BOGOTÁ: PELIGRO, NO PASE
22/Feb/2012

Dígale que siga
Columna de María Antonia León
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Columna de María Antonia León
¿Armar o Amar?, es lo que dice una publicidad de la Alcaldía de Bogotá, acompañada por una mano que dispara por el dedo índice un corazón, y que invita al desarme ciudadano. Este lema me recuerda cuánto me agota el discurso mamerto de todas las gobernaciones distritales que ha tenido esta capital desde que tengo memoria: Bogotá Coqueta, Bogotá Positiva, Amor por Bogotá, ¿Armar o amar?... cuando leo de corrido no puedo evitar sentirme como una niña a la que contentan con un caramelo. Todos esos son lemas que buscan enmendar con palabras bonitas una ciudad que está rota, y esperanzar a sus habitantes con que el sentido de pertenencia es clave para arreglar una casa sucia, vieja y mal construida en la que vive una familia intolerante, egoísta y con la paciencia al límite.
A Bogotá la conozco desde que en la Caracas se levantaban unos enormes postes de cemento entrecruzados para evitar que la gente se atravesara la avenida. La conozco desde que Antanas Mockus hacía sus payasadas y los tiranos lo tildaban de loco y los liberales de pedagogo. Y desde que en la tele salían los conductores embotellados a quejarse de los trancones eternos, la polución, la inseguridad y la inabarcable multitud de huecos en las calles.
Hace nueve años vivo en Bogotá porque me gustan los juegos de luces que se dibujan en el atardecer y que este pueda verse casi desde cualquier punto de la ciudad. Me gusta que sea fría porque hace que quiera bailar; que sea tan enorme que tengo la posibilidad de permanecer como una ene-ene, y al mismo tiempo saber que todos mis amigos se conocen entre sí, porque todo en Bogotá está estrechamente conectado: sus calles, sus tiendas, sus ‘agácheses’, sus busetas, sus rumbas. Me gusta que sea una urbe desaliñada, con árboles más cargados de polvo que de vida, pocos parques, gente de todas las razas, soledades entremezcladas y comidas de diversas calorías.
Me encanta que aquí haya proyectos culturales que fracasan y tiempo después se levantan, conciertos que incluyen empantanada, exposiciones de arte a las que uno puede ir únicamente a tomarse un vino, revistas en las que puede escribir cualquiera, supermercados a los que uno asiste en busca de pan, y sale con un brócoli de peluche y un palillo en el que antes había un bocadillo clavado, tener la opción de hacer un plan diferente cada día, saber que por más jodida que esté la cosa hay quienes no nos hemos quedado sin trabajo, y sobre todo, que de aquí salgan aviones para todas las ciudades del mundo.
Pero así como me gustan todas esas cosas, también me quiero ir porque esta ciudad no quiere a sus ciudadanos. Hay zonas en las que hay más cintas amarillas que dicen "Peligro. No Pase", que vías; hay calles que parecen más destapadas que pavimentadas; hay inmigrantes que conocen primero una estación de policía por dentro que el Museo del Oro; hay gente que no tiene cédula porque le robaron la billetera; trayectos que en buseta son más largos que caminando; momentos en que el ruido nos hace sentir en el infierno; a veces Transmilenio nos hace recobrar el asco por la humanidad.
En Bogotá vive tanta gente que uno a veces tiene la sensación de que sobra, y son tantas las personas que viven de pedir limosna que hasta dan ganas de no trabajar. Obras tan interminables que uno termina por cerrar los ojos y subirle el volumen a la música sólo para no verle la cara a esta ciudad. Lugares en los que las calles se inundan tanto que uno se pregunta para qué pagamos un servicio de alcantarillado. Nuestros gobernantes han tomado medidas tan represivas que hasta comprarse un cigarrillo es contrabando. Hay barrios que huelen tanto a mierda que pareciera que tuviéramos un domo encima. Nuestros taxistas son tan brutos que se quejan del trabajo pero en cuanto se les pide un servicio se niegan. En la capital de Colombia hay tan poca infraestructura que a veces ni los aviones pueden aterrizar, tan pocos escenarios que a veces ni los artistas pueden venir, tan poco espacio para movilizarse y tan malas condiciones en un empleo formal, que a mi generación le ha resultado más rentable hacerse freelance y abrir oficina en la casa.
Para mí es entendible que cuando fundaron esta ciudad nadie imaginó que 474 años después íbamos a vivir en ella cerca de 10 millones de personas. Pero considero intolerable vivir en una ciudad que nos exige amor pero ni siquiera nos respeta. Mientras la capital apaga los incendios de la última alcaldía, sacude el polvo de los contratos, arregla las vías urgentes y le baja las revoluciones al tráfico un lema sensato sería "Peligro, no pase". Para corazones, ya suficiente con los de Colombia es pasión.