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SÓLO SE APRENDE POR VENGANZA

Cartel Urbano

Por Darío Rodríguez

Por la formación de un individuo responden también los colegios, las universidades, los profesores, en alianza no pactada con las series de televisión, los bares y el consejo de un anciano mal entendido y puesto en práctica muy tarde. En la formación de personas como nosotros, eternos estudiantes sin institución fija, también la paradoja y el absurdo han puesto sus cuotas: "Sólo educa el mal ejemplo", suele decir el cineasta Luis Ospina; "Sólo se aprende por venganza", escribió Emil Cioran con su sabiduría de feliz resentido. 

Las polémicas educativas invitan al carrusel del lugar común, a la borrachera de la opinión apasionada: "Las imágenes audiovisuales, por su agilidad, impiden...", "El libro no morirá ni siquiera como objeto pues...", "Ya que las clases altas están maleducadas, veamos cómo se puede malograr mejor a las clases bajas...". Regresan a la palestra pública las buenas intenciones y los sermones. En esta esquina, el profesor que renunció a la cátedra indignado por sus apáticos alumnos; en esta otra esquina, el alumno que denuncia la incompetencia, la falta de paciencia del profesor.

Sin embargo, desde la privilegiada ineptitud que brindan muchos años de cafetería, lejos de esa escuela de generalidades que es el periodismo, siguen rondando las mismas preguntas de toda la vida: ¿Acerca de cuál educación se está discutiendo? ¿La del aula o la de la sobremesa?  ¿Pasar páginas de un libro es leer? ¿Comprender un texto (y redactar un impecable resumen posterior) implica que se lo ha leído? 

Si las calles y las tiranías familiares o tribales son las educadoras, ¿qué es lo que hace en últimas un plantel educativo? ¿Cuál es su diferencia con una guardería o con un hospedaje de paso? ¿Qué gana un profesor universitario ridiculizando a sus alumnos en un medio de circulación nacional, si sabe con antelación que él es producto de la misma impostura, del mismo arribismo de esos muchachos, salvo porque ha leído unos cuantos libros más que ellos?

Antes de iniciar una clásica perorata en nombre de los puntos de equilibrio y la moderación, defiendo la torpeza perfeccionista con la cual se concibe la educación formal en este país. Es una bonita estupidez. Una necedad de la que deberíamos estar orgullosos, porque es la roca de la que saldrán diamantes en el porvenir. 

Si el profesor es un incompetente y se desempeña bajo los preceptos de un ideal (el maestro intachable que imagina ser y que nunca será); si los alumnos pagan jugosas sumas de dinero para que su institución los saque, en apariencia, de la ignorancia, y los convierta en profesionales indestructibles (lo que, de hecho, nunca serán), las cartas quedan entonces sobre la mesa. Un profesor respetuoso de su vocación verá a estos incapaces, sus alumnos, como desafíos a sus propias convicciones. Y, de algún modo, tratará de compartir con ellos lo poco que sabe. Del mismo modo, unos alumnos conscientes de la inoperancia y mediocridad de su maestro, intentarán abordar los sinuosos caminos de la búsqueda personal o de la autoformación. 

Las universidades crean, a veces, minúsculas excepciones a sus, a veces, devastadoras reglas. Y si no las crean, posibilitan entre arbitrariedades y protocolos el surgimiento de sus propias y óptimas bacterias. Inofensivas, sí. Tal vez. Pero es que también la educación convencional en esta frívola patria es ingenua e inofensiva. Por inútil. 

Permitamos las quejas del maestro herido en su inmensa sapiencia y de los estudiantes violentados en su pasividad o modorra. Alguien está preparando, en este momento, del modo más secreto, las recetas de su autoría no en contra sino a pesar de todo este barullo. Grandes recetas, estoy seguro, que darán cuenta de una educación decente. Porque sólo se aprende por venganza.  

 

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