SE NECESITA CÍNICO CON EXPERIENCIA

Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez
El artista estira el brazo y la mano. Pide una colaboración a la empresa privada, deseosa de lo único que le interesa, un show divertido, dopaje instantáneo, quiera Dios formativo y, por encima de lo anterior, bien barato: no debe gastarse la plata en chorradas. El artista sonríe y firma un contrato para alguna actividad de recreación y esparcimiento empresarial.
Luego, sin pudor, extiende la misma mano al Estado (los dedos más separados, la palma en forma de pequeña canasta dispuesta a recibir monedas). Sabe cómo conquistar a este amo todopoderoso. Le ofrece un show parecido al de la empresa privada, pero destinado a miles de personas, muy atractivo y cautivador. El modo de presentación cambia: no será complicado maquillar a la chorrada llamándola "Proyecto de Inclusión Social, Pluriétnico y Multicultural" por si acaso algún organismo internacional se anima a invertirle euros o dólares. No se debe pensar en costos con este tipo de contratos, el objetivo es que si el artista gana sumas gruesas, también los intermediarios, los colados y el propio patrocinador reciban beneficios. Y si logra conseguirse alguna beca, alguna residencia en el extranjero, alguna financiación para más shows por el camino, el paquete queda completo.
Una vez agarrada la bolsa y acordados los montos, el artista se ve en la penosa obligación de planear su show. Es decir: necesita justificar de alguna manera el dinero que recibirá. Pero no hay lío. Estamos en Colombia y aquí cultura es cualquier cosa. La primera, la única y la última ocurrencia son susceptibles de exhibirse como cultura, o como arte. ¿El financiador dijo performance, monerías circenses? ¿Instalación, intervención en espacio público? ¿Dijo, acaso, talleres con madres Cabeza de Hogar? Pues ni más ni menos, eso es lo que hay. El proyecto escrito se redacta con rapidez. Seis meses o menos de "labor", generosa publicidad, fotos para los medios y como recompensa unas merecidas vacaciones en el Caribe, mientras se diseñan las estrategias del próximo contrato.
Los artistas que no operan según estos patrones o son marcianos o no existen. ¿Cuál es la razón del envilecimiento de nuestra cultura? La pregunta casi sobra y la respuesta podría comenzar a hallarse justo en esa epidemia de la contratación.
Necesitamos con urgencia un cínico para nuestra cultura. Alguien parecido a Marcel Duchamp o a ese extraño cómico llamado Andy Kaufman. Un farsante sin pretensiones de ocultar tal condición, capaz de establecer una crítica feroz –con sus actos bufos e inútiles– al Oficialismo/Decentismo, a la izada de bandera en que se ha convertido nuestra cultura.
Buscar o formar expertos en patear loncheras y en sabotear piñatas inofensivas es difícil. Cuesta mucho tiempo. Y como no nos sobra tiempo, lo mejor es concluir de prisa esta columna: urge pasar los proyectos del cortometraje chocolúdico, el happening ecológico para niños en edad escolar, los talleres de coaching y expresión corporal dirigidos a mascotas. En espera de los contratos, por supuesto. Hay que vivir de algo y, sobre todo, hay que vivir de alguien. Así pues, como dijeron Mortadelo y Filemón: "¡A por el toro!"