LA CULPA DEL CRIMINAL
16/Feb/2012

La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza
El mecanismo que conocemos como culpa, en primera instancia puede resultarnos una roca gigante que aplasta al ser humano, pero sin él, sin su incomoda persistencia, probablemente nos convertiríamos en algo mucho más peligroso de lo que ya somos.
La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza
El mecanismo que conocemos como culpa, en primera instancia puede resultarnos una roca gigante que aplasta al ser humano, pero sin él, sin su incomoda persistencia, probablemente nos convertiríamos en algo mucho más peligroso de lo que ya somos.
Myra Hindley (1942-2002), la mujer más odiada de Inglaterra, fue la cómplice de cinco homicidios y violaciones cometidos por su novio Ian Brady, entre 1963 y 1965. Ella era la encargada de engañar a las jóvenes víctimas (aproximadamente entre 10 y 16 años) y conducirlas a los campos desiertos de Manchester donde Brady aguardaba. Myra pasó de ser una joven puritana promedio a una cruel asesina en menos de un año.
Después de cada asesinato, ella y Brady enterraban los cuerpos y después tenían relaciones sexuales sobre las improvisadas tumbas. Incluso se conoce una grabación de audio en la cual ella participa del horror y la agresión sexual de uno de los jóvenes raptados. La responsabilidad de Brady en tales actos no dejaba dudas, la de Myra, en su condición de mujer, despertó la ira del pueblo.
Ella pasó 36 años en la cárcel manifestando arrepentimiento. Una y otra vez pidió perdón a las familias y a la opinión pública. Ninguno de los padres creyó en sus palabras. Ningún juez aceptó su apelación. En una carta que escribió a una de las madres afectadas declaró: "entiendo su odio, señora, por supuesto, pero créame, no me odia tanto como me odio a mí misma".
El solo hecho de pedir su libertad, de solicitar clemencia, anuló toda credibilidad frente a su presumible arrepentimiento. El mismísimo acto de expresar la culpa que soportaba, la frase "lo siento", terminó por ofender aún más a los familiares y al país completo. Seguir viva, respirar, con cinco crímenes de niños sobre su espalda, eran los signos que perturbaban a los ingleses e impedían que la perdonaran.
La pregunta que deriva de su historia salta a la vista: ¿se puede seguir adelante, se puede vivir después de haber cometido un asesinato como los cometidos por Myra Hindley? El asesinato premeditado es un crimen para el cual las disculpas resultan intolerables. En últimas, el castigo en casos de asesinato no es para el culpable, sino para aliviar el dolor de los familiares.
En Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski, Raskolnikov comete un horrendo asesinato. Ingenuamente pretende huir de sí mismo, de su conciencia, al imaginar que si la ley, el sistema, no le atrapa será liberado de toda responsabilidad. Su propio demonio, el de la culpa, al final el verdadero vehículo de la justicia, se impone en su cabeza para atormentarle indefinidamente.
Solo el sufrimiento por los actos cometidos promete su redención. Razonar sobre el asesinato resulta inútil. Dostoiveski nos enseña que matar es un acto que atenta, no solo contra la especie, sino contra toda la cultura. El homicidio nos regresa a un estado instintivo y a la vez desajusta la evolución al poner evidencia que el ser capaz de decidir (el animal humano) optó "racionalmente" por el mal.
En nuestro país ni siquiera hemos recibido las disculpas mínimas sobre tantos crímenes cometidos. Pocas veces aparece tal gesto de presumible arrepentimiento. Por el contrario, escuchamos miles de declaraciones de abogados defensores que alegan para sus clientes locura, montaje, persecución y hasta injusticia. La frase -que alguna vez hiciera famoso a Bart Simpson- que más se repite es: "yo no fui". En el mejor de los casos hemos recibido misivas cínicas del tipo: "olvidemos el pasado, ya es demasiado tarde para lamentarse, ya no se puede regresar el tiempo…". Incluso las recompensas económicas ofrecidas por el dolor, por el daño provocado, resultan inauditas y fuera de sitio.
Parece que en nuestro país nadie quiere, contrario a la aceptación final del homo-culpa Raskolnikov, pagar por sus crímenes. Al igual que Myra Hindley nuestros asesinos, ladrones, estafadores, políticos corruptos, pretenden salir impunes a pesar del daño cometido e incluso son incapaces de reconocer la desproporción de su castigo frente al crimen cometido. Casas por cárcel, "rebajas por todo", exclusión publica temporal, enconan su responsabilidad y despiertan su cólera. La estela de las tragedias que desencadenaron no les toca en lo más mínimo. O son incapaces de experimentar arrepentimiento o definitivamente no son seres humanos.
Al parecer la culpa no interrumpe las noches de nuestros corruptos, de nuestros asesinos. No deberíamos cargar con el peso de la culpa que les pertenece exclusivamente a ellos; no deberíamos sufrir pesadillas por los crímenes cometidos por otros, pero por ahora es la única forma de salvarnos del inicial fatal anhelo de Raskolnikov y de lo que sufrió Myra Hindley frente a sus crímenes: el olvido.