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UN DESEO PARA UNA MUJER QUE ODIO

Cartel Urbano

Por Alejandro Córdoba Springstübe
 
Por sentimental, inmaduro y melodramático, odio a una mujer. La odio porque no me dijo que me amaba, porque me le vomité encima borracho y porque yo esperaba que siguiera sintiendo atracción por mí. La odio porque no puedo evitarlo, porque sus padres me amenazaron con tomar acciones legales cuando mis llamadas empezaron a tornarse abusivas. La odio tal vez porque la amo, pero no creo que el amor sea esta forma de sentir un deseo espantoso de escupirle en la cara.
   
Hoy, en vísperas de fiestas, quiero desearle cosas horribles. Pero no sirve de nada. Hace un tiempo gozaba al imaginar que esa mujer que odio con tanto cariño se contagiaba de sífilis. Pero otro día soñé despierto y la imaginé de otra manera: sin brazos, sin dientes, con media boca colgando, como una leprosa maloliente. Pero no quise cargar con esa responsabilidad. Nunca hizo nada malo, sólo dejar de quererme en el momento en que menos podía aguantarlo: cuando yo estaba pobre, era impotente, hambriento, desempleado y solitario. Tuve que recurrir al salvavidas de la literatura. Hasta una frase de la "La Lozana Andaluza" lograba consolarme.
  
Pero a la "puta", como le he dicho con cariño durante estos casi cinco años de recuerdos, no pude dejar de desearle un despecho, que se casara con un hombre que la golpeara, con un multimillonario impotente o con un galán que metiera su pene en cualquier alcantarilla. Estuve esperando el tan cacareado terremoto de Bogotá para visitar su edificio en ruinas y ver su cráneo destrozado, su mirada perdida de rata en apuros, con esos ojos tan hermosos que siempre recuerdo. También espero que se acabe el mundo este año sólo para consolarme pensando que el primer asteroide caerá en su casa o que la fuerza de un tsunami le triturará los huesos.
 
No, pero de nada sirve desearle tanto daño cuando sé que nada de mí le importa, cuando sé que si algún día lee estas líneas le importará una mierda. Tal vez tenga una vida feliz y creo que no vale la pena amargarme por eso. Sin embargo, cuando no tengo pareja, estoy pobre, deprimido y me siento enfermo, para consolarme sigo pensando que no estaría mal que quedara paralítica, que uno de sus hermosos pezones se convirtiera en un espantoso lunar que se la fuera comiendo lentamente.
 
Tal vez soy un enfermo por pensar en esto, por sentir que debe pagar por un pecado que no cometió. Ya no me imagino una vida con ella. Tal vez me es indiferente que se case con el hijo de un ex-presidente y haga fiestas en yate privado. Quizá podría sentir algo de tristeza si la veo pidiendo monedas en la calle y vendiendo el cuerpo a cambio de una mogolla y un vaso de leche. Besar ese cuerpo tan hermoso puede ser algo que no ha sido hecho para mí.
 
En vez de sífilis podría desearle bronquitis. O que se quede en alguno de esos paradores de carretera y que, por el desliz y el desaseo de un cocinero o del encargado de lavar los platos, se beba un jugo con residuos de material fecal. Quizá yo podría ser más generoso, desearle unas horrorosas verrugas faciales que le dañen esa carita tan hermosa que yo recuerdo todavía.
 
Creo que soy un resentido, un ser horrible, alguien en quién no se puede confiar. Debo desear cosas hermosas, bellas. Recordar que estamos en Navidad, que el niño Dios estará pronto con nosotros. Tal vez desearle que termine un doctorado, que le den un honoris causa, que sea una veterana sabrosa, que tenga siete mil amantes y marido multimillonario y cariñoso. Quizás esto: que sea más caritativa que Bono, Shakira y Angelina Jolie; que sea famosa y talentosa, que escriba poemas fabulosos, que sea una actriz extraordinaria, que tenga muchos hijos sin que se le deforme el cuerpo. Yo debería desearle que donde vaya la reciban con desfiles y flores, que le hagan estatuas, que sea la versión colombiana de Evita Perón.
 
No tengo que decir cosas tan malas en estas fechas en las que Papá Noel quiere darme algún regalo. Podría desearle sencillamente que se case con un hombre bueno, con un Flanders bogotano, que la ame hasta el "infinito y más allá". Que de sus hijos salga el primer astronauta que pise Marte, o un científico que encuentre la cura contra el sida, o un nuevo premio Nobel colombiano. Que no se enferme nunca, que sea un Guinness Récord de la longevidad. Que todos los novios que haya tenido la recuerden con amor.
 
De pronto un día llegue a visitarme y me diga que lamenta no haberme querido como creí merecerlo, y desde el fondo de su corazón me perdone.
 
Ojalá, tal vez, pueda yo desearle que sea la mujer más amada del mundo, que algún hombre le acaricie la cara llena de arrugas y le diga que le encantó pasar muchos años con ella.
 
Pero no puedo ser hipócrita ni mentiroso. Ni malvado. No sé qué me pasa cuando la recuerdo, a veces la odio y otras veces pienso que pude portarme bien. Por eso, en estas navidades, así no me traigan regalos, le deseo lo peor y lo mejor que puede pasarle a cualquier ser humano: que envejezca.
 
 

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