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UN EJÉRCITO DE MARIHUANEROS

Cartel Urbano
Cambié de opinión
Columna de Rafael López
 

El pasado 5 de mayo miles de marihuaneros marchamos por las calles de Medellín, sumándonos a los cientos de marchas similares que se hicieron en el planeta. Los activistas alrededor del mundo salimos a las calles a exigir la legalización de la marihuana.

Ese día se vieron porros de todos los tamaños en la ciudad de la eterna primavera. Una competencia espontanea por el que lo tuviera más grande. Vi un porro envuelto en una hoja de plátano que nada tenía que envidiarle a un tamal. Porros gordos y flacos. Otros armados con más de veinte cueros y que debían ser sostenidos entre dos o más personas. Gente fumando en tubos portaplanos, manzanas, piñas, máscaras de gas, narguilas, bongs con o sin tequila. Nunca había fumado tanto en mi vida.

Había todo tipo de personajes, hippies, rastas, viejitos, estudiantes, punks, gente cool, gente en muletas y en sillas de ruedas. Pero sobre todo, había una gran cantidad de ñarrias. De las lomas de Medellín bajó un ejército de marihuaneros de dudosa apariencia. Sin duda entre ellos había muchos artistas del hip hop y el graffiti, mucha gente honesta y trabajadora, pero también harta garñufla. Ese sábado compartí porros con personas que en otras circunstancias me habrían hecho cambiar de acera. Afortunadamente, los atracadores hicieron una tregua y todos fumamos en paz y armonía.

Porque eso sí hay que decirlo, es la marcha más pacífica y buena onda. Tan tranquilos somos los colinos que apenas unos 100 policías bachilleres fueron necesarios para atender una manifestación de más de 15.000 personas. Nunca había estado rodeado de tanta gente troncha a la vez, y lo que sentí fue puro relax y alegría. No hubo peleas, vandalismo ni altercados de ningún tipo. No me quiero imaginar qué habría pasado si 15.000 borrachos hubieran salido a la calle a manifestarse. Mínimo se cogen a puños, se les moja la canoa y dejan todo meado.

Lo que sí sentí fue que se trató de una marcha demasiado silenciosa y poco colorida. Los paisas no se pusieron a hacer vallas ni pancartas, no compusieron estribillos ni gritaron arengas; simplemente fumaron por la calle sin moderación ni recato. Una sola nube de humo azul y olor dulzón, exhalada por miles de pulmones, le dijo en silencio a la ciudad que la marihuana debía ser legal. ¡Qué mejor arenga que el humo!

Uno de los lemas que ha promovido la Comunidad Cannábica Colombiana es: Legalícela usted mismo. O como dirían en el mundo del derecho, Da mihi factum, dabo tibi ius.

La ciudad y el país deben detenerse un momento a pensar qué significa esta manifestación y cómo reaccionar frente a ella. Hay que preguntarse de dónde sale toda esa bareta y quién se está quedando con ese billete. Cómo detener un fenómeno de consumo que se expresa a lo largo y ancho del planeta, sumando un total de 190 millones de fumetas que se la pasan ‘volando’ en la tierra.

Los prohibicionistas quieren mantenernos convencidos de que la única forma de lidiar con este fenómeno es la guerra total, repitiendo esquemas e ideas que tienen más de 40 años. Pero en el mundo de hoy miles alzan su voz y su humo para exigir nuevas respuestas, al tiempo que denuncian el fracaso de esta guerra.

Lo han dicho Cesar Gaviria, Ernesto Zedillo, Fernando Henrique Cardoso, George W. Bush y hasta Paulo Coelho: estamos perdiendo la guerra contra las drogas. Hay que detenerse a pensar, porque como dice Bill Hicks: ¿Saben eso qué significa? Se está disputando una guerra, y la gente drogada la está ganando.

Me parece que en toda guerra hay que conocer al enemigo que se pretende vencer. Esta no es una contienda contra las plantas, que no hacen otra cosa que la fotosíntesis. La guerra es contra las personas que quieren consumir drogas y los que quieren proveer esas drogas. Si los prohibicionistas quieren seguir con su guerra, está bien, pero sepan que los marihuaneros somos muchos, y de nuestro lado contamos con un ejército de ñarrias y garñuflas.

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