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VOMITAR NUESTROS MUERTOS

Cartel Urbano
Música para camaleones
Columna de Juan Serrano
 
Música para camaleones
Columna de Juan Serrano
 
Escucho a deshora la estremecedora canción Errante diamante de Aterciopelados. Me entero a destiempo de que fue la cuota musical del valiente proyecto Destierro y Reparación liderado en 2008 por el Museo de Antioquia, el cual buscaba generar reflexión y dar cuenta sobre el drama del destierro en Colombia. Y agradezco entonces a la banda liderada por Andrea Echeverri por llevar ya 20 años salvándonos como país, por hacer parte de esa escasa minoría de quienes han entendido la importancia que desde la música se construya memoria histórica en Colombia; por contribuir a un retrato serio de nuestros horrores. Que mientras a Álvaro Uribe le alcanzaba su indolencia para decir –sin sonrojarse- sobre las ejecuciones de muchachos inermes que "no estarían precisamente recogiendo café", Andrea Echeverri se ponía de rodillas frente a las Madres de Soacha para cantar Mamitas positivas y preguntarles: "Mamita, cuénteme /cómo era su hijo, qué le gustaba comer, ¿le regalaba rosas? ¿era atento con usted?". Aterciopelados ha estado ahí para recordarnos, cuando nos estamos sintiendo tan noruegos, la clase de país que somos.
 
Yo me crié, como muchos, bajo una buena dosis de rock argentino. Con Charly, Fito y compañía, entendí que la música podía ser también la forma en la que se dejaba constancia de la memoria de un tiempo. A través de sus canciones tuve siempre la sensación de estar visitando una especie de Archivo Argentino de la Memoria. Descubrí con admiración el compromiso de sus músicos por plasmar en sus letras los horrores de la dictadura del 76: la desaparición de personas (Los dinosaurios), la censura sistemática (La censura no existe mi amor), la venta de niños paridos en los centros de detención clandestinos a familias cercanas al régimen como un intento por negar el linaje ‘subversivo’ que llevaba en sí la criatura (Yo soy Juan), la utilización del Mundial 78 como una cortina de humo para que el pueblo argentino se olvidara en su fervor de que a su vecino lo estaban asesinando a plazos (La memoria). Antes que el cine o los libros de historia, fue la canción Demoliendo hoteles de Charly García la que me enseñó quién era Videla, y en Las Madres del amor de Gieco y en Ellas danzan solas de Sting aprendí a admirar a las Madres de la Plaza de Mayo.
 
De modo que no creo que sea errado ni exagerado asimilar la función que cumplen los músicos comprometidos con la memoria, al deber del historiador. A la música le es predicable lo que Michelet dice sobre pensar la historiografía como un ejercicio de exhumación de muertos: "Nunca en toda mi carrera he perdido la noción de esto, el deber del Historiador. He dado a muchos de los muertos, olvidados demasiado aprisa, la ayuda que yo mismo habré de necesitar". El músico, bajo esta tesis, es el necesario exhumador de los hechos y vidas que están en peligro de quedar por siempre bajo tierra en cualquier fosa común. Ya lo dijeron Los Rodríguez: cantar es disparar contra el olvido.
 
En la escena colombiana, nuestras bandas aún están en deuda de intentar con sus canciones un acercamiento exhumatorio de nuestros muertos más recientes. La regla general es un silencio incómodo y las honrosas excepciones no bastan. Y es necesario que nuestras canciones le recuerden a cada colombiano, le canten a las generaciones que están por venir, de los 173 kilómetros de cadáveres que el horror paramilitar dejó entre 2006 y 2010; de los militares asesinados por las FARC después de 12 o 13 años de cautiverio; de los 2.500 ciudadanos asesinados a manos del Ejército que hicieron pasar como guerrilleros caídos en combate; que nuestra música hable por fin, para ponerle cara y sonido a nuestra desventura, de aquellos personajes que por la mañana hacían las leyes y por la tarde ordenaban masacres.
 
Yo sé que nuestra música es reflejo de un país que ante sus tragedias se ha encogido de hombros para poder dormir tranquilo. Sin embargo, para que las canciones no contribuyan al falseo de la historia, para que siga sonando ridícula aquella frase de que "Colombia es un país de instituciones"; le corresponde al arte poner de su parte. Cuando seguimos siendo los pasajeros de esta chiva rumbera que va cociéndose por el despeñadero, se necesita que alguien vomite a nuestros muertos.
 

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