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MALDITO PÚBLICO

Cartel Urbano

Por Darío Rodríguez

 

Educado por la agilidad del audiovisual, el respetable público colombiano pretende que ciertas manifestaciones artísticas (la plástica, la literatura, la parafernalia que a veces rodea al mundo musical) le lleguen convertidas en televisión o en forma de film entretenido. Si el arte no lo divierte ni le fomenta el morbo, el espectador convencional se indigna, vocifera, pide que le devuelvan su plata y abandona el foro manoteando.

En los minúsculos cajones del público nacional no hay espacio para la lentitud y la blasfemia. Bosteza ante la propuesta que lo desafía a quedarse quieto. Despotrica, escandalizado, de artistas que le recuerdan lo abominable y vil que es en ocasiones su sociedad. Aquel acertado aforismo de Oscar Wilde, "El arte no tiene moral", es impensable para este público que pontifica acerca de los valores antes de intentar llevarlos a la práctica. Además, aquí el arte (como la gente y los recursos naturales) tiene la obligación de servir para algo, de ser útil.

Alguna ganancia en especie o en metálico debe sacarse de lo observado, leído u oído. Este tipo de espectadores pasivos consideran a los artistas bufones de sus cortes. No sorprenden, por tanto, algunas de sus inconfesados parámetros: "Diviértame y con gusto le pago"; "Esa película es mala porque presenta una imagen negativa del país".

Resulta obvio afirmar que las expresiones artísticas más óptimas no son objetos de consumo y precisan de quienes se acercan a ellas con conocimientos previos, pero ante todo con capacidad de interpretación y análisis. Exigirles estos requisitos a los cómodos públicos colombianos es, por supuesto, pedirles la luna. En sus reducidos cajones tampoco hay lugar para el pesimismo, para la dificultad.

Convendría repasar Insultos al público, necesario texto del escritor Peter Handke, mientras se medita en cuánto daño podría evitar una buena formación de nuestros inocentes espectadores, manipulados por modas ideológicas y estrategias comerciales. Las artes escénicas pueden ser un buen mecanismo para crear públicos con criterio.

El teatro no es un oficio de mamertos ni de declamadores frustrados, como pudiera pensarse. La observación atenta y sopesada de buenos montajes teatrales permite encontrar claves existenciales y lúdicas al mismo tiempo. Se habla aquí del arte dramático, no de Frankensteins apenas simpáticos y muy famosos como las maratones del humor que realiza Andrés López o los perversos sainetes de El Águila Descalza.

Las adaptaciones de Dostoievski realizadas por el Teatro Libre de Bogotá o "Las Danzas Privadas" de Jorge Holguín Uribe, recién estrenada por el colectivo Matacandelas, son ejemplos de un teatro que entretiene, conduce al pensamiento y conmueve sin supercherías televisivas.

 Claro, todo esto no es más que un lindo deseo. Los públicos colombianos, niños malcriados siempre insatisfechos, son intocables. Al fin de cuentas seguirán pagando para que los complazca el mal gusto de costumbre. No faltarán cuenteros, cantantes de poca monta, realizadores de telenovelas para el cine que estén dispuestos a emprender esa tarea. En nombre del arte, desde luego, y por un puñado de billetes.

 

 

 

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