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AUTO-ESTIMA

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Columna de Gonzalo Valderrama
 
Desde el ombligo
Columna de Gonzalo Valderrama
 
No tengo carro. Es una decisión, no una imposibilidad económica. No me frustra el hecho (la "carencia"), porque nunca ha sido un deseo de mi lista vital. Siento lástima y extrañeza por mis amigos que, apenas ven uno "de marca" atravesando una calle maquinalmente, no pueden evitar exclamar cosas del tipo "¡Ufff!... ¡Una Hummer!", como si hubieran avistado una aurora sabanera o una pelea de ballenas.
 
Primero que todo, no lo entiendo. Tampoco me excita. Ni lo sueño ni lo necesito. Un carro es más feo que un carro por debajo, una cortina de lata que nos distrae de la realidad de a pie. Un carro, más allá de la cula falacia del desplazamiento "automotor", esa proyección del placer infantil de ir solito en una matriz invulnerable, es un complique infinito, fuente inagotable de neurosis, pesadillas, infracciones punibles, factibles desguaces y choques idóneos para el canal TruTV. Tener carro es una mamera. Admítanlo, conductores. No tenerlo es sólo una frustración infundada por los medios masivos… y por los vecinos y colegas que cayeron en la trampa que Moures y Defranciscos han promocionado desde principios del siglo XX.
 
La gasolina, el trancón, el peaje, el aventón a los amigos conchudos, el pinchazo, el parqueadero en Los Mártires, la varada, el rayón con moneda de la ex novia resentida, el parte, el muerto en el baúl, el pico y la placa, el masivo éxodo rodante hacia ninguna parte, aquel ya no tan lejano 21-12-12… ¡Eeen fin!... ¡Te lo agradezco, Tucker, pero no!
 
Pero ellos (The Others) insisten: "¿Usted por qué no tiene carro? ¡Toda esa plata y calorías que se gasta en buses, taxis y tennis! Si tuviera carro, no se entecaría entre tanto usuario de Transmilenio, se salvaría del paseo millonario, podría ir a la finca a ser picado por sus propios mosquitos, sería un magnate del merengón… ¡Tantas posibilidades de ensueño 4x4 que se pierde por seguir de terco en su mundo peatonal, tonto bípedo!"... etc.
 
Yo sólo me río de soslayo, y les digo, con cara-de-palo: "Sí, envidiable amigo: algún día, cuando sea grande, como tú, tendré carro… y estaré contigo en el Para-paraíso". Ellos me dan una palmadita condescendiente, y suben la ventana polarizada de su mini-mundo móvil, detenidos e inquietos en la gran quietud la malla vial que yo recorro, desde mi andén personal, marchandito, a 2.5 kilómetros por hora, non-stop.
 
No tengo carro, y no lo tendré, ni por Hermes, porque, si fuera realmente cool, como se lo quieren hacer creer los jingles y Vin Diessel, yo no la lograría con tanto reglamento arbitrario, con el protocolo para decirle nononononono mil veces por día a los ensuciadores de para-brisas o robadores de limpia-para-brisas, con la gente motorizada que me pitaría con ardor porque saco la mano izquierda para virar viralmente a la derecha, con la búsqueda del pichirilo perdido en uno de los 40 sótanos de un mall del infierno, con la maldita alarma sonando tutiruriruriruriruri hasta el alba, et cétera seculórum.
 
Para completar, tengo miedo de que, si me gano uno en una rifa satánica, me quede gustando la vuelta… se me salte el switch mansoniano y me ponga a atropellar de lo lindo a mis congéneres pedestres mientras voy hacia el salto del Tequendama… y me convierta en una Thelma sin Louise, sin chance de oprimirle el pause/rewind a mi último momento de gloria suicida.
 
Por eso cuando, cada año, se anuncia el tal día sin carro, en mi mente de peatón que no piensa en contravías, carriles, zonas azules o giros en u, no se visualiza un problema más allá del estrés ajeno que puebla las avenidas. Día sin carro = todos mis días. Día sin carro = día sin yo-yo, sin atún o crack. Día sin carro = vida sin carro; esa que hubo desde el siglo XIX hasta el pasado big-bang.
 
 
 

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