS DEL MERCACHIFLE

Cartel Urbano
Cinestimulante
Por Diego González Cruz
 
Cinestimulante
Por Diego González Cruz
 
¿Cómo no odiar a los publicistas? Esos poetas del mercachifle que día y noche se devanan el cerebro tratando de imprimir mensajes comerciales en nuestros subconscientes. Esos sacerdotes que promulgan el evangelio del consumo y cuyo talento no es otra cosa que la habilidad para vender un montón de cosas que nadie necesita.
 
Solo alguien con el ego inflamado puede referirse a sí mismo con el apelativo de “creativo” y no sonrojarse.
 
Gracias a esos malditos creativos y su publicidad engañosa, hay mujeres que insisten en buscar la eterna juventud en un tarro de crema L'Oréal, gente que piensa que su dinero está más seguro en las manos de un banco (el mismo que después los dejará en la calle) y tarados para quienes la felicidad es tener un iPhone.
 
Abres una pagina en internet y de inmediato aparece un banner invitándote a adquirir un servicio de Tigo. Prendes el televisor y es más el tiempo que pasas viendo propagandas que tu programa de televisión favorito. Te asomas a la ventana y lo primero que ves es una enorme valla que ocupa por completo el paisaje.
 
Si seguimos a este paso de polución mercantil, estoy seguro de que cuando el primer hombre pise Marte lo primero que vera no será un extraterrestre, sino un anuncio de Coca Cola.
 
Pese a esto, por cosas de la vida un día me vi obligado a trabajar en una agencia de publicidad, y sólo hasta ese momento entendí el porqué de mi odio: en el mundillo de la publicidad abundan historias como la del copy que vacila entre dejar su trabajo o empezar esa novela que durante años le viene dando vueltas en la cabeza. O la del diseñador gráfico que en las noches sale a la calle a grafitear los muros de la ciudad y durante el día se la pasa encerrado en una oficina trabajando en un anuncio de caldo Ricostilla.
 
Pero ninguno como el director creativo de la agencia de publicidad en donde trabajé. Un publicista que había concebido un par de campañas memorables en los noventas, y aún vivía de su fama. Sus empleados, apenas daba la espalda, lo volvían objeto de sus burlas.
 
Es esa clase de hombre que maneja un Mercedes Benz con vidrios polarizados, cuyas buenas acciones se reducen a dejar una buena propina en un restaurante. Colecciona carros como yo colecciono facturas sin pagar y, sin una pizca de inteligencia y honradez, cree dominar el mundo y ser el  amo y señor de todo cuanto hay en la tierra.
 
Y ese tipo, además, ama su trabajo. Lo ama tanto que le tiene sin cuidado que ese producto al que le hace publicidad destruya el medio ambiente, o que quienes fabrican tenis Nike sean niños de 13 años, explotados laboralmente.
 
¿Pero a quién le importa el medio ambiente o las inhumanas condiciones de trabajo de los niños en Indonesia si esos mismos que explotan, engañan y contaminan son los que nos dan de comer?
 
La gente por naturaleza es estúpida. Y, los manipulen o no, seguirán comprando compulsivamente como si ese nuevo aparato electrónico, o esa cartera Louis Vuitton pudieran hacerlos olvidar el horror y la soledad a la que se enfrentan cada vez que llegan a sus casas y los reciben, sin brazos abiertos, las facturas de Codensa.
 

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