BUENA COSTUMBRE

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax

 

Estimulada al ver tanto matrimonio de vieja data este último mes, me pregunté ¿qué une a estas parejas luego de tanto tiempo de convivencia? ¿El amor? ¿Los compromisos económicos? ¿La costumbre? Todos dan una explicación distinta, una explicación que tiene una obvia intención de demostrar que su relación está muy bien a pesar del tiempo. Una explicación untada de pánico de que nos enteremos de que su matrimonio se derrumba, de que no está pasando por un buen momento, de que tienen un amante.

Lo cierto es que había algo que unía a todas esas parejas que confronté; la costumbre. Se habían acostumbrado el uno al otro, era un hecho. Pero, claro, ese periodo lleno de adrenalina y vacíos, cosquillas en el estómago y romanticonería barata no dura toda la vida. Eso que llamamos amor que nos hace tomar las decisiones más irracionales y divertidas, pronto se acaba y hay que echar mano de otro engrudo para seguir caminando junto a la otra persona que ha pasado de ser un ángel a ser un simple mortal. Es allí cuando entra a protagonizar la costumbre.

Sin embargo, lo primero que tendemos a pensar sobre la costumbre es que es un sentimiento mezquino. Nos ofende que alguien esté a nuestro lado por costumbre. Quizás lo que nos ofende verdaderamente es la mecánica del sentimiento que pasa de la piel al hábito y se pierde en la cotidianidad.

Somos tan absurdos y melodramáticos que aún queremos que luego de varios años quien esté a nuestro lado sienta las mismas palpitaciones del primer amor y, si es posible, se le corte la respiración al vernos. Bien, felicito a quien le suceda esto aún con el pasar del tiempo, pero lo cierto es que ese tipo de cosas sólo suceden en Hollywood.

Después de todo la costumbre no está mal. Acostumbrarse a algo es conocerlo y aceptarlo. Los hábitos nos recrean una zona de confort que nos hace la vida más soportable y el confort es bienestar. Así que estar acostumbrado a alguien es, de alguna manera, querer mantener el amor, quizás ya no como llama sino como un fuego aplacado pero fuego al fin y al cabo.

Volviendo a estas “acostumbradas” parejas, lo único que buscan es sobrevivir y reproducirse, es lo que los científicos llaman bienestar. Así que la costumbre está perfectamente justificada desde el punto de vista científico. “En la naturaleza nadie se junta para ir de bungee jumping” me decía una candidata a PHD del School of Biological Sciences de la Universidad de Queensland de Brisbane, Australia.

Así las cosas, la costumbre no es un mal elemento, al contrario, es el mecanismo que encontramos para convivir con la interminable lista de defectos de nuestras parejas y, así, poder reproducirnos y sobrevivir, como manda la naturaleza. Porque no sólo de amor vive el hombre. Ahora, ¿si el villano del melodrama romántico no es la costumbre entonces cuál es ese asesino del amor? La resignación. Es que una cosa es estar acostumbrado y otra resignado. Quien se acostumbra aprende a querer, quien se resigna está alimentando un odio pasivo que estallará algún día como un extinguidor acabando con el último chamuscado de amor que quede.

¿Cuántas de esas parejas confrontadas estaban acostumbradas y cuántas resignadas? No lo sé. A todas les deseo más lo primero que lo segundo y nunca viceversa. Y sí, puede que la costumbre salga bien librada en la batalla del amor, pero si no se le echa agüita a la planta del amor, no hay costumbre que valga. “Durante tanto tiempo he retenido el ángel, que se me ha vuelto pobre entre las manos” decía Rilke, a riesgo de que nos volvamos polvo en las manos de nuestras parejas, volvámonos una buena costumbre ante la que no se puedan resignar. Una buena y emocionante costumbre como el bungee jumping, que deja sin aliento a cualquiera.


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