QUÉ DELICIA EL MAL AJENO

Cambié de opinión
Columna de Rafael López
Desde hace algún tiempo vengo pensando que la mayoría de las cosas de la vida se definen por comparación. Tomemos por ejemplo la belleza física, determinar si uno es bonito o feo depende del criterio de comparación que se utilice. En mi caso, si me comparo con Mandíbula yo soy un tipo bonito, pero si me comparo con Brad Pitt, yo soy Mandíbula. Del mismo modo, definir si uno es pobre o rico depende de con quien se compare, así si yo me comparo con un indigente seré un millonario, pero comparado con Pablo Escobar yo sería el indigente.
Establecer el nivel de bienestar individual estará también definido dentro de la misma lógica, de lo cual resulta evidente que no es buena idea compararse con alguien que esté mejor que uno. Estas reflexiones me han llevado a construir una premisa de autoayuda, una técnica infalible para sentirse bien inmediatamente, ahí les va: Cada vez que se sientan mal, busquen un amigo que esté peor. ¡Bendito! Uno se siente mejor al instante.
Sentir esa vaga satisfacción ante la desgracia de los demás, es una experiencia común a todos los seres humanos. Ese sentimiento interior expresado sin descaro por Nelson Rufino, el bully de Los Simpson, cuando señalando al desgraciado libera su universal risa burlona. Allá en el fondo, todos tenemos un pequeño Nelson Rufino que se burla de los demás, pero que nos guardamos para nosotros mismos porque no es correcto dejarlo salir. Yo creo que es un error negarse este diminuto placer, sobre todo cuando la desgracia del otro no es grave, sino más bien ridícula.
Quién puede negar el placer de estar sentado en la buseta mirando por la ventana, y darse cuenta de que afuera una persona corre para intentar alcanzar el mismo transporte en el que uno está. Es una escena cómica donde uno es el único espectador, y el actor no sabe que representa un papel para su público. El esfuerzo del otro, la lucha contra las maletas y paquetes que dificultan su carrera, la férrea decisión de alcanzar la buseta que se va transformando en impotencia, frustración y derrota. Lo cierto es que uno podría decirle al conductor que pare, chiflar o gritar alguna cosa para ayudar al pobre paisano que corre afuera, pero resulta mucho más placentero verlo correr; ni qué decir cuando hay contacto visual con el improvisado atleta urbano. Yo ahora les hago barra desde mi puesto en la ventana y cuando se dan cuenta se emputan y corren más rápido. Mi mayor temor es que algún día alcancen la buseta del puro empute y suban a darme mi merecido, a dios gracias todavía no ha sucedido.
Si uno se siente mal y no encuentra ningún amigo que esté peor, ni tiene la suerte de ver a alguien perseguir la buseta desde la ventana en movimiento, puede crear una sencilla situación por sí mismo. Lo que debe hacer es comprar un helado, que puede ser de esos baratos que venden por ahí, aunque los helados exóticos logran un mayor efecto. La magia no está en el qué sino en el dónde, porque usted no se lo va a comer por ahí de manera anónima por las calles, no, lo que usted hará es buscar uno de esos gimnasios que tienen las caminadoras mirando para la calle, y ahí se come el helado. Sin olvidar hacer contacto visual y comerse el helado con cara de orgasmo chiquito. Se los digo por experiencia, no hay un helado más rico que el que otro mira con antojo y envidia.
Ahora, de todos los placeres que ofrece el mal ajeno, es el más alto el que produce ser testigo de la desgracia de los poderosos. Más aun cuando esos poderosos han sido corruptos y hay en su desgracia un guiño de la Justicia. Recordemos el caso del abogado Ramón Ballesteros Prieto, quien ejerciendo como abogado defensor de un parapolítico, fue capturado en pleno juicio por la policía cuando un testigo presentó un vídeo en el que figuraba el abogado en cuestión sobornado al testigo para que cambiara su testimonio. Ver esas imágenes me hicieron feliz hasta las lágrimas.
Siendo honestos, cuando uno ve a alguien que está un poquito más jodido que uno, se siente un poquito mejor consigo mismo. Por eso yo me declaro a favor de gozar con el mal ajeno, porque es la única fuente de placer al alcance de cualquier colombiano, y nuestro país es productor inagotable de gente un poquito más jodida que uno.