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MÁS HORRENDO QUE AMANTES MASOQUISTAS

Cartel Urbano

Dígale que siga
Columna de María Antonia León
 
En mi casa hay tan pocos aparatos electrónicos que hoy, cuando se fundió mi computador, estuve en silencio el resto de la tarde. Pero de todos los artefactos que aparentemente faltan, el único que no necesito es un televisor. Algo que agradezco, porque así puedo mirarme cara a cara con la soledad, que sin ese electrodoméstico habita en abundancia.
 
No quiero un televisor porque lo considero un placebo más horrendo que dos amantes masoquistas. Otorga un placer que dura lo que una estampida y las consecuencias llegan a largo plazo, como la comida rápida, el cigarrillo y la falta de ejercicio. Cada minuto que uno dedica a ver televisión puede quitar minutos de vida, porque sin un aparato de esos en casa, el tiempo se triplica.
 
Este año la televisión nacional cumple 58 años, y para mí, ya no hace parte de un ejercicio democrático sino excluyente. El objetivo de la TV en vivo de 1954 era mostrarles a los colombianos sus realidades más cercanas, hoy ese concepto, convertido en una copia de los realities gringos, sólo nos muestra lo cercano que es nuestro patetismo y hace que mantenga mi posición de nunca comprar un televisor, a no ser que sea para ver películas en una pantalla de más de 14 pulgadas.
 
Últimamente he llegado a sentirme aislada en muchas conversaciones donde hablan de lo grosera que es Amparo Grisales en "Yo me llamo", y hasta aseguran que por eso se pasaron al otro canal, para ver "Colombia tiene talento", porque Alejandra Azcárate y Paola Turbay sí tienen compasión con los participantes. Ni qué decir de cuando los compañeros de mis antiguos trabajos hacían auditoría de novelas a la hora del almuerzo. Su trabajo era tan arduo que llegaban a mencionar producciones brasileras y venezolanas, y hasta comparaban las que estaban al aire con las del pasado. Lo curioso es que el formato de ambos tipos de programas parece ser el mismo, como las aromáticas de colores que a pesar de tener nombres personalizados saben igual.
 
El último Estudio General de Medios, publicado a finales de 2011, indica que la audiencia de televisión está en 94,4% y que más del 77% de los usuarios acostumbra a verla todos los días. Pero lo peor del estudio es que afirma que entre el 85% y el 89% de los televidentes colombianos ven RCN y Caracol, canales donde se presentan los mencionados realities caza-talento.
 
Un cigarrillo quita un minuto de vida, y si la programación de estos dos canales fuera tan nociva para la imaginación como lo es el tabaco para la salud, los ciudadanos que ven mínimo una hora diaria de televisión, se estarían reduciendo 366 horas de cerebro este año. No creo que el cálculo sea exagerado. Bart Simpson no fuma y sin embargo dice: "con la televisión no recuerdo ni lo que pasó hace ocho minutos".
 
Definitivamente me quedo con la prensa, la movida digital y los contenidos compartidos de las redes sociales. Me quedo con mis horas de soledad, en muchas de las cuales he pensado, como todo ermitaño cansado, en comprarme un aparato de esos para dejar de pensar. Me quedo con las buenas series de Cuevana y la programación personalizada. Me quedo con el placer de mi casa silenciosa y cálida, donde no se amañan mi mamá ni mis tías porque no hay televisor. Y me quedo con mis lecturas, porque aunque renunciar al aparato no me haya hecho leer más, me ha permitido huir menos. Si lo tuviera, estoy segura de que lo colgaría en la ruta de mi procrastrinación, y con ese circuito ya tengo suficientes problemas.

 

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