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SOLEDADES QUE MATAN

Cartel Urbano

Blasfémina 

Columna de María Ximena Pineda

 

Fue por soledad. El caso es que en menos de  una semana me vi envuelta en una cyber-relación. Un viernes en la noche, como siempre, estaba yo en mi computador, escribiendo, era una carnada fácil para los cyber-perros. Algunas veces había recibido propuestas para dirty-chat pero me negaba rotundamente. Y apareció esa ventana de chat en facebook con un cariñoso saludo de uno de mis ex novios más pre-históricos. Ese viernes, mientras mis amigas salían a una saludable rutina de rumba con gente real yo encontraba mi destino con un pésimo servicio de internet. Y claro, del chat pasamos a la llamada, a la cyber-conferencia con cámara, y extrañamente, ese viernes mi internet se comportó como un Landrover. Gracias a ese milagro de la tecnología, a los recuerdos, a facebook, skype, a mi pc, pero sobre todo a mi soledad, ya crecían las raíces de una relación sentimental por internet con un abuso vergonzoso en el uso de emoticones. 

Pensar en estar divirtiéndome más de esta forma que con mis amigas era patético, pero me reconfortaba pensar que mi cyber-romeo no era cualquier desconocido abusador, consumidor de porno virtual que navegaba en la red buscando incautas con quién intercambiar un par de dirty-lines. No me entregué en mi primera cita. Si quería cyber-sexo tenía que esperar. Él maldecía el océano que nos separaba y me parecía romántico. La segunda semana nos hicimos promesas que no había que cumplir. Pero como soy una mujer de principios, y ante su constante petición de fotos sensuales para saciar de alguna manera su deseo virtual por mí, llamé a una amiga que es asesora de imagen para que me tomara unas fotos sexys. Le aclaré que no quería aceitarme ni mostrar lo que una cyber-perra mostraría, le dije que quería sugerirle mi teta, mostrarle alguna parte, nada más, en literatura se llama sinécdoque: el todo por la parte. Y sobre todo, le dije que no quería quedar como una cyber-india, las fotos insinuantes cuando uno no es una top model pueden ser de lo más ñero que hay. 

El haberle mostrado un poco de piel hizo que quisiera ver el paquete completo, y como el hombre es inconforme por naturaleza, mi cyber-chico me pidió unas fotos más atrevidas, no me sentía cómoda para enviárselas pronto, así que le pedí tiempo, le expliqué lo difícil que era pasar de ser María X a María XXX, pero se lo prometí. 

Dejé pasar el tema así, dándole contentillo con mensajes al inbox y likes a los enlaces que ponía en facebook. Pronto su muro se llenó de cyber-perras acechantes, aves de rapiña seguramente con muchísima más experiencia que yo en el cyber-porno, y si no con más experiencia con menos escrúpulos. Pero yo se lo había prometido: más piel, tenía que mandarle esas fotos antes de que nuestra relación se enfriara más. Y cuando ya no podía darle más largas al asunto llegaron las vacaciones, él se fue de paseo, a vivir su vida real abandonando su vida b, que ahora era mi vida b, porque habíamos llegado a ser uno solo.

Ahí empezó mi cyber-depresión, sus mensajes eran cada vez más cortos y menos frecuentes, no volvió a aparecer por skype, sus likes a mis links en facebook ya no eran los mismos. Una perra, pensé, y me di cuenta que siempre es menos peligrosa una cyber-meretriz que una zorra de carne y hueso. Me puse realista y supe de inmediato que ni con un nude frontal en 2d lograría desterrar a su amante del verano. Me tomé un whisky y lo dejé ir entre cuentos que me echaban otros hombres de la vida real que me añadieron a facebook, pero no son iguales a él. Nunca lo serán. Si vuelve le diré que estoy dispuesta a tener cyber-sexo para recuperarlo, le diré que lo extraño y que esta cyber-soledad me está matando. 

 

 

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