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MI PRÓSTATA Y LOS NULE

Cartel Urbano

Cambié de opinión
Columna de Rafael López
 

Cambié de opinión
Columna de Rafael López
 
Acabo de cumplir treinta y dos años y estoy tratando de asimilar la experiencia, no dejo de pensar que eso significa que he completado sesenta y cuatro semestres, es decir, ocho carreras universitarias, dieciséis versiones del Festival Iberoamericano de Teatro. Siento que es un tiempo considerable, suficiente para lograr propósitos importantes, que yo juiciosamente he desperdiciado.
 
Lo que me inquieta cada vez más es ese examen físico que se empieza a asomar en mi horizonte, en el cual tendré que entregar mi virginidad anal a las frías manos de un insensible médico. Es preocupación de muchos tener que enfrentar este dolor; porque sabemos que duele, aunque les mintamos a las chicas al decir que no duele tanto. Si por mí fuera contrataría a todos esos manes que roban en Transmilenio, esos artistas del hurto que son capaces de deslizar sus manos en nuestros bolsillos sin que sintamos nada en absoluto, y los pondría a hacer el examen de próstata. Así usted llegaría a la EPS y le preguntarían: -Señor ¿quiere que lo atienda el Doctor Yon Wilber, especialista en mano de seda, o el Doctor Pool Ferney, especialista en cosquilleo?
 
Me parece un despropósito de la humanidad que nuestra tecnología sea suficiente para tener un robot en Marte que es capaz de tomar sus propias decisiones, y todavía tengan que hacer el examen de próstata de manera tan hostil y despiadada. Los invito a que formemos una asociación dedicada a patrocinar la investigación en este campo, y que mientras encontramos una mejor solución se encargue de emborracharlo a uno antes del examen, cosa que al otro día uno sí sienta un dolorcito en el asterisco pero no recuerde los detalles del encuentro.
 
Hay que empezar por cuestionar los términos en los que entendemos este evento, porque los médicos lo llaman tacto rectal y lo consideran dizque un examen semi invasivo. ¿Semi? ¿Pero dónde empieza la intimidad para estos señores? qué tal que fuera invasivo entonces, le terminan metiendo a uno el brazo entero. Semi invasivo el espionaje del D.A.S. porque al menos ahí no le metieron el dedo entre el culo a nadie.
 
Aunque no es solo el dolor lo que me inquieta, sino sobre todo la etiqueta. Cuál es el comportamiento correcto en esa situación o a partir de qué momento empieza a convertirse en una situación extraña. ¿Está bien gemir en ese trance? Es posible que se escape un gemido de dolor, pero qué pasaría si sale con un tono de placer que uno no esperaba; ese examen le puede cambiar la vida a más de uno. También es justo preguntarse ¿uno mira o no mira? Qué tal que uno mire al doctor y lo descubra haciendo una cara bien kinki o peor aún, oliendo el dedo que va a utilizar.
 
Hay quienes dicen que lo más difícil de la experiencia es la frialdad en el trato y extrañan que el doctor no les invite ni un traguito antes de entrometerse en sus esfínteres. Pero yo lo he estado pensando y prefiero que la relación se mantenga lo más profesional posible, porque me parecería muy inquietante que el doctor prendiera velas, quemara incienso y pusiera música de Tom Waits.
 
Y la pregunta máxima ¿cuánto tiempo se debe tardar adentro? ¿A partir de qué momento empieza a tardarse mucho? Porque la verdad no es mucho lo que uno pueda hacer en esa circunstancia, dado que el tipo ya está adentro. Se trata de una situación de extrema vulnerabilidad, no es posible huir cuando a uno le tienen metido un dedo entre el culo. Basta con que el doctor utilice su pulgar desde afuera y haga una pinza con los dedos invasores para que uno quede completamente dominado, como si de una llave de judo se tratara.
 
Es tal la indefensión a la que uno queda sometido, tan desvalido está uno en ese momento, que estoy convencido de que sería más justo que nos permitieran a cada uno ir a hacerle el examen de próstata a los Nule. Que todo el que quiera pueda ponerlos en cuatro, meterles dos dedos hasta el fondo y preguntarles al oído ¿Qué hubo pichurrias, dónde está nuestra plata? Con esta condena puede que recuperemos o no nuestros impuestos, pero lo seguro es que a todos nos quedará un sabor de justicia. Y quien quita, de repente hasta recuperamos la plata.

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