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SECTAS DEL FIN DEL MUNDO

Cartel Urbano
La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza
 
La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza
 
Los comportamientos masivos, que algunas veces son el motor de cambios sociales importantes e incluso provocan el despertar positivo de una nación, también pueden desembocar en acciones atroces e incomprensibles. La colectividad le otorga al individuo una sensación de fuerza, de poder, y puede convertirle en parte de una horda salvaje donde solo vale la acción, nada de pensamiento. La pérdida de identidad al interior de un grupo, donde una "buena persona" se convierte en un asesino o un suicida por orden de su líder, puede tomar un largo tiempo, pero el método para ser controlado puede ser más simple de lo que imaginamos.
 
Jim Jones, desde mediados de 1950 y hasta finales de la década de 1970, con particulares y personales interpretaciones de la Biblia, acompañadas de estudiadas puestas en escena dramáticas, logró conformar un grupo de seguidores por todo Estados Unidos conocido como "El Templo del Pueblo". Jones se autodenominó como mesías y cabeza única de su supuesta iglesia. Durante más de veinte años amasó una suma considerable con los aportes de sus seguidores.
 
En 1977, Jones, ante las presiones y las investigaciones en proceso sobre presuntos maltratos a miembros de su congregación, trasladó a más de mil de sus fieles seguidores a un extenso terreno adquirido en Guyana. En dicho lugar, mientras se emitían continuamente por altavoces las grabaciones de sus discursos, los miembros construyeron lo que supone sería el paraíso en la tierra: Jonestown.
 
El congresista estadounidense Leo J. Ryan, al conocer los rumores sobre la manipulación mental de los miembros de la Iglesia del pueblo y sobre el reprochable comportamiento sexual de Jones (que implicaba que organizara orgías y tuviese relaciones con menores de edad), viajó con su secretaria y un camarógrafo hasta Jonestown.
 
Ryan fue recibido con cordialidad; se le ofreció el espectáculo de lo que parecía una comunidad feliz y en armonía con la naturaleza. En efecto, la gran mayoría estaban allí por su cuenta. La granja auto-sustentable, la gran familia, el grupo intercultural instalado en Guyana, no tenía reproche alguno. Se trataba de un mundo feliz a la escala de Jim Jones.
 
El 18 de noviembre de 1978, justo antes de que el congresista partiera, un hombre intentó establecer comunicación con el camarógrafo para suplicarle que lo sacara de allí. Se desató el caos. Ryan desenmascaró la situación y logró que unas pocas personas que se sentían prisioneras en Jonestown se marcharan con él.
 
El improvisado grupo huyó en auto rumbo a la pista de aterrizaje. Fueron seguidos por hombres del ejército particular de Jones. Su líder les ordenó por radioteléfono que los ejecutaran. Solo la secretaria del congresista sobrevivió.
 
De inmediato, Jones reconoció que el pretexto para su verdadera misión, para su apocalipsis personal, había llegado. Ordenó que el contenido de varios toneles de cianuro fuera disuelto en un refresco para ser bebido por toda la comunidad.
 
Jones incitó durante media hora a sus seguidores a "un acto revolucionario". La gran mayoría obedeció la orden dócilmente, incluso indujeron a los niños (aproximadamente 250) a que bebieran el veneno. Jones murió de un disparo de escopeta. El saldo final del falso paraíso fue de 913 muertos.
 
Hasta el día de hoy, nos preguntamos cómo esas buenas personas creyeron tales estupideces y decidieron terminar con sus vidas y las de sus familiares. Estemos seguros de que no se trató de una decisión derivada de la crisis inmediata, ni siquiera de las últimas exaltadas palabras de Jones. La inverosímil imagen de cientos de cuerpos durmiendo el sueño del fin del mundo, fue el resultado final de un proceso donde su líder tomó el control, primero de sus cuerpos, luego de sus deseos, y finalmente de sus ideas.
 
Cuando se llega al punto en el cual las decisiones sobre lo que nos debe gustar, atraer o sentir, se encuentran en poder de una mentalidad como la de Jim Jones, acatar una orden de matar o matarse resulta relativamente fácil. El control del placer por medio del placer (o de su ilusión), siempre será más efectivo y peligroso que el de la represión. El control de las ideas, dicho popularmente, puede empezar por el estómago o por los genitales.
 
En las sectas y los cultos, tan de moda en el "apocalíptico 2012", las ideas personales, libres, no tienen valor alguno; son remplazadas por el discurso del líder, que a su vez es el de todo el grupo. La promesa de una redención, de un premio, siempre está presente y suele coincidir con el particular sentido de grandeza de dicho líder, quien, para demostrar su supuesta divinidad, tarde o temprano precipitara su particular Armagedon. Si el mundo no se acaba por sí solo, él lo hará.
 
Las pruebas de psicología grupal -relacionadas y derivadas de los estudios de la obediencia y la aceptación- por lo general evidencian que la mayoría de individuos toman decisiones de acuerdo a los parámetros del grupo en que se insertan. En pruebas en las cuales un grupo de actores ofrece una serie de respuestas erradas -incluso estúpidas como afirmar que la figura de un círculo es un cuadrado-, el individuo de control termina por responder de acuerdo a lo que la mayoría del grupo decidió (no sobra recordar que el uso de los resultados de las encuestas políticas funciona de igual forma).
 
Queremos ser amados, protegidos, aceptados. Queremos pertenecer a algo, a alguien. Nada mal. El problema es cuánto de nosotros estamos dispuestos a dejar atrás para serlo.

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