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EL MAMERTISMO ES UN NEGOCIO REDONDO

Cartel Urbano

Panoramas sin maletas
Columna de Juanita Reyes
 
Mi primer contacto con un régimen comunista lo tuve hace cuatro años cuando viajé a Cuba. En ese tiempo todavía estaba Fidel y todo era más radical; los taxistas hablaban mal del gobierno de las puertas del taxi para adentro, y cuando la puerta se abría, le hacían venia al comandante.
 
Encontré elementos positivos del sistema, no los teóricos sino los de su cotidianidad. En Cuba el tiempo presente se disfruta porque no existe el afán de llegar, si construyes una casa con tus propias manos es tuya, la industria desbordada no ha llegado para acabar con todo, la gente vive satisfecha con poco y al tener cubierto lo básico están en condiciones para crear; en cada uno de sus rincones se respira literatura, arte y música.
 
A pesar de todo esto, siempre hubo un hecho que hizo que cualquier otro argumento se cayera por su propio peso: la libertad.
 
Los cubanos no son libres para escoger si quedarse o irse de la isla, para despotricar sobre los comandantes, para ser gay y comerse un cubanito en un hotel como le pasó a Vallejo en su primera visita -que describe en Cursillo de orientación ideológica para García Márquez, una historia prodigiosa en la que Vallejo se burla de la mamertada del nobel colombiano por su afinidad con Fidel y explica su oposición a la dictadura comunista a través del reto que implica una tirada clandestina en la Habana-.
 
Mi segundo contacto con un sistema de este tipo lo tuve en el viaje que hago actualmente por Asia, en el que sentí la presencia de China sin poner un pie allá y la verdad son pocos los elementos positivos que aparecen con ella.
 
Si en Cuba la libertad es vulnerada por un ideal, en China se vulnera por los millones que produce ese sistema, y es que la mamertada que no generaba un peso ahora es el mejor negocio del mundo.
 
La razón se debe a que las industrias mundiales se han trasladando a este paraíso productor, debido básicamente a tres razones: la primera son los 1300 millones de habitantes del país que se traducen en mano de obra "casi gratuita" con sueldos promedio de 40 centavos de dólar la hora. La segunda es el control del régimen que vela porque "todos sean iguales": igual de ignorantes, de pobres y de explotados, y la tercera se debe a que el exceso de poder del estado Chino, le permite ser negligente con controles ambientales y de calidad.
 
Con respecto a la libertad, la situación es similar o peor a la de Cuba, que lo digan artistas perseguidos como Ai Wei Wei o el disidente ciego Chen Guangcheng. Son pocos los que se atreven a hablar, las escuelas filtran lo que enseñan y en internet es más la información bloqueada que la que está permitida.
 
Una realidad ajena a los espejismos turísticos de Hong Kong y Shanghái, en la que se ha creado un ejército de "robots trabajadores sin fe", porque hasta su religiosidad les fue arrebatada. Y como bien lo saben los estrategas militares, no hay mejor forma de esclavizar un pueblo que apoderándose de su espíritu.
 
Si en este punto nos sentimos aliviados por estar de este lado del mundo, es necesario que hagamos una pausa y reflexionemos, porque nuestro sistema no es mucho más libre que el chino. ¿Cuántas personas pueden llegar a estudiar y entender su entorno? ¿Cuántas pueden tener una opinión crítica y decirla? ¿Hasta qué punto nuestras comunicaciones y educación no están sesgadas por otros intereses?
 
Me encantaría conocer la muralla China y su historia. Pero eso tendrá que esperar hasta que China recupere la espiritualidad que le arrebataron, cuando sea testigo de una clase media fortalecida que exige sus derechos, y los atropellos dejen de estar encubiertos por un sistema que en realidad sustenta el mejor negocio del mundo.
 
Hasta entonces me reiré con Vallejo de la mamertada de García Márquez, cuestionaré la doble moral del mundo y China deberá esperar fuera de mi agenda mundial.

 

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