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PAREJAS QUE MATAN

Cartel Urbano

 De todos estos “matrimonios de sangre” queda la radical evidencia de cómo a veces el otro, al que se ama, puede abrir las solidas puertas de los ocultos demonios del ser y así conducir a su pareja a lo peor de sí misma. Por Miguel Mendoza. 

 

Una de las escenas cinematográficas que más me ha impactado pertenece a la película Bonnie and Clyde (1967, Arthur Penn): la hermosa Bonnie Parker (Faye Dunaway), desde el auto estacionado, le sonríe lánguidamente a su novio Clyde Barrow (Warren Beatty); unos pájaros huyen, la pareja comprende que ha sido emboscada por la policía. El amor que hasta ese momento les ha dado la fuerza para creerse invencibles y que los arrojó a una larga travesía criminal, llega a su desenlace en medio de las balas que los aniquilan. En la vida real, que no difiere radicalmente de la película, 25 disparos fueron para ella y 28 para él. 

Cuando se conocieron, a mediados de 1930, Bonnie tenía 20 años y Clyde 21; de inmediato sintieron el rayo fulminante del amor a primera vista y también la necesidad de emprender una carrera criminal. Entre 1932 y 1934, acompañados de otros socios ocasionales, robaron docenas de bancos y gasolineras de Texas y otros territorios del sur estadounidense. La frágil ex-camarera Bonnie (curiosamente más atractiva para los actuales estándares estéticos que para los de su época) escribía poemas no del todo desprovistos de calidad literaria. El carismático Clyde Barrow, ladrón desde niño, empuñaba su rifle recostado en su Ford V-8 para tomarse fotografías que desafiaban el poder de las autoridades y a la sociedad conservadora que, según él, lo había convertido en un delincuente. Al final, dejaron un saldo de catorce personas muertas. Además de inspirar el tema y la estructura del cine de carretera, redefinieron para siempre el mito de la pareja homicida, cuya idea del amor liberador conduce a un destino fatal.

Dicho pacto de amor llegó mucho más allá con Charles Starkweather, de 18 años (admirador consumado de James Dean), y Caril Ann Fugate, una tímida jovencita de 14 años habitante de Lincoln, Nebraska. Ella deseaba ser liberada de su opresivo padrastro y de su madre, quienes no aprobaban su relación con el “rebelde sin causa”. Un día de enero de 1958, molesto por tal situación, Charles robó un rifle y condujo hasta la casa de Caril para asesinar salvajemente a la familia de su chica. 

En la consecuente huída, la pareja asesinó a otras siete personas que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en su viaje sin retorno. Cuando fueron capturados, ella alegó haber sido secuestrada por Starkweather. Su amor había sobrepasado los límites de la piedad para con las víctimas, pero no el miedo a la pena de muerte; sus lagrimeos le sirvieron para convencer al jurado de reducir su condena. Charles pagó por los dos en la silla eléctrica.

No sobra recordar que estas historias son los modelos reales de Mickey y Mallory Knox, protagonistas de la controversial película Asesinos por naturaleza (1994, guión original de Quentin Tarantino y dirigida bajo la muy personal visión de Oliver Stone), en la cual se recupera la idea de que solo mediante la unión predestinada de la pareja emerge su maldad.

La historia de los ingleses Myra Hindley e Ian Brady resultó aún peor. La seducción de Ian a la puritana e inocente Myra incluyó prácticas de sadomasoquismo acompañadas de lecturas de Hitler y Sade. Brady creía ser un ser superior, pero deseaba demostrarlo por medio de la violación y al asesinato, por tal motivo convenció a su novia de que le consiguiera víctimas para su plan de “evolución”. Myra titubeó, quiso huir, pero finalmente, entre 1963 y 1965, condujo a cinco niños y adolescentes (tres varones y dos mujeres) a la trampa mortal donde aguardaba Ian. El amor de esta pareja tampoco sobrevivió a la amenaza de la prisión perpetua. Una vez arrestados, pasaron de la devoción a inculparse entre sí.  Al parecer, las pruebas de amor no siempre son el amor.

En los casos citados y otros similares siempre se cuestiona el papel que desempeñaron sus miembros: ¿quién dominaba la relación?, ¿cuál de los dos planeó los crímenes?, ¿alguno fue una víctima más y se trató de una variante del síndrome de Estocolmo? La mayoría de cuestionamientos recaen sobre las mujeres y también las suspicacias. De Bonnie Parker se afirma que, aunque no empuñó las armas, era el cerebro detrás de los asaltos; de Caril Fugate se insistió que, además de instigar el asesinato de sus padres, ella había disparado y apuñalado a varias de las víctimas. En el caso de Myra Hindley su papel de simple cómplice se desvirtuó al encontrarse una grabación de audio donde ella daba señales de excitación mientras Brady cometía uno de los asesinatos. 

Las dudas al respecto nunca se resolverán. De todos estos “matrimonios de sangre” queda la radical evidencia de cómo a veces el otro, al que se ama, puede abrir las solidas puertas de los ocultos demonios del ser y así conducir a su pareja a lo peor de sí misma. La sombra de ese otro, su oscura pasión, guía a su presumible alma gemela hacia el precipicio donde desemboca el camino, y entonces, inexplicablemente, él o ella desean ansiosos la mutua caída. Ya bien lo advertía Bonnie Parker en uno de sus poemas:

“Algunas personas sufren cuando el corazón les rompen,

algunas personas de cansancio mueren.

Pero todo esto no es nada, les puedo asegurar,

nuestros problemas resultan pequeños

hasta que nos convertimos en Bonnie y Clyde”.

 

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