TRAS LA VIDA DE LOS ARTISTAS
7/Mar/2012

Música para camaleones
Columna de Juan Sebastián Serrano
Gay Talese estaba ya fisgoneando en la vida privada de Frank Sinatra para escribir el perfil que la revista Esquire le había encargado, cuando Jim Mahoney, el agente de prensa de Sinatra, lo contacta para proponerle un trato. Talese tendría acceso al artista a cambio de que Mahoney pudiera ver el resultado del artículo antes de ser publicado. La negativa de Talese al ofrecimiento lo condujo a retratar a La Voz a partir del relato y los detalles que de él entregaban personajes menores, amistades ocasionales, personas con las cuales Sinatra había tenido algún tipo de encontrón. Gay Talese logró una magnífica exploración por las fibras más íntimas de Sinatra, revelando a su paso episodios incómodos (su especulada cercanía con la mafia, su altanería) los cuales nunca habrían sido incluidos en un perfil hecho a la medida de los intereses de sus agentes. En Frank Sinatra está resfriado el lector logra acercarse al cantante en su verdadera dimensión humana, al hombre que sus amigos tratan cuando cae el telón y los reflectores ya no apuntan hacia él: un Sinatra arrogante pero en ocasiones dulce, de humor variable, dueño de una personalidad de majestuoso pero a la vez humilde hombre de mafia.
Abrirle la puerta a un cronista acucioso para que se adentre por caminos espinosos de la vida del artista y deje al desnudo sus múltiples defectos, taras y episodios oscuros, es un riesgo que muchos músicos prefieren no tomar. Como lo dijo Alberto Salcedo en ese certero monólogo en el que trata de entender la resistencia de Diomedes a entrevistarse con él: "Uno les da la mano a estos periodistas, y ellos agarran el brazo; uno los hace entrar hasta la sala, y ellos dirigen su mirada chismosa hacia la alcoba".
Hay otro periodismo que se encarga de vender discos, hecho a la medida de los deseos de los managers, los gacetilleros que se limitan a reproducir la información de los comunicados de las disqueras; las entrevistas a la víspera del lanzamiento de un nuevo álbum con una agenda de temas preestablecida por sus agentes y donde cualquier intromisión en la vida privada del artista está vedada por completo. Es un periodismo pusilánime, falto de grandeza, que se confunde con la publicidad de discos. Un periodismo que para decirlo en términos metafóricos, sucumbió ante la cómoda oferta de Mahoney.
Algunos dirán en defensa de esta forma de periodismo que seguidores y periodistas no tienen derecho a husmear en la vida de los artistas. Que corresponde contener al chismoso que hay por dentro y dejar que las canciones se basten por sí solas. Se creerá que el periodista musical tiene derecho en las entrevistas tan sólo a preguntar por las canciones incluidas en su nuevo disco; quedar satisfechos con que las preguntas sobre la base de inspiración de su repertorio musical sean sorteadas con alguna generalidad en tercera persona. Sin embargo, cuando crece la pasión por la obra de un artista, cuando se llega a la certeza de que la vida sin su música sería un error, nace el ansia por saberlo todo sobre el hombre que hay detrás de la música: su vida cotidiana, sus aventuras con veinteañeras y hasta el tamaño de su biblioteca. Aunque en principio no tengamos derecho a nada.
Pero están además las razones periodísticas. El periodismo es por esencia fisgón. Y hay un deber como cronista por buscar en el personaje la penetración sicológica y su verdad en el esplendor de los detalles. Salir a la calle, atreverse a romper la lealtad del círculo más cercano del músico y esquivar las zancadillas que el artista pone ante cualquier intento serio de retratarlo. No aminorarse. Como lo hizo Gay Talese con Frank Sinatra. Pocas batallas tan hermosas como esa: llevar al campo terrenal a nuestros semidioses de la música. Lo otro es publicidad.