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NOSTALGIA POR EL CD

Cartel Urbano

Música para camaleones
Columna de Juan Sebastián Serrano
 
En su libro La nostalgia del melómano, Juan Carlos Garay cuenta la historia de Francisco Talavera, un vendedor de discos de acetato en la tienda Cocodrilo Discos. Su vida gira en torno a la música en ese formato: a las viejas grabaciones, al registro de artistas ya olvidados. Y aunque ya son tiempos del CD los que corren, Francisco se niega a ponerse al día. Ha encontrado en el pasado, dice él, "un tesoro cuya opulencia no alcanzan a imaginar aquellos que cerraron sus oídos al viejo murmullo y sólo prestan atención al sonido digital".
 
Pertenezco -como ustedes- a otra generación. No es mía la melomanía del viejo sonido y no hay para mí nada de sublime en el retumbe de un scratch. Sin embargo, al leer la obra del profesor Garay, he reconocido una especie de nostalgia que de tanto en tanto me invade. Una añoranza de aquellos tiempos a los que Talavera se niega a sucumbir: los tiempos del disco compacto que hoy han desaparecido y que fueron hace unos años los míos.
 
Recuerdo aquellas épocas – ¡Dios mío, cuántas décadas han sido!- cuando comprar, abrir y escuchar por vez primera un CD era un acto ceremonial, bello. Disfrutaba de romper el celofán del sellado y sacar de los colmillitos el cd; perderme en las fotos del cuadernillo, maldecir cuando éste no traía las letras de las canciones. He recordado mi viejo Discman Sony que ante cualquier movimiento brusco dejaba de sonar por unos diez segundos. Recuerdo también a ‘El paisa’, nuestro hombre de discos en San Andresito del Norte quien ya le conocía el gusto musical a mi hermano que, en ese momento era de paso el mío, y quien con la crisis del CD se pasó a la venta de películas.
 
Aunque corro el riesgo de ser demasiado duro con el presente, tengo la sensación de que ya no estreno música, que es como si ya nunca escuchara una canción por primera vez. Antes sí: estaban las mañanas después de Navidad en las que siempre tenía algún CD por escuchar; las visitas a Prodiscos donde iba directo a los headsets del reproductor de novedades; los viajes a Bucaramanga en familia cargados de dos o tres CD’s comprados para el camino.
 
Así era. Ya después vino Napster, Audiogalaxy, el computador con quemador que compraron en mi casa y entonces las condiciones estaban dadas para convertirme en este pirata sin hígado que no logra recordar cuál fue el último disco que compró.
 
Con la muerte del CD algo de conocimiento musical se ha perdido. Responder a la pregunta "bajo qué disquera está Leonard Cohen" o "esa canción de qué álbum es" requiere hoy de una erudición en vía de extinción, para excéntricos. De la forma en que hoy nos acercamos a la música se nos ha olvidado que cada álbum tiene su propia armonía, que esa secuencia de canciones no es azarosa: hay detrás un estado de ánimo, un bello caos, un desamor o un renacer que lo llena de sentido. Una lástima: mi consumo de canciones es hoy desordenado, youtubero y fraccionado.
 

No estoy renegando de los avances tecnológicos en la música. Para que me entiendan, nunca he dejado de asombrarme con la idea de que toda mi biblioteca musical quepa en mi bolsillo y día tras día me acompañe a dondequiera que voy. Es sólo que creo que con los cambios de tiempo algo de magia se pierde a su paso, como le sucede a las cartas que ya nadie manda. Con el e-mail se ha perdido la posibilidad de teorizar sobre qué hay de inconfesable en un tachón del remitente. No añoro volver a los días del Discman y el CD, pero hoy que las pocas tiendas de discos que quedan van camino a convertirse en anticuarios, sí quería rendirle tributo a lo que no volverá. Ojalá queden coleccionistas de discos ahí fuera.

 

 

 

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