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ASESINOS LOCOS DE AMOR

Cartel Urbano

Por Miguel Mendoza Luna

Una de las categorías patológicas y criminales que más me intriga es la de los erotomaníacos: aquellos individuos que “enloquecen de amor” y deciden aniquilar a su objeto de deseo. Los también llamados stalkers (acechadores) inventan una relación imaginaria con una “pareja” a la cual ni siquiera conocen directamente. Dicha relación se limita a una larga fase de acoso por medio de correos, donde inicialmente declaran su admiración y sus sentimientos. Una vez perciben la indiferencia o el rechazo de su supuesto ser amado, se deciden a intimidarlo de una forma más agresiva e incluso a asesinarlo.

Por lo general, las víctimas son personas famosas, celebridades, figuras que representan el éxito, el cual por supuesto el erotomaníaco no ha alcanzado; simbolizan el brillo de una vida de la cual ellos carecen. En 1989, Robert Bardo, después de varios intentos fallidos de contactar personalmente a Rebecca Schaeffer, una popular actriz a la cual consideraba su diosa, viajó hasta su vivienda y le disparó a quemarropa. Justificó su crimen al explicar que tras verla en una escena sexual de una película, no soportó verla convertida en una prostituta.

Ricardo López, tras enterarse de que la cantante Björk tenía novio, preparó un libro-bomba para asesinarla. En un extenso video casero evidenció, no solo la construccióndel artefacto explosivo, sino cómo se trasformaba en ella por medio del maquillaje. Se disparó frente a la cámara, con un letrero de fondo que anunciaba: “lo mejor de mí”. López era un solitario fracasado, cuyo delirio desembocó en convertirse en “el ángel de la muerte” de la estrella.

Reconocidas figuras como Steven Spielberg, Catherine Zeta Jones o Collin Farrell,han tenido que recurrir a demandas judiciales para prevenir el inminente ataque de sus respectivos acosadores. Todos en Hollywood se mantienen alerta, después de todo nadie olvida el asesinato de John Lennon a manos de Mark David Chapman; ni tampoco el intento de asesinato, en 1981, del entonces presidente de Estados Unidos Ronald Reagan por parte de John Hinckley, quien deseaba impresionar a su “novia” la actriz Jodie Foster.

Al igual que muchas personas que se cruzan en la calle con actores que encarnan a un villano de telenovela y le reprenden por sus malas acciones, los erotomaníacos llegan a un punto extremo en que la realidad y la fantasía no se diferencian. Robert Dewey Hoskins entró a hurtadillas en la casa de Madonna con el fin de asesinarla; se cruzó con la cantante cuando ella se disponía a trotar y no la reconoció. De seguro la imaginaba todo el tiempo ataviada como en sus conciertos. El erotomaníaco -de forma similar al sujeto que compra por catalogo convencido de la realidad satisfactoria de la imagen que se le ofrece- idealiza al máximo la perfección de su objeto de deseo.

Los stalkers tienen en común el convencerse de que los mensajes que envían sus ídolos por medio de declaraciones de prensa, de sus canciones o de los parlamentos de los personajes que encarnan, van dirigidos a ellos exclusivamente. Creo que lo mismo le puede ocurrir a cualquier desprevenido e incauto televidente que termina convencido de que el mensaje del cubo ilusorio es personalizado: “aquellos estupendos seres de la pantalla, los bancos, la compañías de seguros, las cadenas de comida rápida, los diseñadores, por fin se percataron de que existo”.

El refuerzo de toda esta cadena de obsesión son los programas de televisión y los sitios web que viven a la caza de la “vida real” de las celebridades; primero les idealizan, bellos y perfectos, para luego arrojarlos como carroña, mal parados, ebrios, desnudos y sin photoshop. Toda esta información tipo toxina, que exhibe la cima alcanzada por la celebridad hasta su final caída, es el grotesco alimento de los erotomaníacos en los que a veces todos nos convertimos.

El aterrador misterio de los erotomaníacos asesinos es el “matrimonio” que creen consumar con su supuesta pareja al matarla: eliminarla es la forma final, desesperada, de sostener su fantasía. Al igual que ellos, muchos enloquecen de amor frente a los objetos y sujetos ilusorios del mundo; otros no soportan el rechazo de los seres reales de carne y hueso, entonces prefieren destruirlos (o destruirse) para así fundirse por siempre con la ilusión de que les han poseído.

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