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LAS INÚTILES CARTAS MANUSCRITAS

Cartel Urbano
Peor es posible
Columna de Darío Rodrígez
 
Peor es posible
Columna de Darío Rodrígez
 
Al escritor austríaco Robert Musil le encontraron después de muerto, dentro de una vieja gabardina que nunca se quitaba, un puñado de cartas dirigidas a su esposa y otras respondidas por ella. Escritos durante diversas épocas, aquellos papeles entre sobres rotos reflejaban por un lado las altas y bajas de su relación amorosa –una serie de intimidades inapelables, irremplazables, cuya función principal era mantener activa a la memoria– y por otro lado eran la prueba táctil del profundo lazo que lo unía a Marthe, su esposa. 

 

Esas dos funciones, una histórica y otra sensorial, todavía son cumplidas por las cartas, notas u hojas de papel manuscritas en estos tiempos del resultado inmediato, la satisfacción instantánea y el afán aplicado incluso al dormir. Las calurosas e irreflexivas objeciones a la carta de tinta y mano propia son comprensibles y acatables: el ahorro en dinero y tiempo es inmenso; es incomprensible que en pleno siglo Veintiuno alguien se gaste dos horas o más redactando un mensaje que podría improvisar en frente de una pantalla. No falta, al hablar de estos temas, la fatigante intervención del simio tecnológico que lanza su típico sermón repleto de alabanzas a la rapidez, la comodidad y la eficacia. Por lo general en ese punto la discusión concluye.

 

Sí: es inútil y hasta ridículo elaborar cartas manuscritas en nuestros días. Pero estos argumentos esgrimidos en su contra son, de hecho, los motivos de fuerza para seguir escribiéndolas. La misiva de papel y bolígrafo solicita a quien la redacta, además de cierto esfuerzo intelectual una dedicación silenciosa y atenta. Puede pensarse mejor lo que se consignará y, sobre todo, cómo va a consignarse. Un repaso lento de estos folios ajados y descompuestos (dirigidos o contestados) establece las verdaderas bases del memorial y del diálogo. Qué lejos quedan, delante de ellos, las trampas, los dobles sentidos de las conversaciones digitales (escritas con los nervios) y la inexactitud visceral de los mensajes electrónicos.

 

Tocar, deslizar los dedos o, más simple, plantarles tímidos besos, oler las cartas manuscritas, son experiencias que asfixian a la ansiedad en que vivimos, ese plano exitoso y espectacular en el cual jamás deberían enviarse noticias, comentarios o confesiones. Sólo desde esta óptica pueden entenderse los versos de Darío Jaramillo –cursis, vergonzantes, iguales a los papelitos que citan-: "Prefiero ver tus cartas que leerlas".

 

Algunos calificarán la manía de Musil como torpe y poco eficiente. No obstante, si se mira bien, cuán necesario y urgente es su ejemplo. Una lección de dignidad para tiempos canallas: escribir y recibir cartas, llevarlas consigo, atesorarlas. En actitud semejante a la de quien carga su historia personal por donde quiera que vaya; no olvida, y por tanto no se vende ni se humilla.

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