A FAVOR DE LA MIERDA
13/Mar/2012

Otro payaso en la lavadora
Columna de Daniel Bonilla
Otro payaso en la lavadora
Columna de Daniel Bonilla
Alguna vez habrá sentido usted asco y náuseas porque alguien vomita enfrente. Alguna vez habrá mal mirado al que escupe por la calle o escarba su nariz buscando corpúsculos de tonalidad verdosa y consistencia gelatinosa. Qué decir de la sensación insoportable de un zurullo que se escabulle contra la propia voluntad y deja su marca siniestra en la ropa interior. Hasta ver el llanto deslizándose por el rostro de otro puede llegar a ser una visión perturbadora para aquellos que no resisten el dolor ajeno. Y por ahí derecho está la sangre, el semen, el sudor y todos los demás fluidos que nuestro cuerpo expulsa de manera regular y como parte de sus mecanismos particulares de limpieza. Una cosa queda clara, el cuerpo tiene que vaciarse regularmente de los residuos producto de procesos metabólicos que tienen lugar dentro de nuestra anatomía.
No existe nadie sobre la faz de la Tierra que no esté obligado a expulsar sus excrementos o su orina, nadie cuyos poros no filtren gotas de sudor, pero es curioso ver cómo esta limpieza biológica que atañe a todos los seres humanos, generan de manera brutal el asco y la repulsión más exacerbados si ocurren a la vista de todos. Las sociedades han arrinconado estos actos para que ocurran en la intimidad del hogar o restringidos a la soledad de lo privado. Así existan los baños públicos no faltará el que lance una risotada sonora o un comentario desobligante para el pobre que se está dejando los intestinos en el inodoro y que por supuesto expele un olor que pareciera anunciar el apocalipsis.
Claro, entiendo a los que replicarán diciendo que eso que sale del cuerpo precisamente lo hace porque su permanencia allí por mucho tiempo puede ocasionar enfermedades graves, pero pareciera que instalar eso en la conducta y la conciencia de la gente, implicara tener que odiar nuestros desechos y los del prójimo. Recuerdo una vez que vi cómo un niño que recién estaba aprendiendo a controlar esfínteres, se despedía casi con lágrimas de su bollito, mientras este se perdía por la tubería. Ese niño sabía, por alguna razón que los adultos no logramos entender, que se estaba desprendiendo de una parte de su cuerpo, que esa masa rolliza de textura blanda, había hecho parte de él hasta hacía unos momentos. Gracias al pedido de sus padres y profesores, ese niño tuvo que aprender a deshacerse de ese objeto sin mayores traumatismos. Así debe ser. Lo que no termina de quedarme claro es por qué esa ruptura con nuestra suciedad debe acompañarse de la instalación en nuestro disco duro de un odio acérrimo hacia ella. Finalmente somos nuestra mierda, allí hay algo de eso que somos, algo que nos define y nos mantiene vivos, en últimas los muertos no cagan. Felices los infantes que aún pueden experimentar el solaz del juego con sus excrementos.
Hoy, martes 13, pienso cómo ese odio hacia el excremento tiene un correlato en el miedo. Sentimos horror de solo pensar que aquello que nuestro cuerpo expulsó vuelva a entrar. Y este mundo aséptico que reniega de la suciedad convierte este hecho en una nueva forma de control. Debemos vernos siempre pulcros y desinfectados a toda costa, cuestión esta inserta en la cultura que funciona a la perfección en las relaciones sociales. Las damas los prefieren limpios y los hombres se refieren a una mujer con la que no conviene involucrarse como “sucia”. No sobra decir que si ellas se meten con gamines y nosotros con golfas, preferimos que eso ocurra sin que muchos se enteren. El niño que defeca en sus pantalones es inmediatamente excluido. Para anular la palabra del otro se dice que “habla mierda”. Existe todo un código complejísimo de buenas costumbres, que colinda con los ideales morales, y cuyo origen podría situarse en la negación de la mierda. Una sociedad que tratara sin tanto escozor sus desechos podría ser un poco más feliz, o por lo menos no encontraría allí un chivo expiatorio para descalificar conductas.
Hoy, martes 13, día de todos los miedos, estas líneas son un homenaje a David Cronenberg, quien definió un género cinematográfico alrededor del terror al cuerpo y sus desechos. Lo más monstruoso siempre es lo más íntimo y cercano. Felices 69, Señor Cronenberg.