Ud se encuentra aquí INICIO Node 16950
COMPARTIR ARTICULO EN:
M

QUE SE ORGANICEN LOS ATRACADORES

Cartel Urbano

Cambié de opinión
Columna de Rafael López
 
Es fácil reconocer a un bogotano, lo delata su estilo al caminar. No importa en qué lugar del mundo se encuentre, ya sea que atraviesa una multitudinaria intersección en Tokyo o que camina por el solitario desierto, el bogotano vigilará constantemente su espalda mirando hacia atrás por encima del hombro. Este comportamiento, que a los ciudadanos del primer mundo podrá parecerles un claro síntoma de paranoia, no es más que una estrategia de supervivencia urbana que hemos desarrollado quienes habitamos en Bogotá. La verdad es que sí somos un poco paranoicos, al punto de que al salir a otro país la mujeres bogotanas deben aprender a sentarse en un café y soltar su bolso, a no tenerlo siempre enredado en su pierna o muñeca como medida preventiva contra un raponero fugaz. Obviamente, es de esto de lo que se trata, ya que la paranoia bogotana no es más que un intento por ir un paso delante de los amigos de lo ajeno.
 
Vivir en Bogotá ha hecho que desarrollemos un estado de alerta, encargado de interpretar silbidos y actitudes sospechas para detectar la presencia del enemigo, así como un estado físico suficiente para huir del peligro. Hay un inmenso orgullo al lograr escapársele a los ladrones, así como una honda decepción al ser atracados en otra ciudad; es imposible dejar de pensar: ¿No me atracan en Bogotá y me vienen a atracar aquí? ¡No hay derecho! El atraco callejero le es tan esencial a esta ciudad, que no se es bogotano hasta no haber sido atracado. La robada del espejo en el semáforo también acredita la ciudadanía.
 
Es confuso ser atracado, una tensa situación que se desarrolla al ritmo del capricho gramatical del señor atracador. Alguna vez me dijeron: -Quédate sano, gonorrea– y yo no logré asimilar cómo mi asaltante me trataba con la cercanía, confianza y cariño de la conjugación en segunda persona, al tiempo que me decía gonorrea. Lo más confuso es la injusticia de la acusación, dadas las circunstancias. Estoy absolutamente de acuerdo con un amigo que, al haber sido acusado de gonorrea por su ladrón de turno, se preguntó indignado: ¿cómo así, el que me está atracando es él, pero la gonorrea soy yo?
 
Otro amigo me contó alguna vez, que al viajar en un bus por la ciudad se subió un personaje a pedir plata. Sin embargo, este tuvo algo muy particular, ya que inició su discurso diciendo: -Yo no les voy a vender ni dulces ni estampitas, yo no estoy enfermo ni tengo a nadie en el hospital. Yo soy ladrón, pero me quiero ir de vacaciones. Por favor, colabórenme-. Acto seguido pasó por todos los puestos, ante la mirada indignada de las personas en el bus. El personaje en cuestión llegó hasta el final sin que nadie apoyara su causa, timbró y al detenerse el bus nuevamente se dirigió a todos con estas palabras: -Bueno, como nadie me colaboró, se acabaron las vacaciones–, al decir esto le quitó el bolso a una mujer y se bajó corriendo del bus.
 
Es enorme la impotencia que embarga al ciudadano después de ser asaltado. Lo que yo he pensado al ser atracado es que es como una especie de impuesto aleatorio, que eventualmente hay que pagar por vivir en esta ciudad. Por eso creo que lo más sano para la convivencia ciudadana sería que los atracadores se organicen. Que conformen una cooperativa, con la intención de que al ser atracado le hicieran a uno un recibito registrando los bienes robados. Este recibo le garantizaría a uno ser exonerado de futuros atracos, durante un tiempo, establecido en relación con el monto robado. De este forma, si a uno lo van robar uno saca su recibito lo muestra y dice: -No, mire, yo ya pagué este mes. Y el atracador daría un paso al lado y lo dejaría pasar. Así uno podría caminar sin mirar por encima del hombro, al menos por un mes.

 

Comentar con facebook