UNA HISTORIA QUE NO QUISO SER CONTADA

La columna vertebral
Columnista Alejandro Córdoba
La escoptofilia, el voyeurismo y la morbosidad podrían ser un día sinónimos de la palabra periodista. ¿Sucedería si, violando su privacidad, indagamos sobre si el tono en que gime Laura Acuña durante un orgasmo tiene una cadencia similar a la de sus andanadas en las peluquerías? Así de morboso me sentí buscando una historia: rebuscándola, paseando, mirando caras, oyendo voces, aburriéndome, fingiendo interés, creyéndome espía, suspicaz, malicioso. Nada de eso sirve.
Fue inútil caminar por Unilago, el Centro Comercial Atlantis y el Andino. Apagué la grabadora. Ningún personaje interesante. Vendedores ambulantes y burgueses paseando. Cuando me disponía a coger el bus, antes de llegar a la carrera quince, encontré a mi historia. Un viejo que pedía monedas, la muy manoseada excusa, para un remedio o para lo que fuera, no lo recuerdo.
Le compré algo de comer en el Carulla de la 85. Con ese soborno nos fuimos a hablar en una silla ubicada frente a la Clínica del Country. La historia se llama Luis Felipe Sarmiento. Tiene 65 años aunque parece más joven. No tiene un documento para comprobarlo, dice que nunca lo tuvo y que ya casi le darán la cédula.
Ha vivido en la calle toda la vida, en Bogotá. Estuvo un tiempo preso por "problemas". Diez años en la Colonia Penal de Oriente en Acacías (Meta). Dice que se vio obligado a cometer delitos porque no tenía para comer. Arruga la cara, dice que fue por robos, por ser raponero. Lo dice riéndose, como añorando antiguas costumbres. Vacila, trata de decir cosas que su cerebro censura. Quizá no fue más que un simple ratero de "quita y corre". ¿Cómo creerle? Pero no busco más. Habrá un estreñimiento de memorias en su cerebro. Los delincuentes también tienen derecho a olvidar.
-A mí la policía me deja tranquilo porque ya no debo nada-. Comenta mientras se toma el jugo y arruga la frente.
Vive solo. A veces recicla. No tiene hijos. Anda con ‘ñeras’ de la calle.
A ellas los médicos les quitan los hijos y les voltean la matriz para que no haiga mucha generación de inconformidades-. Y al decirlo, señala con la boca la Clínica del Country.
Aprendió a leer y a escribir en la cárcel, en la Modelo y en la Picota. Lo que habla se hace irregular. Tal vez la memoria le juega una mala pasada. Añade cárceles o las quita. Dice que se queda en un hotel en la Calle sexta con Carrera décima. Paga cuatro mil pesos por la quedada. Si no le alcanza, duerme en la calle. Nunca trabajó.
-Yo solamente me la pasaba era haciendo diabluras, pero después fui vendedor ambulante de relojes, de cigarrillos. También he vendido en los buses.
Aunque no fue pendenciero, recuerda la vez que lo apuñalaron:
-En la cárcel me pegaron como seis puñaladas, pero no me alcanzaron a… Fue por envidia, porque yo mantenía un negocito para vender cigarrillos, me pegaron como unas ocho.
¿Al fin cuántas? Ya es hora de olvidar el número de cuchilladas, no es un buen recuerdo.
No sabe de sus padres. Al parecer vivieron en el barrio Benjamín Herrera y en el 12 de Octubre. Discutían mucho. ¿Cómo creerle? ¿Cómo no creerle? ¿Cómo irrespetar una memoria que no quiere volver a ser recordada? Se vio obligado a irse. Tal vez por indignación, por miedo, por un abuso. Eran seis hermanos. No dice la razón por la que se fue. No quiere o no puede decirla. Hace poco le pidió ayuda a una hermana, que tiene un puesto de comida rápida en Chapinero. Ella dijo no conocerlo y llamó a la policía. Se ríe mucho. No huele a marihuana. Incluso dice que no es bueno meterse con la gente que consume mucho vicio, para evitarse problemas.
¿Y el amor?
-Las ñeras más que todo van detrás de que uno les dé marihuana y bichas, y, después de que a uno se le acaba, se van con otro y con otro. Así son ellas. Esa es la verdad.
La verdad, sabia filosofía. La calle no tiene detractores.
-Pero yo para qué voy a decir que soy sano y que soy santo. Yo sí conozco esos vicios. Probé bareta y bazuco. Tomo de vez en cuando. Duré casi unos once años en la esclavitud del bazuco. Hasta que uno le coge fastidio a ese vicio por tantas cosas malas que uno ha visto. Vi matar mucha gente por eso, en el barrio Las Cruces, la L y el parque de los Mártires.
Se acaba la historia, se vuelve a enrollar el carrete de su vida. Hay muchas cosas que quisieran ser contadas. Pero no encuentro la razón por la que no me las cuenta: no le inspiro confianza, hay mucho dolor por olvidar, las "bichas" hicieron su efecto. Hay un caleidoscopio en ese cerebro. El hombre se va. Tal vez olvida su nombre o inventa uno nuevo cada día (como los gamines que cumplen años todos los días para que les den más monedas). Sonríe y me dice muy amablemente: "suerte con sus reportajes", y se esfuma como si no existiera, dejándome la certeza de que Luis Felipe Sarmiento, la historia encontrada frente a la Clínica del Country, no quiso ser contada.