UNA GOTA DE INGENIO EN EL OCEANO DE LA MEDIOCRIDAD
18/Mar/2012

Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez
Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez
Juana Molina y su música son la prueba de que la cultura popular no necesita vender las voluptuosas formas corporales de sus artistas hasta convertirlos en mercancías; la demostración de que no se requieren sebos fáciles ni refritos en fórmulas para obtener cierto reconocimiento. Son, además, el indicio del camino que deberá tomar la Canción si no quiere morir asfixiada por la vulgaridad a ultranza (ese asalto a mano armada al cual llaman "reggaetón"), los litros de babas para comercializar ("baladistas" descerebrados, pueriles raperos, divas post-post-modernas) o el simple ruido de fondo de cualquier fiesta. Porque representan un futuro menos sombrío para lo musical, deberían oírse más a menudo sus discos Rara, Un día, Segundo. Juana Molina trae noticias del porvenir, de ese tiempo en que la ligereza y la basura que nos rodean perderán importancia.
De entrada, sus extrañas melodías le chocan al oyente –acostumbrado a la miel seudoromántica, de tres minutos, con estribillo bailable y repetible-. Las superposiciones de voces delicadas, agresivas, onomatopéyicas, con riffs rockeros, percusiones folclóricas o hijas del Dance, entre letras que producen perplejidad e insólitas salidas en falso de instrumentos convencionales solicitan un oído atento, activo. Sus dificultades, brillo y tono crean atmósferas, ámbitos, pactos de lealtad entre músico y públicos, algo que hace mucho tiempo no sucedía con las canciones en español. Por paradójico que parezca, es música destinada a ser oída. Es decir: no le sirve al chantaje sentimental ni a la nutrición maligna de estaciones radiales consagradas al reciclaje sonoro.
Tras una década como actriz cómica en Argentina, su país originario, Molina grabó hacia 1996 un primer trabajo discográfico que la fue convirtiendo en el curioso y soterrado fenómeno de ahora: éxitos rotundos en Europa y sobre todo en Japón; consolidación de su carrera en el circuito underground norteamericano, habida cuenta de la indiferencia despertada por su obra en varios países de habla hispana. "Ser famoso en Latinoamérica –escribió Paul Groussac– es tener el privilegio de seguir siendo un desconocido".
Se comparte la sensación de cansancio en muchos artistas delante del monstruoso "Sistema de las Estrellas" que fabrica efímeros ídolos de barro para usar y tirar. Esa extenuación los ha llevado a considerar cuán pasajeros y ramplones son la simple estampa y el cuerpo torneado en el momento de crear obras perdurables, certeras, con una postura crítica ante la estupidez generalizada. Así mismo son una reivindicación de la inteligencia: nadie ordenó que la música debía ser concebida para la asimilación aletargada. La autora de Los Hongos de Marosa, Vive Solo y El Perro establece exigencias, pone límites e interpela a quien la oye. Es compleja, y por tanto entrañable.
La canción en castellano, arte calificado por algunos sabios de piedra como "menor", halla una suerte de purificación con esta dama singular cuyos objetivos de base son descomponer nuestros anquilosados, arbitrarios comercios con lo musical y ofrecer panoramas distintos a los dos o tres compases y armonías de siempre. Juana Molina funda justo sobre un lugar en donde todo, aparentemente, ya está dicho y claro. Por esto debe ser oída. Quien aún la desconoce no alcanza a imaginar cuánto ha perdido.