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UN VICIO PENDEJO O EL ARTE DE QUEMAR LA PLATA

Cartel Urbano

 

Peor es posible

Por Darío Rodríguez

 

Fumar no tiene sentido. Exhalaciones de humo por boca y nariz. Papelitos cilíndricos envuelven unos fragmentos de tabaco quemándose entre dedos marrones. Recipientes de vidrio o fibra que reciben las volutas, los restos de lo que se aspiró. Olor a incendio interno. Caras largas de quienes no fuman y agitan sus manos para alejar las incómodas humaredas. Discursos interminables de aquellos que en su día fumaron y hoy, inmaculados, canonizables, advierten acerca de las catástrofes vinculadas al tabaquismo: horribles muertes lentas, daños irreparables a la sociedad, al país, al Hemisferio Occidental, y "sin haber necesidad", "sin saberse por qué".

Tienen razón. Toda la razón. No existe un motivo claro, comprensible, para ese acto mendaz y reprochable, flor de cualquier inutilidad y, por si fuera poco lo anterior, pasado de moda.

Pero quien ha permanecido solo en intentos absurdos, risibles, de encontrar calma, o soporta durante largas temporadas la partida de una persona a la que amó, la lejanía de otra, los innumerables descalabros del poderoso caballero don Dinero, y fuma, desecha muy pronto la racionalidad, se olvida de argumentos plausibles para entregarse a un hábito que por siglos fue considerado sacro, con el cual se instauraron acuerdos pacíficos y conciliaciones.

Inhalar y arrojar humo es una de las pocas actividades poéticas que nos quedan. No el acto en sí mismo, sino lo que implica: esa idea de sosiego después o en el desarrollo de las tareas, la ilusión del humo como interlocutor o acompañante, tanto si se realiza en solitario como en medio de cien o mil personas. Por ser el más insulso de los vicios adquiere, en su práctica, la condición de pequeña virtud. Todo fumador es, en el fondo, un heredero de Prometeo, un mensajero involuntario del fuego.

La política gubernamental de perturbar al fumador mostrándole espantosas fotografías de pulmones y cerebros en ruinas no debería ser imitada por apóstoles de a pie que repudian en voz alta a quien enciende un cigarrillo, además de exiliarlo de sus reinos perfectos. Es la misma gente que finge toses agónicas en presencia del fumador, quizás con la intención de que entre en razón. Lo que menos necesita un fumador es razón. Las personas de bien (sí, ya sabemos que son más y que se preocupan por el bien de la Humanidad) deberían dejar en paz a los pérfidos y pecadores adictos a la nicotina.

En El Cuento de Navidad de Auggie Wren Paul Auster califica a la costumbre del tabaco como metáfora de la muerte y del transcurso del tiempo. La hipócrita decencia de nuestra sociedad cree que los únicos ritos con validez son los que celebran la fertilidad o lo vital. Carentes de una auténtica cultura de la muerte, que no se ensañe contra el vecino ni lo elimine a balazos, podríamos hallar en el pasivo acto de fumar la ocasión propicia para reflexiones en torno a las realidades últimas –despedida, deceso, duelo-, hacernos conscientes de nuestra caducidad, y, de modo principal, ver de frente a la soledad, esa forma de muerte tan necesaria en tiempos de unanimidades y dogmas, tan vilipendiada.

Lo que sigue es, entonces, como en la canción de Víctor Jara, hacernos un cigarrito.

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