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¡PROFESOR, USTED ES EL PRIMÍPARO!

Cartel Urbano

Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez
 
Comienzan imponiendo su rótulo: hay que llamarlos "maestro" y "honorable profesor". Dentro y fuera del aula los alumnos tienen la obligación de admirarlos por los títulos académicos que ostentan. A falta de un mecanismo para medir auténticos saberes y amparados por el sistema organizativo de las instituciones donde representan comedias pedagógicas, logran sobrevivir sin que se les cuestione ni discuta. Muchos universitarios novatos aceptan callados a estos personajes que exigen respeto bajo la sombra de sus especializaciones y sus maestrías. Los estudiantes más avanzados –por ejemplo aquellos que atraviesan la mitad de su preparación– los observan con indiferencia, acostumbrados y adaptados como están al supuesto orden natural del aparato institucional en este país: el diploma, nunca la capacidad verdadera, es el que da nociones de status e importancia.
 
¿Sus aportes a la sociedad o por lo menos a la universidad que los alimenta? Vastos, descomunales: les regalan a sus alumnos una jerga repleta de tecnicismos, de palabras impronunciables (e incomprensibles aun para ellos mismos) de modo que adornen discursos vacíos en el futuro. Enseñan las bondades de la fotocopia, el libro único y la información mutilada para el intelecto; libros completos, amplia bibliografía o producción de conocimiento les parecen osadías, y replicarán desde su mediocre tribuna que en un semestre académico es poco lo que se avanza. Así los educaron a ellos y así educan a sus damnificados, los alumnos que les comen cuento porque no tienen a dónde irse, necesitan el título profesional sin importar cómo, o carecen de los medios para comparar a sus docentes con otros quizás más aptos. Una lección más impartida por estos pozos (sépticos) de sabiduría es la del prestigio. Suelen ilusionar a quienes mortifican en sus cátedras con las falsas representaciones sociales que les dará la profesión, desde luego si obedecen las reglas del juego simulador; las recompensas del mínimo esfuerzo, del bajo desempeño disciplinario suelen ser bonitas ropas, confort y tres automóviles propios.
 

Qué lejos estamos de lo expresado por Antonio Gramsci: "La Universidad es la conciencia de la sociedad". En un país carcomido por el poder de las armas y en el cual políticos y grupos económicos dictaminan las aspiraciones y las conductas de los individuos, la universidad debería ser el nicho apropiado en el que se piensen con seriedad respuestas para el atolladero y la infamia. Por desgracia la realidad es otra. Los pregrados colombianos se asemejan a costosas fábricas de embutidos, a imperios de la generalidad donde se producen funcionarios, leguleyos, hábiles técnicos. Gente que no molesta, que dobla la cerviz. La representación patética de estos seres afásicos, de estas malformaciones biológicas con triple titulación e impostura no es el estudiante analfabeto (a quien se culpa con bastante facilidad) sino el profesor posmoderno.

 
Estos profesores universitarios de última generación, cuya cultura se basa en el vídeo–juego y en Wikipedia, están preparándose en este principio de año académico, mientras se frotan las manos muy tranquilos, para iniciar su cómico y perverso trabajo. Con suficiencia y ampulosidad les darán palmaditas en la espalda a sus antiguos alumnos (quienes ya los conocen y los soportan hipócritamente), también a esos universitarios que se inician en la jungla de la educación superior y a quienes llaman Primíparos con sincera conmiseración.
 
Pobres profesores. Unos cuantos, cuatro gatos entre la multitud que los aguanta, están esperando el día de salida para negarlos y superarlos con hechos, lejos, muy lejos de las fortalezas medievales donde sepultan a la ciencia y al arte.
 
Pobres profesores de última generación. No saben que por su rango, su miserable categoría y sus pobrísimos criterios, los primíparos son ellos.

 

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