OKUPAS. DESPLAZADOS VERSIÓN LONDRES

En la jerga okupa, squatting significa asentarse en un espacio inhabitado. Los squatts sirven de centro social, estación de radio pirata, café o compraventa de ropa, vinilos y libros, entre miles de cosas más. Antes de convertirse en territorio okupa, Grow Heathrow, al oeste de Londres, era un cultivo de flores que sus dueños abandonaron hace cinco años. Sus actuales inquilinos son jóvenes cosmopolitas de la generación de internet, que creen en un mundo menos consumista y que buscan un estilo de vida alternativo y autosostenible. 

Por Daniel Pardo
Fotos Anu Meister y Camilo Arango
 
Es, por fin, verano. Podemos, por fin, ponernos pantaloneta. Son las ocho de la mañana, y la luz al oeste de Londres es clara y el murmullo de esta ciudad implacable no se siente. Los habitantes de Grow Heathrow, un squatt rural de una hectárea situado al lado oeste de Londres, se levantan con parsimonia: uno sale gateando de su carpa, otro salta desde su camarote.
 
Por un lado, hay dos casitas de dos por dos metros hechas de madera, en cada una de las cuales sólo cabe una cama, instalada a manera de altillo para aprovechar el espacio que hay debajo; por otro lado, hay carpas alrededor de un área social que consta de una sala, una cocina, un jardín y dos talleres. Grow Heathrow era antes un cultivo de flores que abandonaron cinco años atrás unos dueños que hace rato no aparecen. 
 
 

Los okupas de Grow Heathrow se ven las caras por primera vez en el día en la cocina, donde toman té sin leche y con azúcar. El aire está fresco porque llovió en la noche. Hablan de un clima que, por fin, calentó, después de un invierno que padecieron al aire libre.

–¿Sirvió el arreglo de la gotera en tu cuarto, Paul? –pregunta Kat, una inglesa flaca, con la barriga al aire y el pelo enredado. 

–Sí, parece que sí –responde Paul, el líder del squatt.

El día de Paul Reynolds –un activista de 26 años que estudió ciencias políticas– empieza con una serie de labores: ordenar el taller de bicicletas, rociar los tomates y amarrar los palos que formarán el techo de la casa de uno de sus compañeros de squatt. 

No tienen tubería para el agua, pero sí un lago cristalino a cien metros. Hay chimeneas para el invierno. El inodoro del baño está montado en una caseta donde las evacuaciones se tapan con aserrín. La luz la generan unos paneles solares. Lo único que pagan estos okupas es la conexión a internet. 

Y de ahí que la siguiente tarea de Paul sea contestar correos desde un computador portátil modelo 97, del que se queja aunque no piensa remplazarlo. Por la tarde tendrá un encuentro con otros squatters londinenses. Varios editoriales en los medios han relacionado a los okupas con los saqueadores que invadieron el Reino Unido hace un mes. Quieren ponerles nombres a los delincuentes, encasillarlos. Y Paul y sus colegas squatters quieren responder a eso con una campaña de desestigmatización. Van a hablar con el parlamentario que los apoya y van a mandar cartas a todos los diarios. 

Pasar una mañana de verano con los habitantes de Grow Heathrow tiene mucho que ver con estar en la costa atlántica colombiana: hay hamacas, se toma cerveza desde las once de la mañana, se oyen silencios entre las frases, los pájaros participan, el sol justifica no hacer nada. 

Cuando le pregunto a Paul si encuentra alguna semejanza entre su squatt y la comunidad que inspiró el libro y la película La playa, me dice que sí, que es parecido: gente que escapa de los afanes consumistas y competitivos del capitalismo para armar una comunidad paralela basada en la armonía y el trabajo en equipo. 

–Aunque lo nuestro es menos idealista –me dice. 

A Kat, que no come ningún producto que venga de un animal, y que prefiere no viajar en avión para evitar el impacto que generarían sus trayectos sobre el medio ambiente, le pregunto si encuentra algún parecido entre su estilo de vida y el del protagonista de Caminos salvajes, la película inspirada en la historia de un hombre que se hartó de la sociedad de consumo y terminó muerto en Alaska después de una odisea para sobrevivir. Me contesta que es algo similar, pero sin el odio hacia la sociedad ni el fundamentalismo que llevó a Christopher McCandless a la muerte. Paul dice que su situación se puede equiparar a la que se vive en los kibutz israelíes, esas comunas agrícolas influidas por el socialismo sionista. 

Paul y Kat son desplazados. No son desplazados por la violencia, como los colombianos, pero sí son desplazados del sistema. Londres no es una ciudad para todo el mundo. Para cada trabajo hay millones de solicitudes, el arriendo y los servicios son costosos, el metro es agotador y la crisis financiera ha disparado la llegada de inmigrantes europeos en busca de un futuro mejor. Europa no atraviesa por un buen momento y la gente no está a gusto con el sistema. Paul y Kat han decidido, desde hace unos años, mantenerse al margen del régimen de consumo masivo: prefieren vivir sin pretensiones a tener que aguantarse los efectos de la competitividad en una de las ciudades más ricas y hostiles del mundo. 

Además de las verduras y las frutas que siembran, los miembros de Grow Heathrow se alimentan con los productos que los supermercados botan porque su fecha de vencimiento ya pasó. Ellos quieren llegar a ser autosuficientes, pero es difícil. 

El único vecino que no les simpatiza es el aeropuerto más grande de Londres, el Heathrow Airport. Y no es sólo por el ruido de los aviones. Desde que Margaret Thatcher lo privatizó, el aeropuerto no ha parado de crecer. El año pasado estuvieron a punto de construirle una cuarta pista, para lo cual habrían tenido que comprar y tumbar las casas que están alrededor de Grow Heathrow. Para sorpresa y alegría de Paul, el gobierno conservador detuvo el proyecto. 

En vísperas de la boda real, en abril pasado, la prensa publicó rumores de que un grupo de anarquistas iba a causar desórdenes en el evento. La policía se dirigió al RatStar, un squatt del sur de Londres, y arrestó a varios okupas; al poco tiempo, los soltaron por falta de pruebas. 

En Wikipedia, el artículo sobre este tipo de ocupación (squatting) tiene un logo de anarquía al lado. Algunos okupas en Europa se basan en principios anarquistas o comunistas, razón por la cual muchos no consiguen quitarse la etiqueta de anárquicos, drogadictos o parias. 

Los medios que publicaron esos artículos forman parte, según Paul, de la prensa de derecha, como el Daily Telegraph y el Evening Standard, que han propuesto criminalizar la ocupación de inmuebles vacíos con el argumento de que los okupas se conectan de manera fraudulenta a las redes de servicios públicos y los daños físicos que causan –como pintar una pared– son muy costosos de arreglar. Paul, por su parte, tiene tres argumentos en contra de la criminalización: los squatts no son una amenaza para nadie, se judicializaría a personas vulnerables y se dispararía el precio del alquiler. 

De acuerdo con su etimología, el término squatting significa “sentarse en cuclillas”. Sin embargo, hoy en día squatting alude, en inglés, al acto de ocupar un espacio inhabitado y asentarse en él. 

Se suele decir que al menos mil millones de personas en el mundo son okupas, aunque es difícil cuantificar una práctica tan espontánea y exenta de análisis académicos. Además, en muchos estudios se incluye a las favelas, a los gitanos que ocupan casas habitadas y a los desplazados colombianos en el mismo bulto. Y no es lo mismo: los okupas en Europa –o squatters en inglés– son una tendencia de la segunda mitad del siglo XX. Se toman los inmuebles vacíos en ciudades desarrolladas y los adaptan a sus gustos y necesidades. Van desde indigentes hasta estudiantes sin muchos recursos. Hay unos que lo hacen exclusivamente por necesidad, pero hay otros que, como los de Grow Heathrow, buscan un estilo de vida alternativo y autosostenible.

El ser humano lleva ocupando tierras desde que se asentó en sociedad, pero lo que hoy se conoce como okupa tiene características relativas a la modernidad, el capitalismo y la globalización. En general, no se trata de delincuentes ni parásitos del Estado, sino de jóvenes cosmopolitas, de la generación de internet, cuyas aspiraciones políticas van más allá de la ideología y que creen en un mundo menos radicalista y consumista. Piense en los Indignados españoles e incluso en los manifestantes de la Primavera Árabe.

En Londres –así como en Sídney–, ocupar no es necesariamente un acto ilegal. Acá, donde se dice que hay 80.000 edificios vacíos, el problema es entre el okupa y el dueño del espacio, quien, si nunca se da cuenta, o si no denuncia alguna irregularidad, puede perder su espacio después de diez años de haber sido ocupado.

Jack Blackburn, por ejemplo, es un famoso okupa que, luego de trece años, logró apropiarse de un apartamento victoriano que vale 170 mil libras (unos 500 millones de pesos). Raquítico, de tez pálida y facciones marcadas, Blackburn llegó a Londres cuando contaba 17 años. No tenía plata, ni empleo, ni estaba matriculado en una universidad. Ocupó un apartamento en Brixton, un barrio que por esos años era la cuna de conflictos raciales y que hoy alberga discotecas y estudios de arte. Lo cimentó, lo pintó, lo conectó a las redes de electricidad y agua. Le invirtió, al menos, tres mil libras que consiguió del rebusque durante diez años, hasta que, cuando Brixton se volvió un barrio atractivo, el Distrito trató de quitárselo, y no pudo. Hoy el apartamento es suyo y, dentro de cinco años, podrá venderlo al precio del mercado. 

Los squatts sirven de centro social, estación de radio pirata, discoteca, café o compra venta de ropa, vinilos, arte y libros, entre miles de cosas más. 

Cerca del nuevo estadio del Arsenal, al norte de Londres, queda un squatt que lleva el mismo nombre del reconocido equipo de fútbol. Hay un estudio de música y un bar, y al menos una vez al mes se reúnen amantes del street art a pintar grafitis en cualquier objeto o pared que encuentren. Pintan muñecos, letras, frases que únicamente ellos entienden. En este squatt se procura siempre tener a un electricista, un plomero y un constructor entre los huéspedes. 

Padmini es una flaca de 29 años que nació y creció en Argentina. Está en Londres desde hace una década, migrando de squatt en squatt. Le parece más fácil vivir así, sobre todo para su perro y su gato. Trabaja en un café vegetariano.

La policía la interrogó cuando se disparó el pánico antes de la boda real. Padmini llegó hace tres meses al Ratstar, un squatt en el que desde hace dos años se organizan fiestas de circenses y tatuadores. Es un edificio que pasa inadvertido: por fuera parece en construcción y la entrada parece sellada. Una vez adentro, sin embargo, las paredes son de colores y cada rincón es un espacio para la interacción: hay mesas, cojines, sillas improvisadas. Padmini estaba a punto de tatuarse cuando hablé con ella. Sobre un tatuaje viejo, se iba a hacer una espiral de puntos. 

Paul, que después de reunirse con los líderes de algunos squatts se irá para la fiesta del Ratstar, donde vive su novia, reconoce que consume drogas desde joven. Las ha probado todas, especialmente la ketamina, que consumió durante cinco años. Hoy, de vez en cuando, mete ácidos, “porque es la droga más introspectiva y a la vez más social”. 

Con la misma ropa con la que se levantó esta mañana, y con una bolsa llena de cervezas en la mano, de las cuales no se tomará ninguna, Paul llega a la fiesta del Ratstar. Parece una celebridad: todos lo saludan, frotándole la cabeza rasurada. Más tarde, al despedirme, suena una canción de The Clash: How i can understand the flies. Paul se la sabe toda. 

Realización: Juan Daniel Taboada