EL SHOW DE LOS ASESINOS

Antes de encender el televisor muchos colombianos están sobrellevando sus propios infiernos, deudas, rezagos de violencias para ellos sin explicación, requerimientos de oficinas kafkianas. De noche, mientras intentan conciliar el sueño al que tienen derecho, algo saben de los paramilitares; algo también de honorables sujetos con corbatas y bien alimentados que les colaboran a los anteriores desde mullidas bancas en el Congreso o en la Cárcel. Los han visto en las pantallas, entienden que son criminales importantes pero, así mismo, que esa condición los vuelve inmunes a cualquier control de ley. Sea desde la clandestinidad, o pagando penas risibles, o sobre el sillón presidencial, les da lo mismo, logran sus cometidos y en su agenda ninguna instancia del delito les resulta desconocida: tráfico de estupefacientes, contratación dolosa, apropiación de tierras y, claro, manipulación de medios informativos.
Encienden el televisor. Subsisten muy pocos lectores juiciosos de periódicos en esta nación. Las "noticias", la "información", además de llegar sesgadas al espectador común, contribuyen a darle una vaga idea de lo que sucede en las regiones, en los "países de Colombia" como escribió el poeta Aurelio Arturo. A principios de la década pasada el periodismo de alto calibre mostró ejércitos de criminales entregándose a la justicia dentro de un insólito cubrimiento que todos recordamos. Como si se tratara de un juego pueril, los asesinos y sus alias aparecían a veces en indagatorias necias donde se les llenaba la boca diciendo: "reparación", "verdad"; a veces cámaras y redactores iban a buscarlos en esas granjas donde vimos a Rodrigo Tovar, alias Jorge 40, aporcar unas semillas.
Después ocurrió lo demás. Las "crisis" en la negociación, extradiciones, resurrección de los asesinos, desenmascaramiento de un gobierno corrupto que debería contarnos cuáles y cuántos son, siguen siendo, sus nexos con estos delincuentes. A la televisión y a la prensa les basta con registrar el número de muertos y pasar un pincel superficial sobre los sucesos, ocultando, trastocando, de modo que no sepamos a ciencia cierta quién manda en este territorio de la mentira y la ignorancia. El problema no es que duerman a los individuos, en ese arte son unos maestros con sus estúpidos concursos de talento y sus telenovelas armadas a punta de babas; el dilema es mucho más grave: de crear una evasión a la realidad han pasado a concebir una realidad paralela, en la cual las atrocidades suceden lejos, en otras partes, donde la amnesia es el único precepto, donde se relatan de prisa las acciones terroristas para dar paso al supuesto crecimiento de nuestra economía y a la posible disolución del noviazgo entre Shakira y Gerard Piqué.
Debería alguien apagar el televisor. Entre el mar ignominioso en que nadamos surgen visiones, propuestas serias que de conocerse ampliarían el panorama, nos permitirían juicios ecuánimes acerca de lo que está sucediendo. Libros del talante de "…Y refundaron la patria – De cómo mafiosos y políticos reconfiguraron el Estado Colombiano", editado por Claudia López Hernández, o "Dos miradas, un silencio - Construcción de realidades mediáticas en las crisis del proceso de desmovilización paramilitar" de Juliana Castellanos, dejan ver, por una parte, la verdadera faz de un proyecto brutal, enfermizo, que sigue permeando cada rincón de nuestro país, con cambios en filosofías, culturas y hasta drásticas reformas agrarias a sangre y fuego, que prosigue en su empeño de reorganizar (para mal) a la nación; y, por otra parte, las estrategias del periodismo, en especial del diario El Tiempo, para designar villanos y héroes, distribuir ganadores y perdedores en la guerra y la negociación, encubrir y edulcorar esta infamia. Los textos citados nacen de un esfuerzo emprendido por la Academia y las organizaciones no gubernamentales interesadas, a través de la fragilidad y a la vez el gran poder del libro, en dar a conocer los mecanismos del engaño. En algún momento dejaremos de comer entero a los medios y pensaremos un poco por cuenta propia. A esta extraña esperanza se aferran investigadores y analistas de la verdad no exhibida en diarios ni televisores. De modo subterráneo, modesto, anhelan que este gran infierno termine, por fin, algún día.