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¿MUERE TORERO, Y OLÉ?

Cartel Urbano
Otro payaso en la lavadora
Columna de Daniel Bonilla
 
Otro payaso en la lavadora
Columna de Daniel Bonilla
 
Hay una foto circulando por las redes sociales en la que un torero es abatido y corneado en la cara por un toro de media tonelada. En ella se alcanza a apreciar cómo el cuerno ingresa por la parte lateral del cuello y sale por el ojo izquierdo, sacándolo de su órbita. No tengo idea del desenlace de dicho encuentro, no sé ni me importa saber los pormenores de la cirugía a la que debió someterse el matador ni la suerte del toro por haber salido airoso en su duelo singular contra la muerte. No me interesa nada de eso, pero me llama la atención el pie de imagen que se puede leer. Cito: "No se asusten!! Si a los toros no les duele a los toreros seguro tampoco!! DA CLICK EN COMPARTIR". A decir verdad, no me asusta ni impresiona la truculencia de la imagen, lo que me preocupa realmente es lo que se cuece en el comentario. Un llamado a la violencia y al espejismo de equilibrio que concede la venganza.
 
No veo por ningún lado una reivindicación de los derechos de los animales, más bien un sentimiento de derecha que tiene como excusa el rechazo al maltrato animal. Aclaro que me es indiferente la actividad taurina, alguna transmisión televisiva pude ver en la infancia y, por supuesto, tengo amigos de uno y otro lado. Mi interés es otro diferente al tono conciliador. Tengo cosas más importantes por hacer que invitar al diálogo entre las diversas orillas de la discusión. No me interesa simplemente porque ese diálogo no existe. Ningún bando está dispuesto a ceder, aunque no exista radicalidad absoluta y pregonada de cada posición; y lo único que parece que va a quedar es la huella de una violencia exagerada, una olla a presión a punto de estallar.
 
Noto con algo de escozor cómo los grupos defensores de los animales no reparan en abandonar sus argumentos a favor de la equidad, el respeto a la diferencia y la igualdad, para remplazarlos por aquello que critican, y no veo por ningún lado que este asunto se resulva en tanto se promueva el ojo por ojo como moneda de intercambio. Es cierto que los antitaurinos no han matado a nadie (espero), pero no dudan un segundo en ejercer la violencia alegórica de las imágenes que no por evitar los actos atroces es menos violenta. No veo otra cosa allí que la fuerte latencia de un sadismo potencial que se puede salir de control si llegara a las vías de hecho.
 
Por otro lado, queda algo sumamente inquietante en el aire y es la idea de que las diferencias entre seres humanos cada vez están más lejos de resolverse por vías dialogadas. Y esto no es solo un llamado a activistas de diversa índole, sino a todos aquellos que han visto vulnerados sus derechos civiles y sus libertades individuales. No defiendo la fiesta brava, y tal vez eso en el fondo no es lo que atacan sus detractores. No es aventurado suponer que tal vez los dardos arrojados hacia toreros y rejoneadores, vaya, en el fondo, directamente a los rostros de todos los que han puesto de rodillas a generaciones de hombres y mujeres, los que gustan de la fiesta brava casualmente.
 
Lo que no puedo aplaudir, señor antitaurino, es que muchos como usted, que han sufrido las consecuencias de aberrantes manejos del poder, no recurrieron al patrocinio de la violencia. No ataco su causa, finalmente cada quien es libre de tomar las banderas que quiera, pero sí discuto los métodos. Me atrevo a asegurar que si los anti tuvieran la oportunidad, lapidarían ellos mismos al objeto de su odio, a pesar de que aboguen a cuatro vientos por un mundo lleno de paz y amor. En la búsqueda de un ideal de justicia hacia el entorno natural, fácilmente cayeron en la tentación de la venganza. Creo que en la historia de la humanidad esto ha ocurrido no pocas veces: el oprimido que se emancipa y termina presa del delirio sádico de humillar a su enemigo.

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