CAZAR GAZAPOS EN EL IDIOMA

Por Alejandro Córdoba Springstübe
¿Cómo sería irse por unas cervezas a un lupanar barato con Cleóbulo Sabogal? ¿Corregiría a las rameras que le digan "no te coloques bravo, papi"? ¿Algún día los niños reemplazarán a los Simpson por el Profesor Super-O y la Cevichica? ¡Qué espanto sería un mundo gobernado por los "cultores del idioma" o "cazadores de gazapos"!
Las primeras gramáticas de la lengua se organizaron en torno a grupos que querían darle prestigio a una lengua. De este modo, Antonio de Nebrija en 1492 quería equiparar el castellano al latín. Error craso. Ni el español es superior al latín. Ni el latín es la gran cosa. ¡Peguen el grito en el cielo todos los apolillados lingüistas, gramáticos y filólogos! Los idiomas surgieron porque sí, porque eran necesarios, no para darle belleza a unas estanterías de libros que aparecieron mucho después.
El lenguaje está vivo, lo saben los sociolingüistas. Estudian el cambio de la norma a través de las normas; las incidencias geográficas, sociales o de prestigio; las normas de una tribu; la palabra sagrada. Los idiomas, los dialectos, las palabras y las frases suceden de forma heterogénea, con pronunciación alocada, dejándose llevar por estados psicológicos, por miedos, por chistes, por dobles sentidos, por cosas que se quieren decir y no se pueden.
Pero los amantes de la palabra correctamente escrita ponen el grito en el cielo: "¡No, no sean ineptos! Digan asequible o accesible. Depende de lo que quieran decir. No digan accequible". Pero los ignorantes seguimos repitiendo el error porque el idioma también economiza, porque quiere una palabra en vez de dos que suenen parecido, quiere algo que lo deje practicar la pereza, decir una sola palabra.
Pero, como algunos ricos de antigüedad probada son aficionados al idioma, se inventan normas que no existen o hacen que los arribistas de otras clases se las inventen para parecer cultos. De ahí nacen fenómenos de hipercorrección lingüística como "no diga poner, diga colocar porque las que ponen son las gallinas", "no diga ajiaco, diga ajeaco… ¿no ve que también se dice peor en vez de pior?". No contentos con eso, tratan de disminuir el talento de los escritores: que García Márquez tiene mala ortografía, que Roberto Arlt escribía pésimo y que le encontramos un "que galicado" a Vargas Llosa (este último es un aporte del escritor Fernando Vallejo).
No niego que se debe escribir correctamente. Sin embargo, esa preocupación es una de las enemigas de la lectura y la escritura: ¿no les daría pereza leer un libro sólo con el ánimo de buscar una coma mal ubicada o escribir un libro correctamente, pero con un airecillo a convento o al "placer clitoriano" de pasar una página y sentirse satisfecho porque todo está en su lugar? El lenguaje y la vida están en la calle. No hay que imponer el idioma a las malas, hay que compartirlo. Por eso no me preocupa que me encuentren gazapos.
El colmo de esta aberración fue la reciente renuncia de Camilo Jiménez a su cátedra. Lo admiro por su labor en el blog "ojo en la paja". Pero no por esa decisión. Es cierto que un resumen necesita economía, pero ¿por qué esperaba que pudiera tener originalidad? Esa sacrosanta palabra de la economía verbal es un vicio de la literatura y el periodismo. Está bien que una noticia que tenga una información irrelevante pueda ser podada. Pero algunos delitos, como mutilar textos, los cometen editores con las obras literarias: las novelas, los cuentos y los poemas también desinforman, dan vueltas o quieren no decir la cosa que debería decirse.
Las élites intelectuales fabrican manuales del buen escritor con estas "economías". Y los nuevos escritores logran escribir bien, pero podan tanto sus textos que, los raquíticos libros, ya sin adjetivos, también se quedan sin símbolos. El único matrimonio de la originalidad con la economía es el periodismo literario. Eso jamás sucederá en un resumen y menos, en un párrafo. A menos que pensemos en fabricar un periodismo artístico y literario minimalista. Con frases de poesía pura o emulando un haikú. Creo que esperaba demasiado de algo que ni el mismo género le puede dar. Quizá son las mismas pataletas que le dan a Vallejo cuando quiere cazar gazapos de otros escritores. A estos cultores del idioma los imagino indígenas, buscando "que galicados" en la narración de un chamán y desterrados por quejetas, por interrumpir una historia. La lengua está viva y cambia según el clima o el estado de ánimo.
Por último, creo en un idioma bien escrito, pero los errores deben ser corregidos con tacto, sin necesidad de hacer aspavientos. Pensando mejor en el significado de la frase que en la elegancia de un idioma burgués, en una lengua muerta para usanza de una clase con corbatín y traje de coctel. Por ejemplo, muchos se inventaron que no se debe decir "cabello" sino "pelo". Y además lo apoyan con dos absurdos: primero, que suena "guiso" y, segundo, que no hay "cabelluquerías" sino "peluquerías". Yo creo que sí se dice "cabello", porque es el vello de la cabeza y porque en las peluquerías también se rasura la barba y supongo que se pueden quitar hasta los pelos del culo. Tenemos un gran ejemplo del problema en una estrofa del himno nacional: "La virgen sus cabellos / arranca en agonía / Y de su amor viuda / Los cuelga del ciprés". Cambien "cabellos" por "pelos" y pregúntense: ¿de dónde se arranca los pelos la virgen? ¿De la vagina? ¡Ateos!