UN NUEVO CAPRICHO DE HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

El escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince acaba de lanzar su libro de poemas Testamento Involuntario ganándose el interés de importantes medios nacionales, ¿recordará que no hace mucho renegaba de los recitales poéticos organizados para un cuantioso grupo de espectadores?
Por Darío Rodríguez
El escritor Héctor Abad Faciolince resultó ahora picado por el bicho de la poesía. Tras muchos años como crítico mordaz de poetas públicos en diarios nacionales y en volúmenes de prosa, le ha llegado el turno de la incoherencia: acaba de lanzar, en medio de una gran algarabía mediática, su propio libro de poemas. En el texto de presentación se compara al autor (al nuevo poeta) con -prepárese quien pueda-, Pessoa, Kavafis y Antonio Machado. Los medios, por supuesto, le brindan tratamiento de estrella pop. Ya se adivinan aplausos cuantiosos después de los recitales (¿recordará que no hace mucho renegaba de las lecturas poéticas en voz alta y con espectadores?). Lo consultarán, no cabe duda, acerca de grandes temas como el sentimiento, las emociones y todo lo demás.
Esto no sería más que una anécdota sin importancia -los poemas del libro son flojos, algunos parecen viñetas elaboradas al calor del instante; su sentido del ritmo y del tono es paupérrimo- si no fuera por las preocupantes situaciones que esconde. Una de ellas es esa idea peregrina según la cual los poemas y la poesía están al alcance de cualquiera.
Abad Faciolince se iguala, así, a otros famosos colombianos como Aura Cristina Geithner o Jorge Valencia Jaramillo, personas con el defecto de ser sensibles, muy bohemias y muy románticas, quienes aprovecharon su popularidad de actriz y político profesional respectivamente para darse el lujo de publicar, en prestigiosas editoriales, unos sospechosos textos a los que les han agregado el sobrenombre de "poemas". Alguien debería recordarle a Abad el profundo respeto que merece la palabra poética. Para escribir poemas no bastan los argumentos "Quiero, puedo y no me da miedo ", o "De músico, poeta y loco todos tenemos un poco".
La poesía escrita requiere una intuición y una solidez peculiares que el autor de "El olvido que seremos" no posee, aunque fabrique versos y trate de mostrarse como poeta. Un botón de muestra: el último escrito del libro, titulado "Aguirre" (especie de prosa partida en pedazos para simular poema donde se leen descripciones de una camisa sucia y raída, el menú de un restaurante, el insignificante ascenso a un apartamento, entre otros detalles para conmover al lector incauto) ha sido excusado por el señor Abad mediante una olvidable tesis según la cual se trata de un "poema narrativo". ¿Qué pensarán de tal afirmación sus viejos y radicales amigos Alberto Aguirre y Fernando Vallejo, defensores de la poesía más alta, verdadero espíritu de una sociedad? Así mismo, hay que recordarle al escritor que la poesía no es un espectáculo ni un adorno de la personalidad.
Otra problemática oculta es la del comercio editorial de este tipo de "poesía". El libro de Abad Faciolince se venderá como pan caliente desconociendo por completo la obra de poetas carentes de publicidad y alfombras rojas. Gente como Omar Ortiz, quien lleva su vida entera en la batalla perdida de que lo lean porque publica discretas autoediciones. Gente como Jenny Paola Bernal, colaboradora del quijotesco festival Ojo en la Tinta, que tiene la mala fortuna de ser joven, mujer y lúcida en un país de cerrados círculos artísticos. Sólo dos ejemplos de grandes poetas cuyos libros podrían ayudarnos a entender, a observar con seriedad lo que acontece en esta nación de ciegos. Porque la poesía es clarividencia y lugar justo donde podemos nombrarnos, reconocernos.
Un consuelo, quizás el único: los aparatos de mercadotecnia pueden ofrecer miles de libros con supuesta poesía para ser consumida, pero nunca darán razón y testimonio del alma de una colectividad. Tal cosa será siempre patrimonio de pocos.
El lote de la poesía en Colombia no está en venta, por más que algunos hábiles mercaderes quieran ponerla en cajas de supermercado o en centros comerciales. Y va a ser muy difícil que lo permuten o lo invadan con intenciones de crear productos tipo Mario Benedetti. Si todavía queda algo digno en este desarmado territorio es la poesía auténtica, la que no necesita del ruido para subsistir.