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MIENTRAS HOLLYWOOD AGONIZA

Cartel Urbano

Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez
 

El Artista (2011), la película del francés Michel Hazanavicius que ha despertado admiración en medio mundo por su aparente gracia y su argumento, ha sido filmada en blanco y negro ciñéndose a los parámetros más precisos del cine mudo propio de los años veinte. Con ciertas adiciones posmodernas, desde luego: un énfasis tragicómico en el héroe por aquí, una actriz seductora para el público masculino por allá. Acompaña a la receta comercial una desbordante publicidad interesada en obtener millones de dólares a punta de vulnerar la nostalgia de sus víctimas, los espectadores, y al mismo tiempo, de limpiarse mal la poca conciencia que le queda mediante una oferta tentadora, el regreso a épocas amables en las cuales el cine de Hollywood no sólo se dedicaba a fabricar billetes. Esas épocas nunca existieron. El público actual olvida de prisa un asunto inobjetable: detrás de este viaje en apariencia desinteresado al nacimiento del cine, hay una maquinaria industrial inescrupulosa dispuesta a explotarlo en sus buenas intenciones.

 
Expertos creadores de fórmulas y de lugares comunes, a los señores de Hollywood les faltaban muy pocos campos por infectar. Ante los ojos conformistas de sus clientes ya se apropiaron de grandes realizadores y del siempre manipulable público juvenil; ya les lavaron los cerebros a débiles cinematografías europeas y le taparon la boca a cierto cine independiente (financiándolo, premiándolo con Óscares). El pernicioso influjo ha contagiado incluso a otras industrias como la hindú o la japonesa. Ahora, en su típico estilo –la historieta fácil y comestible-, invaden a sus propias raíces, a ese mundo rudimentario y a veces poético edificado por las cintas de Buster Keaton, D. W. Grifith y Charles Chaplin, de manera que los espectadores paguen por un poco de insignificante entretenimiento y suspiren, lelos, creyendo que se han empapado de la gloriosa historia del séptimo arte.
 
Estrategias monopolizadoras aparte, El Artista invita a pensar en otras cuestiones. Al modelo Hollywood, agotado por completo, se le acabaron las historias y tiene que recurrir a la absorción de su propio pasado, en una demostración de serpiente que se muerde la cola o de reciclaje enfermizo. Desde una óptica no más optimista sino menos pesimista, el hecho de que un film silente triunfe en diversos escenarios del globo denuncia un cansancio implícito, no confeso, en el gran público a quien le dicen muy poco o nada las explosiones de automóviles, los derroches de efectos especiales y las comedias burdas. Pese a su fatiga, el público seguirá alimentándose de basura: la industria lo acostumbró en exclusiva al acto de recibir, de consumir. Jamás a brindar aportes.
 
¿Cuál es la razón de tanta inquina ante una cinta más en la supuesta oferta generosa del cine por estos días? Su abuso de la nostalgia con fines comerciales. Esta película marca un momento privilegiado: la decadencia de ese aparato artístico que se imagina poderoso aún, y con él un sistema de ideas (el Modo Norteamericano de Vida) que lo respalda. Aunque no sea evidente, ni queramos notarlo. Delante de este Hollywood moribundo, inspirador de lástima, nuestra responsabilidad queda al descubierto; tendremos que ser capaces de relatar mejores historias audiovisuales, no refritos de nosotros mismos, como El Artista. Tendremos que fundamentar un arte menos estafador para este siglo y olvidar, en lo posible, esa tesis homicida según la cual lo estético es una excusa para hacer plata.
 

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