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EL PERVERSO ENCANTO DEL CUCHILLO

Cartel Urbano

La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza Luna
 
El cuchillo es una de las armas que posee un mayor sentido de crueldad y sadismo. El arma blanca y su brillo metálico sustituye, virtualiza, las garras y los colmillos que la evolución borró del ser humano. De arma para ritos ceremoniales de sangre, ha pasado a asimilarse como un objeto fálico cuya penetración letal, más allá de desembocar en la muerte de la víctima, busca el placer del agresor. En diferentes culturas los hombres lo han portado en sus cinturones como exhibición de su peligrosa masculinidad. Su presencia doméstica lo ha convertido en el arma más común de los crímenes pasionales. Incluso la superstición señala que no se deben regalar cuchillos, ni tampoco pasarlos de mano en mano, so pena de desencadenar un grave conflicto entre los comensales que lo han intercambiado.
 
Las obras de Shakespeare convocan a los cuchillos a escena en diferentes obras, siempre para demostrar que las pasiones humanas son indomables y suelen reclamar la necesidad de cobrar forma. En la obra maestra de Rubem Fonseca El gran arte, un asesino en serie lo emplea cruelmente para marcar a sus víctimas con una letra P en el rostro. En la escena de la bañera de la película Psicosis, ante la borrosa imagen del perpetrador, se convierte el cuchillo en el protagonista del brutal ataque. En la historia, Julio César sufrió la muerte por múltiples puñaladas por parte de los traidores senadores. El cuchillo es el artefacto más usado por los asesinos en serie debido a la sensación de "personal" contacto que les provee. Literatura, cine, y crimen real, lo han transformado una y otra vez en un nefasto objeto de poder.
 
A diferencia de las pistolas y armas de fuego, impersonales, distantes, el cuchillo y todas sus variantes antiguas y modernas (dagas, estiletes, navajas, facas, cuchillos Randall de cacería, patecabras, etc.) poseen un dramatismo escénico y comportan una prolongación directa del cuerpo del agresor. El cuchillo le provee a su portador una sensación de poder que culmina en el corte o en la puñalada, en su firma letal. En sus cartas enviadas a las autoridades londinenses, Jack el Destripador se refería a su cuchillo de 15 centímetros como su "amigo". El sentido animista (tratar el objeto como algo vivo) es común en la jerga de los asesinos, y el cuchillo es el arma que más oscuras devociones intimas incita en sus propietarios.
 
Las armas afiladas han tenido gran protagonismo en la historia del cine, incluso podemos hacer una analogía del corte de edición con el acto de cortar con un arma blanca. La navaja que corta-sega el ojo de la muchacha en El perro andaluz de Buñuel (1929) es apenas el inicio de una larga serie de imágenes de cortes y puñaladas cinematográficas inolvidables. En Repulsión (Polanski, 1965), Catherine Deneuve recuerda el peligro que corren los acosadores frente a una mujer enloquecida con un barbera en mano; en Pandillas de Nueva York (Scorsese, 2002) salta a la vista la habilidad vernácula de los criminales (podemos incluir a los atracadores bogotanos) para atacar con navajas; en El Padrino (Coppola, 1972) se nos advierte sobre el peligro de dormirse en la peluquería confiados en la navaja del barbero; el doctor Hannibal, al destazar a sus enemigos con bisturíes y diferentes armas blancas, insiste en la relación inseparable de comida, arte y muerte; la mutilación genital de El imperio de los sentidos (Nagisa Oshima, 1976) nunca dejará de ser una perturbadora alarma sobre los límites de una obsesión.
 
Por supuesto el cine gore (slasher y splatter) lo ha insertado, clavado, usado, una y otra vez, como escandalosa arma que sirve a los pretextos de la sangre salpicada y las mutilaciones. Desde Braindead de Peter Jackson, pasando por la trilogía Evil Dead, de Sam Raimi, hasta sagas como Scream, Hostal o Saw, las armas corto-punzantes no se han agotado como recurso para el terror fisiológico de cortes y mutilaciones.
 
Como si poseyera una identidad maligna, el cuchillo despierta morbosamente en quien lo empuña con motivos prácticos (cocina, cacería, carpintería, etc.) un reprimido sentido de agresión y supervivencia. El cuchillo y su protagonismo en la ficción y la historia nos alerta sobre cómo el ser humano es apenas una joven criatura de la evolución, que, como lo señala Joseph Conrad, puede pasar en un segundo de la edad de las tabernas a la de las cavernas.
 
 
 

 

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