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CAGAR Y MEAR EN LA CIUDAD

Cartel Urbano

Por Alejandro Córdoba Springstübe.


Aunque no he realizado una exploración exhaustiva, hasta ahora no he encontrado ninguna parte del ano donde diga que se debe cagar exclusivamente en la taza del inodoro. La naturaleza es tan sabia que incluso esa inútil mierdita, con la que colaboramos a engrosar el tono del río Bogotá, sirve para cultivar una flor o un árbol de fruta. ¿Podríamos imaginar la curvatura o el tono del trozo de boñiga sólo con la inclinación o la textura de los pétalos de la rosa que regalamos a nuestras parejas en el día del amor y la amistad? ¿Sabremos qué mamífero ha comido bien con sólo observar la distribución de sus espinas? ¿Será más encendido el tono de la flor o más penetrante su olor si la fertilización fuera producto del excremento humano?


Con esto quiero dar a entender que, aunque existan manuales de urbanidad donde se enseña el cómo, cuándo y dónde de la ciencia del cagar y el arte de orinar, también es un acto de humanidad prestar el cuarto de baño o, si se tiene un espíritu poco solidario contra el mojón que se asoma o la gota precursora, permitir “hacer del cuerpo” en la calle en un lugar escondido tampoco estaría mal. Basta con un manual del arte de recoger popó con pala y bolsa como hacen con los perritos. Pero las letrinas existen desde antes que el lavamanos, la ducha y el asiento para defecar tuvieran ese feliz matrimonio llamado cuarto de baño.


Es una lástima que no esté tan extendida la ubicación de baños para el uso público en las ciudades. Está y estará mal visto si es en la ciudad y en la calle donde se orina. Empieza el mal olor, se corroen las estructuras, se agrietan los materiales. Para los que tienen un cargo público es muy fácil impartir una sanción a los meones callejeros (no digamos defecadores porque son menos frecuentes).
Sí, es cierto que orinar en la calle puede ser perjudicial, desde hace años existen multas para evitar eso. Pero también hay informes recientes y antiguos de que no hay suficientes baños públicos en la ciudad.


En el centro es una tortura tener ganas de mear. Hay que entrar a las grandes tiendas de comidas rápidas y hacerse el bobo, todo para descargar. Confieso que pensé que las personas en el centro eran insensibles. Incluso en los minúsculos centros comerciales del centro cobran 500 pesos por la orinada, mientras que en Unicentro es gratis y cómodo evacuar. Pero como todo es negocio, le di la vuelta al problema y encontré esto: que los administradores de los pequeños centros comerciales no pueden cobrar el servicio de aseo a los locales porque las cifras de los arriendos se elevarían mucho. Así que montan negocio. En Unicentro se pueden dar el lujo no sólo de dejar la meada gratis sino que también podan los arbolitos, montan desfiles y hacen misas o eventos. Debe ser porque el arriendo de un local en Unicentro da para cualquier coquetería. Una rubia con vestidos de temporada no es lo mismo que una rubia con ropa de outlet. Así cualquiera cree que la democracia y el dinero son sinónimos. La vejiga te lo dice.


Muchos insisten que en Bogotá no hay desigualdad social. Pues imagínense los apuros para mear de los taxistas. Me propuse conversar con varios de ellos para saber dónde cagan u orinan en una emergencia. ¿Le piden prestado el baño a Doña Magola? ¿Terminan el servicio y luego en cualquier esquina? ¿Miccionan en el baño del celador si es un servicio puerta a puerta? ¿Tienen una botella escondida bajo el asiento y aprovechan la ocasión en un trancón?


Las respuestas fueron variadas, pero coinciden en que tienen que hacer cabriolas, malabares y piruetas para descargar el tan importuno líquido. Mucho más si es una cagada o un inesperado ataque de diarrea con amebas. Esto fue desobedeciendo las órdenes de mi madre conservadora y con ínfulas de aristócrata que me dice que no hable con taxistas: “porque todos son guerrilleros y le hacen el paseo millonario”. Conversé mucho con uno de ellos, que no tuvo problema en decirme que meaba en la calle: “Si uno no se aguanta, toca”. ¿Oculto un delito si no digo su nombre, que tampoco recuerdo haberle preguntado? ¿Soy su cómplice de micción indebida en la vía pública? ¿No son civilizados los que se desembarazan del horrible líquido en la pared de una casa? Pues no fue tan malo que tratara de aconsejarme sobre mis penurias para orinar en el centro, porque muchas veces no tenía los 500 pesos para evacuar. Incivilizados los que matan, no los que mean.


Seguimos conversando sobre el asunto y al llegar a mi destino, cuando se me había olvidado un poco el tema, el hombre me lo recordó de una forma muy chusca: al pagar el importe del pasaje, me quedaban 500 pesos de vueltas.


- Ahí le dejo, pa’ la cagadita.


Cerró la puerta sin dejar de reírse y se fue. Desde que sucedió esto han pasado unos años, ahora la meada cuesta 600 o 700 pesos. ¿Cuándo pondrán una tarjeta prepago como en el Transmilenio o los Teléfonos Públicos? No tener dinero es una desgracia cotidiana.

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