EL FÚTBOL ES UN DEPORTE GAY
24/Ene/2012

Otro payaso en la lavadora
Columna de Daniel Bonilla
Otro payaso en la lavadora
Columna de Daniel Bonilla
Nada hay que convoque tanto la masculinidad como el fútbol. Tuve que dejar que pasara un tiempo prudente para hacer esta reflexión. Un par de semanas ya hace desde que el América de Cali, trece veces campeón del fútbol colombiano, descendió al maldito infierno de la B y eso sirvió para hacerme la pregunta: ¿por qué duele tanto que el equipo al que se apoya baje de categoría? La razón es sencilla: porque es una manera de saberse castrado en la propia virilidad. Pero desarrollemos un poco más este argumento, el fútbol está diseñado como el deporte masculino por excelencia y el logro mayor, la base de toda su estructura, es hacer un gol (¿Qué es eso? ¿Quién se inventó esa palabra?) en la portería contraria. El gol es la materialización de un grito de placer y victoria, es el acto de penetrar con un balón el arco rival (el orificio del rival), y además es un símbolo de grandeza y poder.
Lo masculino por décadas y siglos ha estado emparentado con el ejercicio del poder y la dominación. ¿El fútbol acaso es otra cosa? Demostrado está que no existe placer más grande que subyugar y someter al contrario. Lo dicen hinchas y jugadores. El asunto es que, por siglos, el ejercicio del poder estuvo reservado a los hombres, poseedores del falo, y la relación sexual, entre muchos otros ejemplos, fue un escenario de imposición de ese poder. La imposición de esa superioridad sexista es también un poco la historia de la humanidad, pero en el fondo lo que existe es un miedo terrible a perderlo. Los psicoanalistas llaman a eso el miedo a ser castrado, y de cierta manera la cultura es una consecuencia de ese temor fundacional.
Ese temor profundo y la necesidad de afianzar ese poder viril es lo que en el fondo han permitido la existencia de deportes como el fútbol, para llevar al terreno de la competencia aquello que por siglos ha ostentado tener y confirmar una y otra vez que lo importante es hacer ver a todos quién está por encima. Si se es capaz de doblegar al contrario, se es más hombre, más macho, más viril, podríamos decir. Pero aquí viene lo interesante, no contentos por ejercer dominación sobre las mujeres los hombres deben confirmarlo a los otros hombres. Está claro, el macho alfa expulsa a los competidores por los favores de las hembras, pero entre los seres humanos, la competencia implica que el vencedor suprime la virilidad del rival.
En el fútbol ocurre lo mismo, son once contra once los que tratan de perforar el arco del equipo contrario. Ese himen virginal que es la red, al comienzo de los 90 minutos, está allí para ser vulnerado, una y otra vez, y entre más veces mejor. En el fondo lo que defiende un equipo es su propia virginidad de gol, porque han hecho de la red aquello que cuando es vulnerado, trae consigo la tragedia, como cuando en las épocas de nuestros abuelos las mujeres perdían valía por no ser castas. Al final de la temporada el peor equipo siempre será aquel que se haya comportado como culipronta y dejado entrar una y mil veces el balón pecaminoso. Ese equipo irá a la B, a la infame categoría de segunda división, a la ignominia, casi a la lapidación por adúltera. ¿Cuántos hinchas solidarios no gritaron con dolor: "nos dieron por el culo", cuando terminó la tanda de pénales de aquel 17?
La virilidad de un equipo de fútbol consiste en hacer ver a su rival como una mujercita desvalida y violarla cuantas veces se pueda. Sí señores, el futbol es un deporte gay y nos duele tanto que nuestro equipo haya descendido porque es como si por un instante, qué digo instante, todo un año, tengamos que ser sometidos a la vergüenza de ver con horror que de tanto que nos penetraron perdimos la dignidad de la categoría.
El descenso del equipo de nuestros amores es la materialización del miedo que tenemos los machos a que nos den por detrás. A ser víctimas de uno más potente. Es el miedo a ser un maricón. En el fondo también es el miedo a ser viejo o impotente. Todo hace parte de lo mismo. Nunca aceptar ser reducido por otro al que no aceptaremos nunca como superior. No hay nada más gay que la competencia leal del deportista. No deja de causarme curiosidad que una actividad que convoca la mayor afirmación de la masculinidad implique todo un universo de símbolos con claros tintes homosexuales.